EL BECARIO TARDÍO
Una visita del mas allá
Esteban Pedrosa
Nunca nos poníamos de acuerdo en esos asuntos. Lo que para él era negro, blanco era para mí, sin medias tintas ni grises de por medio: Para solventarlo, fue él quien tuvo la peregrina idea: “El que se vaya antes hacia la luz, si hay algo, volverá para hacérselo ver al otro”. Irse hacia la luz, para él, era morirse y lo de “haber algo”, era vida después de la muerte.
Acepté el reto -o lo que fuera- más que nada por quitarle de encima y de su cabeza aquella persistencia que, últimamente, tenía en hablar siempre del mismo tema, como si el reto fuera inminente, y que acababa por ponerme nervioso si me atenía a los antecedentes: Hubo una época que en la que estaba convencido de que le iba a tocar el premio Gordo de una lotería y le tocó. Otra vez que vino a mi casa, se fijo en la foto de un familiar que colgaba de un cuadro en la pared y me advirtió de que estaba bastante torcido. Lo sabía y se lo dije, como le dije que no lo acababa de entender, puesto que la argolla donde iba incrustada la alcayata estaba exactamente en el centro de la madera. Lo descolgó y comprobó que yo tenía razón. “¿Ves?, le dije, para añadir que era incomprensible. ¿Hace mucho que no hablas con él? Llámalo, está en apuros, me aconsejó. Así lo hice y supe que estaba ingresado en el hospital tras una enfermedad repentina.
Si soy yo quien escribe esto, quiere decir que él partió primero hacia la luz, de repente, sin sufrir, como siempre quiso.
Nos habíamos dado 2 años de plazo, tiempo que se acaba hoy, esta noche. Mientras escribo estas letras, llega hasta mí una enfermera para que conozca a mi hijo que acaba de nacer, fruto de un milagro, según la ciencia médica, nacido de mi mujer, sexagenaria, a través de un embarazo como un mar en calma y un parto más propio de una veinteañera.
Nunca nos poníamos de acuerdo en esos asuntos. Lo que para él era negro, blanco era para mí, sin medias tintas ni grises de por medio: Para solventarlo, fue él quien tuvo la peregrina idea: “El que se vaya antes hacia la luz, si hay algo, volverá para hacérselo ver al otro”. Irse hacia la luz, para él, era morirse y lo de “haber algo”, era vida después de la muerte.
Acepté el reto -o lo que fuera- más que nada por quitarle de encima y de su cabeza aquella persistencia que, últimamente, tenía en hablar siempre del mismo tema, como si el reto fuera inminente, y que acababa por ponerme nervioso si me atenía a los antecedentes: Hubo una época que en la que estaba convencido de que le iba a tocar el premio Gordo de una lotería y le tocó. Otra vez que vino a mi casa, se fijo en la foto de un familiar que colgaba de un cuadro en la pared y me advirtió de que estaba bastante torcido. Lo sabía y se lo dije, como le dije que no lo acababa de entender, puesto que la argolla donde iba incrustada la alcayata estaba exactamente en el centro de la madera. Lo descolgó y comprobó que yo tenía razón. “¿Ves?, le dije, para añadir que era incomprensible. ¿Hace mucho que no hablas con él? Llámalo, está en apuros, me aconsejó. Así lo hice y supe que estaba ingresado en el hospital tras una enfermedad repentina.
Si soy yo quien escribe esto, quiere decir que él partió primero hacia la luz, de repente, sin sufrir, como siempre quiso.
Nos habíamos dado 2 años de plazo, tiempo que se acaba hoy, esta noche. Mientras escribo estas letras, llega hasta mí una enfermera para que conozca a mi hijo que acaba de nacer, fruto de un milagro, según la ciencia médica, nacido de mi mujer, sexagenaria, a través de un embarazo como un mar en calma y un parto más propio de una veinteañera.

















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