HISTORIA
Percy Fawcett y la ciudad perdida
Percy Fawcett, (veterano condecorado de la Primera Guerra Mundial y reconocido como uno de los grandes exploradores de su tiempo) más conocido como Karl Brugger, tras publicar el libro “La crónica de Akakor”, en la que, recogiendo el testimonio de un mestizo al que había conocido en Manaos (Brasil) relataría la fascinante historia de una ciudad perdida en lo más intrincado del Amazonas, con grandes construcciones en piedra (pirámides) túneles por debajo de la selva, y restos de una tecnología asombrosa que incluía barcos impulsados gracias a una energía invisible (capaces de volar), y piedras que permitían ver lo que ocurría en el otro extremo del mundo.
Nos hablaba sobre una civilización de 15.000 años de antigüedad fundada por dioses llegados de las estrellas, en un lugar donde la ciencia negaba esta posibilidad por la insuficiencia de terrenos cultivables, imprescindibles para el desarrollo sostenible de grandes masas de población. Y cuando los exploradores europeos realizaron sus primeras incursiones en los dominios del Amazonas, constataron tan sólo la presencia de reducidas tribus salvajes, tornando en quimeras estas arcaicas culturas.
Pero Fawcett, no se rindió y siguió investigando; a pesar de que sus compañeros siempre se mostraron escépticos ante sus hipótesis. Organizó varias expediciones. Durante sus trabajos topográficos, encontró restos de cerámica esparcidos por la selva que él asociaba a esa cultura perdida. Fue en esa aventura cuando desapareció sin dejar rastro. Tenía 57 años y le acompañaba su hijo Jack y el joven explorador y fotógrafo Raleigh Rimell que, como él, jamás regresaron. Su figura trascendió a la leyenda inspirando personajes de cómic, aventureros del cine como Indiana Jones y numerosas historias de la talla de «El mundo perdido» de Arthur Conan Doyle.
Vivimos en el mundo de Google Earth, de un planeta vigilado por satélites. Para conocer un lugar concreto ya no es necesario desplazarse hasta allí (como hizo Percy Fawcett y otros muchos grandes exploradores). Ahora, basta encender el ordenador y conectarse a Internet, escribir las coordenadas y esperar a que en la pantalla aparezca una imagen tomada desde el aire; la mayoría de las veces tan nítida como si nos encontrásemos unos pocos metros por encima. Pero las grandes historias pioneras son el caldo de cultivo para que todos sigamos soñando con resquebrajar los muros de lo imposible. A algunos les llamaran locos, como ocurría con el descubridor de Troya, el arqueólogo aficionado alemán Heinrich Schlieman, que demostró al mundo que los lugares que describe “La Ilíada” eran históricos y no mitológicos.
En el año 2018, en la región brasileña de Mato Grosso (extremo sur del Amazonas), un equipo de arqueólogos se topó con las pruebas de lo que parecían ser las ruinas de una serie compleja de redes viales interconectadas, granjas y grandes pueblos fortificados construidos sobre montículos, en los que había zanjas defensivas, calzadas y plazas, donde la selva tropical da paso a la sabana más seca. Algunos de los geoglifos hallados, (como los especialistas llaman a las zonas circulares talladas sobre la tierra), tenían hasta 400 metros de diámetro ¿sería ésta la evidencia de la civilización perdida de Percy Fawcett? Nunca lo sabremos.
Quizá fue devorado por los jaguares o constreñido por las anacondas; puede que muriera de hambre o consumido por la enfermedad; tal vez lo mataron los indígenas. Tal vez, como aseguran las teorías más estrafalarias, Fawcett (que durante su vida desarrolló gran interés en el misticismo) había descubierto que aquella ciudad que tanto buscaba, en realidad, era un portal a una realidad alternativa y decidió quedarse allí en lugar de regresar a un mundo en el que los hombres como él, románticos y aventureros, parecían tener cada vez menos cabida.
