NOCTURNOS
Ni amor ni amistad
Me ofreciste tan solo que fuéramos amigos. Nunca pretendí que el único vínculo entre tú y yo consistiese en eso que se llama amistad. Cuando amas a una persona, hombre o mujer, necesitas proyectar tu pasión, tu ternura, tus caricias sobre ella. Jamás la relación se nutre compañerismo. La amistad siempre se deposita en el alma, sin necesidad de conquistar antes el cuerpo. La carne no cuenta. El esqueleto se reduce al de una mariposa. El amor seduce el alma para después penetrar en el cuerpo. La pasión cose el espíritu a la piel.
Quisiste verme, pero sin tocarme; oírme, pero sin prestarme atención; deslumbrarme, pero sin derecho a tocar tu epidermis; que te oliera, pero sin respirarte con los pulmones del alma. Me enamoraste. Lo supiste desde la primera vez que nos vimos cara a cara. Me hipnotizó el tono de tu voz. Me sedujeron la escultura de tus piernas, la sutil provocación de tus leves senos, la simetría de tu bello rostro. Regaste el jardín seco de mi vida con la lluvia de tu hermosura. Y, cuando las flores recogían en su paleta todos los colores del arco iris y coqueteaban con las abejas, me robaste el perfume, el aroma, el deseo: solo me deseabas con amigo, colega, camarada.
¿Amor o nada? ¿Presencia o ausencia? ¿Sexo o seso? ¿Siempre o nunca jamás? Decidí. No quiero morirme envenenado por tu belleza. Te olvidaré desde lejos, desde la cara oculta de mi alma. Fuiste. Ni soy ni seré.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me ofreciste tan solo que fuéramos amigos. Nunca pretendí que el único vínculo entre tú y yo consistiese en eso que se llama amistad. Cuando amas a una persona, hombre o mujer, necesitas proyectar tu pasión, tu ternura, tus caricias sobre ella. Jamás la relación se nutre compañerismo. La amistad siempre se deposita en el alma, sin necesidad de conquistar antes el cuerpo. La carne no cuenta. El esqueleto se reduce al de una mariposa. El amor seduce el alma para después penetrar en el cuerpo. La pasión cose el espíritu a la piel.
Quisiste verme, pero sin tocarme; oírme, pero sin prestarme atención; deslumbrarme, pero sin derecho a tocar tu epidermis; que te oliera, pero sin respirarte con los pulmones del alma. Me enamoraste. Lo supiste desde la primera vez que nos vimos cara a cara. Me hipnotizó el tono de tu voz. Me sedujeron la escultura de tus piernas, la sutil provocación de tus leves senos, la simetría de tu bello rostro. Regaste el jardín seco de mi vida con la lluvia de tu hermosura. Y, cuando las flores recogían en su paleta todos los colores del arco iris y coqueteaban con las abejas, me robaste el perfume, el aroma, el deseo: solo me deseabas con amigo, colega, camarada.
¿Amor o nada? ¿Presencia o ausencia? ¿Sexo o seso? ¿Siempre o nunca jamás? Decidí. No quiero morirme envenenado por tu belleza. Te olvidaré desde lejos, desde la cara oculta de mi alma. Fuiste. Ni soy ni seré.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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