NOCTURNOS
Pasión e hipocresía
No sé fingir. Soy un pésimo actor. Solo amo a una mujer. Conozco otras féminas que desearían conocerme en la intimidad. No vacilo. No soy vanidoso, ni mi jacto de seguir siendo un seductor. En absoluto. Mi época de dandy del sexo, de conquistador de almas femeninas tan hermosas como sus cuerpos, finiquitó. Hubo un tiempo para darle placer a la carne. Hay una época para extraer deleite de la cópula con la dama que amas, con esa fémina que te enamoró con su talento, a la que convertiste en una diosa, a la que colocaste en el ara del hedonismo sexual e intelectual.
Solo querría vivir para amarla. Le regalo a Cronos el tiempo que me queda, si ella se va, si ella decide dejarme para siempre. Vivo porque existe. Abrazaría la muerte si Carlota diese por concluido su paseo por mi vida.
Como es un ser femenino superior: delicada, sensual, sensible, culta e inteligente, pero también susceptible, desconfiada, escéptica, ha hecho de mí un retrato robot, o, para ser más exacto, un dibujo impresionista de mi carácter, de lo que soy, de lo que intuye. Y sostengo que sabe que estoy loco por ella, por sus piernas, por su cara, por su cabello, pero aún más porque su inteligencia me reta, me desafía y me obliga a extraer de mi cerebro todo mi genio, como si estuviera examinándome de mi vida ante el tribunal del Ser Supremo. Duda de quién es Eu. A veces cree que ella es Carlota. En otras ocasiones, piensa que no es ella, que la mujer que amo no existe. Piensa que sigo siendo un seductor, que no me conformaré con amarla solo a ella entre todas las mujeres.
Un día, cuando haya perdido toda esperanza, le confesaré que es la mujer de mi vida, que nací para amarla, que todos los errores que cometí con otras féminas sirvieron para encontrar el amor de verdad. Mientras seguiré disimulando cuando la mire a los ojos, cuando hablemos, tomemos unos vinos, paseemos…
Y nunca otra dama podrá borrar de mi cerebro ni su nombre, ni su manera de andar, ni su voz, menos aún su talento. O la amo a ella o me dejaré marchar en silencio, sin desperdiciar más besos, sin pronunciar palabras de amor que no siento. Mi pasión odia la hipocresía.
Eugenio-Jesús de Ávila
No sé fingir. Soy un pésimo actor. Solo amo a una mujer. Conozco otras féminas que desearían conocerme en la intimidad. No vacilo. No soy vanidoso, ni mi jacto de seguir siendo un seductor. En absoluto. Mi época de dandy del sexo, de conquistador de almas femeninas tan hermosas como sus cuerpos, finiquitó. Hubo un tiempo para darle placer a la carne. Hay una época para extraer deleite de la cópula con la dama que amas, con esa fémina que te enamoró con su talento, a la que convertiste en una diosa, a la que colocaste en el ara del hedonismo sexual e intelectual.
Solo querría vivir para amarla. Le regalo a Cronos el tiempo que me queda, si ella se va, si ella decide dejarme para siempre. Vivo porque existe. Abrazaría la muerte si Carlota diese por concluido su paseo por mi vida.
Como es un ser femenino superior: delicada, sensual, sensible, culta e inteligente, pero también susceptible, desconfiada, escéptica, ha hecho de mí un retrato robot, o, para ser más exacto, un dibujo impresionista de mi carácter, de lo que soy, de lo que intuye. Y sostengo que sabe que estoy loco por ella, por sus piernas, por su cara, por su cabello, pero aún más porque su inteligencia me reta, me desafía y me obliga a extraer de mi cerebro todo mi genio, como si estuviera examinándome de mi vida ante el tribunal del Ser Supremo. Duda de quién es Eu. A veces cree que ella es Carlota. En otras ocasiones, piensa que no es ella, que la mujer que amo no existe. Piensa que sigo siendo un seductor, que no me conformaré con amarla solo a ella entre todas las mujeres.
Un día, cuando haya perdido toda esperanza, le confesaré que es la mujer de mi vida, que nací para amarla, que todos los errores que cometí con otras féminas sirvieron para encontrar el amor de verdad. Mientras seguiré disimulando cuando la mire a los ojos, cuando hablemos, tomemos unos vinos, paseemos…
Y nunca otra dama podrá borrar de mi cerebro ni su nombre, ni su manera de andar, ni su voz, menos aún su talento. O la amo a ella o me dejaré marchar en silencio, sin desperdiciar más besos, sin pronunciar palabras de amor que no siento. Mi pasión odia la hipocresía.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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