NOCTURNOS
No ames, no sufras
Cuando me quedo a solas con una parte de mí mismo, siendo la madrugada todavía una niña, me da por imaginar cómo me hubiera comportado de haber sido un seductor sin sentimientos. Y me convenzo de que si solo hubiese buscado hedonismo al yacer con una mujer, sin apostar por el amor, sin una miaja de pasión, solo buscar el éxtasis, que es una palabra más hermosa que orgasmo, mi vida hubiese sido un continuo gozar, un no parar de cópulas en lechos blandos, en camas duras, en coches, en embalses, por doquier donde el deseo nos condujese a un servidor y la pareja correspondiente. Y después, cuando el tedio devorase esa relación sexual, despedirme sin ningún tipo de sentimiento de culpa, sin cargo de conciencia. Un adiós sin dolor. Un vago recuerdo de aquella mujer, de sus senos y sus muslos. Y nada más.
Quizá heredé, además de unas características físicas, una filosofía de la vida de mi familia. Y si mi padre amó con locura a mi madre y viceversa, yo también me enamoré y jamás dejé a mujer alguna. Preferí que se cansaran de mí antes de despedirme con una frase bonita y un gesto feo. Sufrí por amor. Lo justo. Me siento orgulloso de llorar por una dama. Fue un honor pasar por la vida de algunas mujeres con amor. Y sé que ni el tiempo cicatriza las heridas que la pasión dejó en el alma. Elegí amar sin que me amasen antes de no amar, no sentir, no penar. Pasaré por la vida como un gourmet del amor, que supo saborear a las mujeres más hermosas e inteligentes que el destino dispuso en el camino hacia la nada.
Eugenio-Jesús de Ávila
Cuando me quedo a solas con una parte de mí mismo, siendo la madrugada todavía una niña, me da por imaginar cómo me hubiera comportado de haber sido un seductor sin sentimientos. Y me convenzo de que si solo hubiese buscado hedonismo al yacer con una mujer, sin apostar por el amor, sin una miaja de pasión, solo buscar el éxtasis, que es una palabra más hermosa que orgasmo, mi vida hubiese sido un continuo gozar, un no parar de cópulas en lechos blandos, en camas duras, en coches, en embalses, por doquier donde el deseo nos condujese a un servidor y la pareja correspondiente. Y después, cuando el tedio devorase esa relación sexual, despedirme sin ningún tipo de sentimiento de culpa, sin cargo de conciencia. Un adiós sin dolor. Un vago recuerdo de aquella mujer, de sus senos y sus muslos. Y nada más.
Quizá heredé, además de unas características físicas, una filosofía de la vida de mi familia. Y si mi padre amó con locura a mi madre y viceversa, yo también me enamoré y jamás dejé a mujer alguna. Preferí que se cansaran de mí antes de despedirme con una frase bonita y un gesto feo. Sufrí por amor. Lo justo. Me siento orgulloso de llorar por una dama. Fue un honor pasar por la vida de algunas mujeres con amor. Y sé que ni el tiempo cicatriza las heridas que la pasión dejó en el alma. Elegí amar sin que me amasen antes de no amar, no sentir, no penar. Pasaré por la vida como un gourmet del amor, que supo saborear a las mujeres más hermosas e inteligentes que el destino dispuso en el camino hacia la nada.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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