LITERATURA
No es cuestión de musas
En el mágico seno del mundo intuitivo, donde la imaginación todo lo crea y una realidad sutil toma forma, habita serena e inmaculada una hija privilegiada de los dioses: la inspiración. Con su inconfundible perfume, derrama los dones más preciados sobre aquellos que saben entonar su invocación.
Bien sea en el escritor ante la página en blanco que se resiste a la escritura, en el compositor ante un pentagrama vacío, o en el músico que acaricia en vano su instrumento sin lograr arrancarle ningún acorde que le complazca, todo creador considera la inspiración como un fenómeno de procedencia exterior, pero que ya no viene de las musas sino del esfuerzo y del trabajo personal del artista.
Ser escritor es un trabajo que requiere esfuerzo y sacrificio. Para mí todos los días son el día del escritor porque es como cualquier otro trabajo. No creo en la figura de la persona triste y melancólica que por ello logra genialidades, ya que haber sufrido un percance amoroso no nos transforma en grandes escritores. Si un escritor se repite a sí mismo que no tiene talento y que es muy difícil vivir de la literatura, nunca jamás lo conseguirá. Somos como las cebollas. Todos tenemos un interior jugoso y picante al que hay que llegar quitándole las capas. Pero si nunca las retiras, ese talento seguirá oculto y se pudrirá en el cesto, con otras cebollas.
Es emocionante ver a los atletas olímpicos atravesar la meta tras un esfuerzo considerable. Sin embargo, nuestro ego de escritor, cuando ve a un compañero que alcanza la meta, no piensa en el esfuerzo considerable que lleva detrás, sino en nuestro propio esfuerzo que no da los mismos frutos. No se nos ocurre pensar que tal vez ese otro escritor tiene una dosis mayor de motivación —lo desea mucho más que tú, se esfuerza en conseguirlo mucho más que tú. Antes de pensar que los escritores que viven de su escritura han tenido suerte hay que examinar su presencia online, sus estrategias de marketing, la calidad de sus libros e imitar sus aciertos además de mostrarse siempre dispuesto a aprender, a probar cosas nuevas y a salir de la zona de confort. Todo esto te ayuda a progresar como escritor.
Cuando tus mimbres mentales están bien puestos, la creatividad corre a sus anchas. Una mente de mimbre es más adaptable que una mente de cemento y deja espacio a la imaginación. Si además de escribir pretendes vivir de la literatura, la mentalidad correcta es imprescindible. Tener ideas y talento para escribir un libro es una cosa. Conseguir vivir de ello es otra. No es cuestión de musas, hay que estar abierto a la retroalimentación, tener voluntad de aprender, de innovar, de probar que se ajusta a ti y qué, no. Aceptar que es posible que tengas que cambiar tu forma de pensar en ciertas cosas. Que puedes cambiar de creencias. De opinión. De vida. Esa es la diferencia entre fallar y conseguirlo, y lo que determina a un escritor profesional de un aficionado; el profesional quiere realmente conseguirlo. Lo que crea el continente necesario para el éxito y le permite alcanzar resultados.
A veces, cuando hablo con escritores que quieren vivir de sus libros pero que no están dispuestos a hacer ningún tipo de sacrificio por conseguirlo, me doy cuenta de que no lo conseguirán porque ellos mismos se están poniendo barreras mentales. El oponente que está en nuestra cabeza es mucho más fuerte que el que se enfrenta a nosotros en la hoja en blanco. No hay nada más potente que los obstáculos que nos ponemos a nosotros mismos.
Muchos escritores hemos experimentado grandes momentos creativos en los que palabras e ideas fluyen por el teclado del ordenador. Pero también hay momentos en los que sufrimos una experiencia opuesta; las palabras no acuden y la fuente de ideas está temporalmente seca. La conclusión es que el escritor no debe fiarse al cien por cien de la inspiración y debe recurrir habitualmente al trabajo, a la planificación y a la transpiración escribiendo cada día. Es esfuerzo continuo, método, constancia, rutina, la inspiración está pasada de moda, es una gilipollez. No soy como esos escritores que llevan su ordenador a cuestas y teclean en cualquier parte. Me levanto a las cinco de la mañana y me pongo a escribir. Me hace ver la vida de otro modo, me abre los ojos y me proporciona equilibrio.
Era casi una cuestión personal escribir este artículo porque resulta tremendamente descorazonador ver a tantas personas talentosas dar por sentado que nunca podrán vivir de lo que más aman y mejor hacen.
Con el tiempo he aprendido que si te mueves te motivas, si estás motivado te inspiras, y si estás inspirado progresas, pero es la práctica deliberada lo que convierte nuestro trabajo en valor.
Sentirte a gusto contigo mismo por hacer lo que amas, cultivar tu creatividad, trabajar en favor de la cultura ... eso, querido lector, no es cuestión de musas.
