NOCTURNOS
La elegancia y el amor
Confieso que yo también fui joven. Tengo aún memoria de aquellos años. Me desconozco. Aquel no se parece a este yo. Ahora como adulto talludo, cerca de la tercera edad, comparo mis sentimientos eróticos de aquellos años con los que protagonizan en estos momentos mi vida. Y sé que el amor se comprende, se disfruta, se siente más a mis años que en la juventud. Entonces no se amaba, se deseaba. El sexo siempre se imponía al seso. Nos gustaban todas, si bien elegíamos, los que podían o podíamos, a las que más destacaban por su belleza. Nos daba igual María que Rosa, morenas con pelo largo, que rubias con el pelo ondulado. Nos quedábamos con la que mostrara más cercanía. Creíamos que nos enamorábamos. Y si la chica que nos cautivó el corazón se iba con otro niño, casi siempre propietario de motocicleta, se escribían unos cuantos versos cursis y… preparados para una nueva conquista.
A veces, porque metías algo más que la pata, te tenías que casar, sin tener ni capacidad intelectual ni sensibilidad para hacerte un hombre de provecho cuando tan solo eras un estólido o un badulaque, un infante con barba. Entonces, el más listo no superaba la jerarquía de la estupidez. Pero lo años abren surcos en la piel y el alma también se doctora en la Facultad del Espíritu. No obstante, hay hombres que siempre mantendrán los mismos síntomas de la juventud: frivolidad, orfandad cultural, superficialidad y cierta egolatría.
Confieso que me encuentro más a gusto, más cercano, al que soy ahora que al que fui hace 40 años. Me empecé a querer hace una década. Entendí qué es el amor, por qué se quiere a una mujer, cómo enamorarla y convertir el sexo en una obra de arte. Besar los labios de la dama a la que estás enganchado por el cordón umbilical del alma, te eleva por encima de la vulgaridad hasta alcanzar un estado de sensibilidad poético, metafísico, místico. Y ahora, además, he obtenido el doctorado en amor por la universidad de la Pasión. Nunca he amado con tanta elegancia y talento. Solo pretendo en este trayecto hacia la nada, que la mujer que amo goce en la mesa, en el baño, en el lecho, en la calle, en la playa, escuchando a un ruiseñor en el bosque o recibiendo la brisa al alba. Nada más.
Eugenio-Jesús de Ávila
Confieso que yo también fui joven. Tengo aún memoria de aquellos años. Me desconozco. Aquel no se parece a este yo. Ahora como adulto talludo, cerca de la tercera edad, comparo mis sentimientos eróticos de aquellos años con los que protagonizan en estos momentos mi vida. Y sé que el amor se comprende, se disfruta, se siente más a mis años que en la juventud. Entonces no se amaba, se deseaba. El sexo siempre se imponía al seso. Nos gustaban todas, si bien elegíamos, los que podían o podíamos, a las que más destacaban por su belleza. Nos daba igual María que Rosa, morenas con pelo largo, que rubias con el pelo ondulado. Nos quedábamos con la que mostrara más cercanía. Creíamos que nos enamorábamos. Y si la chica que nos cautivó el corazón se iba con otro niño, casi siempre propietario de motocicleta, se escribían unos cuantos versos cursis y… preparados para una nueva conquista.
A veces, porque metías algo más que la pata, te tenías que casar, sin tener ni capacidad intelectual ni sensibilidad para hacerte un hombre de provecho cuando tan solo eras un estólido o un badulaque, un infante con barba. Entonces, el más listo no superaba la jerarquía de la estupidez. Pero lo años abren surcos en la piel y el alma también se doctora en la Facultad del Espíritu. No obstante, hay hombres que siempre mantendrán los mismos síntomas de la juventud: frivolidad, orfandad cultural, superficialidad y cierta egolatría.
Confieso que me encuentro más a gusto, más cercano, al que soy ahora que al que fui hace 40 años. Me empecé a querer hace una década. Entendí qué es el amor, por qué se quiere a una mujer, cómo enamorarla y convertir el sexo en una obra de arte. Besar los labios de la dama a la que estás enganchado por el cordón umbilical del alma, te eleva por encima de la vulgaridad hasta alcanzar un estado de sensibilidad poético, metafísico, místico. Y ahora, además, he obtenido el doctorado en amor por la universidad de la Pasión. Nunca he amado con tanta elegancia y talento. Solo pretendo en este trayecto hacia la nada, que la mujer que amo goce en la mesa, en el baño, en el lecho, en la calle, en la playa, escuchando a un ruiseñor en el bosque o recibiendo la brisa al alba. Nada más.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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