HABLEMOS
La Plaza de la Catedral, o el corral de la pacheca
Carlos Domínguez
Las ciudades de tradición milenaria cuentan con monumentos que representan sus verdaderas señas de identidad. Nuestra Zamora, que bien puede estar orgullosa de un románico humilde pero de una riqueza simbólica de la que dejé constancia en una obra hoy señera y en la que no voy a abundar, tiene por auténtico emblema un cimborrio único en el mundo occidental, por cuanto su bizantinismo lo emparenta, lejos de las linternas francesas, con tradiciones estéticas de inequívoca raigambre oriental.
Yendo a lo cotidiano, lo que no se explica es la política del actual Consistorio, y aquí pongo por delante a una concejalía de cultura cuya incompetencia, chapuza y sectarismo confiamos no se repita jamás. Porque lo cierto es que el emblema indiscutible de nuestro románico, la Catedral y su cúpula, con la plaza como antesala estética y visual, llevan sufriendo año tras año la vulgaridad de tabladillos y musiquillas de tres al cuarto, de pases de cine como si la plaza fuera una filmoteca de pueblo de los años cuarenta, o de cualquier inventico fruto de la ocurrencia de quien tiene manga por hombro la cultura de esta ciudad, desde criterios ideológicos que causan sonrojo en la ciudadanía.
Bien mirado, no se comprende cómo lo progre, lo tecnotrónico, la vanguardia tecnológica a la hora de producir ruidos, estridencias y demás cacofonías pop, crunch, punk o lo que cuadre, necesita un escenario y telón que para ellos representa la caspa de lo católico, la sotana, la misa, el rito y demás parafernalia clerical. Tampoco es que se entienda lo del flamenco, pero al fin y al cabo, entre una de las manifestaciones de nuestra idiosincrasia y los ruidos de una música que no pasa ni pasó nunca de subproducto ideológico importado a la rastra por la patulea progresista de los sesenta, hay una diferencia. Aun así, por coherencia escénica, tampoco creo que la plaza de la Catedral sea el lugar idóneo para un festival de esa naturaleza.
Pero el colmo es que la concejalía de la cosa coloque con alevosía un graderío, un andamiaje a modo de sentajo corrido y, con evento o sin él, lo deje allí, a veces junto a sillas de plástico propias de cualquier bareto estival, por meses, qué digo, por el verano entero y la temporada turística, para que los visitantes comprueben la estética, el infinito valor artístico de semejante basura, que hace de nuestra plaza más digna una especie de sucursal chatarrera, con herraje y montaje digno del corral de la pacheca, modelo, estoy seguro, es el elegido para degradar nuestros monumentos más emblemáticos. Respecto a los eventos que se vienen celebrando, un decir, en nuestro casco histórico, Catedral y Castillo, hay ciertamente lugares más amplios y adecuados. La plaza de la Biblioteca, con el magnífico mirador al Duero, es sin duda el entorno idóneo para tales espectáculos, como ya se hizo en su día. Y si no, la misma Plaza Mayor, que constituye el ámbito público y cívico por excelencia. Mas, en el fondo, de lo que se trata es de hacer de la Catedral y su plaza, al igual que del Castillo, espacios desprovistos de cualquier connotación histórica y simbólica, que lo sería aristocrática o religiosa para cualquier majadero de la horda intelectualilla hoy en el poder. Los turistas toman buena nota del engendro. Lo que extraña es que el Obispado se pliegue como tantas veces ante desmanes que claman contra la razón, no menos que contra el puro sentido común.
Las ciudades de tradición milenaria cuentan con monumentos que representan sus verdaderas señas de identidad. Nuestra Zamora, que bien puede estar orgullosa de un románico humilde pero de una riqueza simbólica de la que dejé constancia en una obra hoy señera y en la que no voy a abundar, tiene por auténtico emblema un cimborrio único en el mundo occidental, por cuanto su bizantinismo lo emparenta, lejos de las linternas francesas, con tradiciones estéticas de inequívoca raigambre oriental.
Yendo a lo cotidiano, lo que no se explica es la política del actual Consistorio, y aquí pongo por delante a una concejalía de cultura cuya incompetencia, chapuza y sectarismo confiamos no se repita jamás. Porque lo cierto es que el emblema indiscutible de nuestro románico, la Catedral y su cúpula, con la plaza como antesala estética y visual, llevan sufriendo año tras año la vulgaridad de tabladillos y musiquillas de tres al cuarto, de pases de cine como si la plaza fuera una filmoteca de pueblo de los años cuarenta, o de cualquier inventico fruto de la ocurrencia de quien tiene manga por hombro la cultura de esta ciudad, desde criterios ideológicos que causan sonrojo en la ciudadanía.
Bien mirado, no se comprende cómo lo progre, lo tecnotrónico, la vanguardia tecnológica a la hora de producir ruidos, estridencias y demás cacofonías pop, crunch, punk o lo que cuadre, necesita un escenario y telón que para ellos representa la caspa de lo católico, la sotana, la misa, el rito y demás parafernalia clerical. Tampoco es que se entienda lo del flamenco, pero al fin y al cabo, entre una de las manifestaciones de nuestra idiosincrasia y los ruidos de una música que no pasa ni pasó nunca de subproducto ideológico importado a la rastra por la patulea progresista de los sesenta, hay una diferencia. Aun así, por coherencia escénica, tampoco creo que la plaza de la Catedral sea el lugar idóneo para un festival de esa naturaleza.
Pero el colmo es que la concejalía de la cosa coloque con alevosía un graderío, un andamiaje a modo de sentajo corrido y, con evento o sin él, lo deje allí, a veces junto a sillas de plástico propias de cualquier bareto estival, por meses, qué digo, por el verano entero y la temporada turística, para que los visitantes comprueben la estética, el infinito valor artístico de semejante basura, que hace de nuestra plaza más digna una especie de sucursal chatarrera, con herraje y montaje digno del corral de la pacheca, modelo, estoy seguro, es el elegido para degradar nuestros monumentos más emblemáticos. Respecto a los eventos que se vienen celebrando, un decir, en nuestro casco histórico, Catedral y Castillo, hay ciertamente lugares más amplios y adecuados. La plaza de la Biblioteca, con el magnífico mirador al Duero, es sin duda el entorno idóneo para tales espectáculos, como ya se hizo en su día. Y si no, la misma Plaza Mayor, que constituye el ámbito público y cívico por excelencia. Mas, en el fondo, de lo que se trata es de hacer de la Catedral y su plaza, al igual que del Castillo, espacios desprovistos de cualquier connotación histórica y simbólica, que lo sería aristocrática o religiosa para cualquier majadero de la horda intelectualilla hoy en el poder. Los turistas toman buena nota del engendro. Lo que extraña es que el Obispado se pliegue como tantas veces ante desmanes que claman contra la razón, no menos que contra el puro sentido común.
















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