Emilia Casas
En el mágico seno del mundo intuitivo, donde la imaginación todo lo crea y una realidad sutil toma forma, habita serena e inmaculada una hija privilegiada de los dioses: la inspiración. Con su inconfundible perfume, derrama los dones más preciados sobre aquellos que saben entonar su invocación.
Bien sea en el escritor ante la página en blanco que se resiste a la escritura, en el compositor ante un pentagrama vacío, o en el músico que acaricia en vano su instrumento sin lograr arrancarle ningún acorde que le complazca, todo creador considera la inspiración como un fenómeno de procedencia exterior, pero que ya no viene de las musas sino del esfuerzo y del trabajo personal del artista.
Ser escritor es un trabajo que requiere esfuerzo y sacrificio. Para mí todos los días son el día del escritor porque es como cualquier otro trabajo. No creo en la figura de la persona triste y melancólica que por ello logra genialidades, ya que haber sufrido un percance amoroso no nos transforma en grandes escritores. Si un escritor se repite a sí mismo que no tiene talento y que es muy difícil vivir de la literatura, nunca jamás lo conseguirá. Somos como las cebollas. Todos tenemos un interior jugoso y picante al que hay que llegar quitándole las capas. Pero si nunca las retiras, ese talento seguirá oculto y se pudrirá en el cesto, con otras cebollas.
Es emocionante ver a los atletas olímpicos atravesar la meta tras un esfuerzo considerable. Sin embargo, nuestro ego de escritor, cuando ve a un compañero que alcanza la meta, no piensa en el esfuerzo considerable que lleva detrás, sino en nuestro propio esfuerzo que no da los mismos frutos. No se nos ocurre pensar que tal vez ese otro escritor tiene una dosis mayor de motivación —lo desea mucho más que tú, se esfuerza en conseguirlo mucho más que tú. Antes de pensar que los escritores que viven de su escritura han tenido suerte hay que examinar su presencia online, sus estrategias de marketing, la calidad de sus libros e imitar sus aciertos además de mostrarse siempre dispuesto a aprender, a probar cosas nuevas y a salir de la zona de confort. Todo esto te ayuda a progresar como escritor.
Cuando tus mimbres mentales están bien puestos, la creatividad corre a sus anchas. Una mente de mimbre es más adaptable que una mente de cemento y deja espacio a la imaginación. Si además de escribir pretendes vivir de la literatura, la mentalidad correcta es imprescindible. Tener ideas y talento para escribir un libro es una cosa. Conseguir vivir de ello es otra. No es cuestión de musas, hay que estar abierto a la retroalimentación, tener voluntad de aprender, de innovar, de probar que se ajusta a ti y qué, no. Aceptar que es posible que tengas que cambiar tu forma de pensar en ciertas cosas. Que puedes cambiar de creencias. De opinión. De vida. Esa es la diferencia entre fallar y conseguirlo, y lo que determina a un escritor profesional de un aficionado; el profesional quiere realmente conseguirlo. Lo que crea el continente necesario para el éxito y le permite alcanzar resultados.
A veces, cuando hablo con escritores que quieren vivir de sus libros pero que no están dispuestos a hacer ningún tipo de sacrificio por conseguirlo, me doy cuenta de que no lo conseguirán porque ellos mismos se están poniendo barreras mentales. El oponente que está en nuestra cabeza es mucho más fuerte que el que se enfrenta a nosotros en la hoja en blanco. No hay nada más potente que los obstáculos que nos ponemos a nosotros mismos.
Muchos escritores hemos experimentado grandes momentos creativos en los que palabras e ideas fluyen por el teclado del ordenador. Pero también hay momentos en los que sufrimos una experiencia opuesta; las palabras no acuden y la fuente de ideas está temporalmente seca. La conclusión es que el escritor no debe fiarse al cien por cien de la inspiración y debe recurrir habitualmente al trabajo, a la planificación y a la transpiración escribiendo cada día. Es esfuerzo continuo, método, constancia, rutina, la inspiración está pasada de moda, es una gilipollez. No soy como esos escritores que llevan su ordenador a cuestas y teclean en cualquier parte. Me levanto a las cinco de la mañana y me pongo a escribir. Me hace ver la vida de otro modo, me abre los ojos y me proporciona equilibrio.
Era casi una cuestión personal escribir este artículo porque resulta tremendamente descorazonador ver a tantas personas talentosas dar por sentado que nunca podrán vivir de lo que más aman y mejor hacen.
Con el tiempo he aprendido que si te mueves te motivas, si estás motivado te inspiras, y si estás inspirado progresas, pero es la práctica deliberada lo que convierte nuestro trabajo en valor.
Sentirte a gusto contigo mismo por hacer lo que amas, cultivar tu creatividad, trabajar en favor de la cultura ... eso, querido lector, no es cuestión de musas.
Emilia Casas






















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