CON LOS CINCO SENTIDOS
Huellas
Tal y como arrastro este pasado mío, pesa y pesará el futuro que aún no ha tenido la gentileza de visitarme. Es futuro, es pronto para vernos las caras. No transito con comodidad por parte alguna y mi soledad es elitista y exclusivamente mía. Me conozco a ratos en el espejo de mi cuarto; en el del baño soy otra; en el del pasillo ya ni recuerdo mi nombre; ninguno de los dos que poseo. Pero sigo hacia la puerta de salida.
No sé qué número de pie calzo, pero sé que calzo distancia, miedos, arrumacos y deseos inconfesables a este lado de la almohada. Huelo a campos de azahar, a noches bíblicas; a tacto de ropajes aúreos, de proporciones divinas en un cuerpo exiguo, disimulado de fatigas y dolores; resplandeciente como la plata bruñida de mis anillos brillantes.
Soy una Odisea sin Homero que la escriba. Un planeta lejano en la galaxia de la nada, donde se atisba un destello que algo guarda y quieres descubrir, para dejar tu bandera. Soy La Divina Comedia, con un Dante que ha perdido a su Beatriz en busca de Virgilio. Esa luz al final del túnel que nadie ha visto pero todos ansían cuando expiren, para reposar de la extenuante tarea de vivir sin motivo, de perdurar en el tiempo sin razón alguna, de vivir para morir.
Miro a mi izquierda y veo mi sombra, alargada y encorvada por el peso de los años que me quedan por exprimir. Miro a mi derecha y mi yo es otro bien distinto, lleno de colores infinitos e infinitos aromas de aventuras sin aliento. Miro de frente y me veo. Miro hacia el suelo y mis pies son largos. No sé si aguantarán el camino, pero me visto de bonito. No hay dolor, no hay arrugas en el alma, no hay obstáculo ni valladar. Sólo mi huella impresa en la arena, esa arena que será barro con agua de mar, cuando las olas me borren y ya no quede nada.
Nélida L. del Estal Sastre
Tal y como arrastro este pasado mío, pesa y pesará el futuro que aún no ha tenido la gentileza de visitarme. Es futuro, es pronto para vernos las caras. No transito con comodidad por parte alguna y mi soledad es elitista y exclusivamente mía. Me conozco a ratos en el espejo de mi cuarto; en el del baño soy otra; en el del pasillo ya ni recuerdo mi nombre; ninguno de los dos que poseo. Pero sigo hacia la puerta de salida.
No sé qué número de pie calzo, pero sé que calzo distancia, miedos, arrumacos y deseos inconfesables a este lado de la almohada. Huelo a campos de azahar, a noches bíblicas; a tacto de ropajes aúreos, de proporciones divinas en un cuerpo exiguo, disimulado de fatigas y dolores; resplandeciente como la plata bruñida de mis anillos brillantes.
Soy una Odisea sin Homero que la escriba. Un planeta lejano en la galaxia de la nada, donde se atisba un destello que algo guarda y quieres descubrir, para dejar tu bandera. Soy La Divina Comedia, con un Dante que ha perdido a su Beatriz en busca de Virgilio. Esa luz al final del túnel que nadie ha visto pero todos ansían cuando expiren, para reposar de la extenuante tarea de vivir sin motivo, de perdurar en el tiempo sin razón alguna, de vivir para morir.
Miro a mi izquierda y veo mi sombra, alargada y encorvada por el peso de los años que me quedan por exprimir. Miro a mi derecha y mi yo es otro bien distinto, lleno de colores infinitos e infinitos aromas de aventuras sin aliento. Miro de frente y me veo. Miro hacia el suelo y mis pies son largos. No sé si aguantarán el camino, pero me visto de bonito. No hay dolor, no hay arrugas en el alma, no hay obstáculo ni valladar. Sólo mi huella impresa en la arena, esa arena que será barro con agua de mar, cuando las olas me borren y ya no quede nada.
Nélida L. del Estal Sastre




















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