Emilia Casas
Percy Fawcett, (veterano condecorado de la Primera Guerra Mundial y reconocido como uno de los grandes exploradores de su tiempo) más conocido como Karl Brugger, tras publicar el libro “La crónica de Akakor”, en la que, recogiendo el testimonio de un mestizo al que había conocido en Manaos (Brasil) relataría la fascinante historia de una ciudad perdida en lo más intrincado del Amazonas, con grandes construcciones en piedra (pirámides) túneles por debajo de la selva, y restos de una tecnología asombrosa que incluía barcos impulsados gracias a una energía invisible (capaces de volar), y piedras que permitían ver lo que ocurría en el otro extremo del mundo.
Nos hablaba sobre una civilización de 15.000 años de antigüedad fundada por dioses llegados de las estrellas, en un lugar donde la ciencia negaba esta posibilidad por la insuficiencia de terrenos cultivables, imprescindibles para el desarrollo sostenible de grandes masas de población. Y cuando los exploradores europeos realizaron sus primeras incursiones en los dominios del Amazonas, constataron tan sólo la presencia de reducidas tribus salvajes, tornando en quimeras estas arcaicas culturas.
Pero Fawcett, no se rindió y siguió investigando; a pesar de que sus compañeros siempre se mostraron escépticos ante sus hipótesis. Organizó varias expediciones. Durante sus trabajos topográficos, encontró restos de cerámica esparcidos por la selva que él asociaba a esa cultura perdida. Fue en esa aventura cuando desapareció sin dejar rastro. Tenía 57 años y le acompañaba su hijo Jack y el joven explorador y fotógrafo Raleigh Rimell que, como él, jamás regresaron. Su figura trascendió a la leyenda inspirando personajes de cómic, aventureros del cine como Indiana Jones y numerosas historias de la talla de «El mundo perdido» de Arthur Conan Doyle.
Vivimos en el mundo de Google Earth, de un planeta vigilado por satélites. Para conocer un lugar concreto ya no es necesario desplazarse hasta allí (como hizo Percy Fawcett y otros muchos grandes exploradores). Ahora, basta encender el ordenador y conectarse a Internet, escribir las coordenadas y esperar a que en la pantalla aparezca una imagen tomada desde el aire; la mayoría de las veces tan nítida como si nos encontrásemos unos pocos metros por encima. Pero las grandes historias pioneras son el caldo de cultivo para que todos sigamos soñando con resquebrajar los muros de lo imposible. A algunos les llamaran locos, como ocurría con el descubridor de Troya, el arqueólogo aficionado alemán Heinrich Schlieman, que demostró al mundo que los lugares que describe “La Ilíada” eran históricos y no mitológicos.
En el año 2018, en la región brasileña de Mato Grosso (extremo sur del Amazonas), un equipo de arqueólogos se topó con las pruebas de lo que parecían ser las ruinas de una serie compleja de redes viales interconectadas, granjas y grandes pueblos fortificados construidos sobre montículos, en los que había zanjas defensivas, calzadas y plazas, donde la selva tropical da paso a la sabana más seca. Algunos de los geoglifos hallados, (como los especialistas llaman a las zonas circulares talladas sobre la tierra), tenían hasta 400 metros de diámetro ¿sería ésta la evidencia de la civilización perdida de Percy Fawcett? Nunca lo sabremos.
Quizá fue devorado por los jaguares o constreñido por las anacondas; puede que muriera de hambre o consumido por la enfermedad; tal vez lo mataron los indígenas. Tal vez, como aseguran las teorías más estrafalarias, Fawcett (que durante su vida desarrolló gran interés en el misticismo) había descubierto que aquella ciudad que tanto buscaba, en realidad, era un portal a una realidad alternativa y decidió quedarse allí en lugar de regresar a un mundo en el que los hombres como él, románticos y aventureros, parecían tener cada vez menos cabida.
Emilia Casas
















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