CON LOS CINCO SENTIDOS
Solo ante el mundo
Escuchando una pieza del genial Astor Piazzola, te me viniste a la cabeza como una ráfaga de aire caliente para despeinar mis pensamientos ordenados. Eres el amigo fiel que te coge por el rostro, te mira a los ojos fijamente y te dice que eres una idiota si es necesario, que lo que estás haciendo está mal, pero te lo dice con una sonrisa que te parte en dos, sin saber si será para bien o para mal. Pero te lo dice, y eso no lo hace cualquiera si no lo es porque algo superior a la amistad verdadera acompaña cada uno de sus pasos, a veces inciertos.
La vida te trató a ratos, como a mí; ahora empezamos a bandear las mareas con las manos abiertas de par en par y la compañía de las mejores personas que se nos han puesto en el camino, o nos las han puesto porque las merecíamos, ya era nuestra hora.
Ahora que la noche se cierne en el horizonte y que hemos sabido esquivar múltiples batallas, aunque no la guerra, ahora es cuando, juntos, habremos de recorrer el mundo buscando más guerreros que se unan a nuestra bandera que no es otra que la bandera del saber hacer, del saber estar, del saber querer amarrarnos a este mundo que nos ha tocado vivir, en una soledad acompañada de suspiros y quejidos agónicos. Solos ante un mundo hostil que cercenó nuestros sueños una vez tras otra, aunque nos dejó lo mejor para el final, para que nos pudiésemos encontrar y encontrar a otras personas que compartiesen nuestros devaneos mentales, nuestras locuras individuales, que hacemos colectivas, porque no nos calla este cerebro inquieto ni la aurora boreal.
Gracias por estar en un recodo del camino, apoyado en un árbol y darme agua fresca para beber cuando más sed tenía. Estabas solo ante el mundo y encontraste la amistad, el amor y compañeros de viaje cuando ya ni te lo imaginabas. Fíjate cómo cambió nuestro particular cuento, que no era de hadas precisamente. Por eso y por todo lo que tú ya sabes, amigo, hermano en la distancia, no estás solo y ya no lo estarás jamás, al menos mientras mis manos puedan agarrarte y mirarte a la cara para decirte lo idiotas que somos. Me siento afortunada de tenerte, a ti y a quien te acompaña. No necesito a miles de personas, ni a decenas para sentirme bien, necesito pocas, pero buenas.
Personas que estaban solas y se han hecho a sí mismas juntando sus tristezas y sus roturas para recomponerlas y hacer con ellas un todo armonioso. Esas son las que yo valoro. Por ello doy sentido a mi soledad cuando escribo, cuando escucho música, cuando me regalan risas de escala sideral con cuatro amigos, con el amor y el dolor compartidos.
Por eso y por otras cosas no menos importantes, pero pequeñitas, nunca estarás solo mientras mis manos puedan agarrarte y mirarte a la cara para decirte lo idiotas que somos.
Nélida L. del Estal Sastre
P.D. Fotografía cortesía de mi querido amigo David Henríquez García , a quien dedico este escrito.
Escuchando una pieza del genial Astor Piazzola, te me viniste a la cabeza como una ráfaga de aire caliente para despeinar mis pensamientos ordenados. Eres el amigo fiel que te coge por el rostro, te mira a los ojos fijamente y te dice que eres una idiota si es necesario, que lo que estás haciendo está mal, pero te lo dice con una sonrisa que te parte en dos, sin saber si será para bien o para mal. Pero te lo dice, y eso no lo hace cualquiera si no lo es porque algo superior a la amistad verdadera acompaña cada uno de sus pasos, a veces inciertos.
La vida te trató a ratos, como a mí; ahora empezamos a bandear las mareas con las manos abiertas de par en par y la compañía de las mejores personas que se nos han puesto en el camino, o nos las han puesto porque las merecíamos, ya era nuestra hora.
Ahora que la noche se cierne en el horizonte y que hemos sabido esquivar múltiples batallas, aunque no la guerra, ahora es cuando, juntos, habremos de recorrer el mundo buscando más guerreros que se unan a nuestra bandera que no es otra que la bandera del saber hacer, del saber estar, del saber querer amarrarnos a este mundo que nos ha tocado vivir, en una soledad acompañada de suspiros y quejidos agónicos. Solos ante un mundo hostil que cercenó nuestros sueños una vez tras otra, aunque nos dejó lo mejor para el final, para que nos pudiésemos encontrar y encontrar a otras personas que compartiesen nuestros devaneos mentales, nuestras locuras individuales, que hacemos colectivas, porque no nos calla este cerebro inquieto ni la aurora boreal.
Gracias por estar en un recodo del camino, apoyado en un árbol y darme agua fresca para beber cuando más sed tenía. Estabas solo ante el mundo y encontraste la amistad, el amor y compañeros de viaje cuando ya ni te lo imaginabas. Fíjate cómo cambió nuestro particular cuento, que no era de hadas precisamente. Por eso y por todo lo que tú ya sabes, amigo, hermano en la distancia, no estás solo y ya no lo estarás jamás, al menos mientras mis manos puedan agarrarte y mirarte a la cara para decirte lo idiotas que somos. Me siento afortunada de tenerte, a ti y a quien te acompaña. No necesito a miles de personas, ni a decenas para sentirme bien, necesito pocas, pero buenas.
Personas que estaban solas y se han hecho a sí mismas juntando sus tristezas y sus roturas para recomponerlas y hacer con ellas un todo armonioso. Esas son las que yo valoro. Por ello doy sentido a mi soledad cuando escribo, cuando escucho música, cuando me regalan risas de escala sideral con cuatro amigos, con el amor y el dolor compartidos.
Por eso y por otras cosas no menos importantes, pero pequeñitas, nunca estarás solo mientras mis manos puedan agarrarte y mirarte a la cara para decirte lo idiotas que somos.
Nélida L. del Estal Sastre
P.D. Fotografía cortesía de mi querido amigo David Henríquez García , a quien dedico este escrito.





















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