NOCTURNOS
El último amor
He conocido mujeres, amantes y amadas, con un ego superlativo. Se creían las más guapas, las más atractivas, hechas por Dios para amar. Y hasta ayer, convencidas de que mis artículos eróticos me los inspiraban su belleza, talento superlativo y elegancia. Alguna vez, cierto, lo confieso, iluminaron mis textos, pero casi siempre construí literatura, imaginé amores que nunca se edificaron sobre una verdad, sobre una historia erótica; quizá no fueran más que deseos que nunca se hicieron realidad.
Carlota, a la que yo dediqué muchísimas cartas de amor públicas, fue mi Dulcinea. Yo no soy un Quijote de la pasión. Carezco de Rocinante y no me acompaña Sancho Panza alguno. Tampoco porto ni peto ni espaldar, ni el yelmo de Mambrino. Voy al amor a cuerpo gentil. Si recibo una estocada de la dama que anhelo, me retiro a curarme mis heridas; después, cuando sane del desamor, volveré al frente de batalla.
El amor ocupa la jerarquía de mis prioridades. Nunca lo busqué, pero si me lo encuentro ahora en el bulevar de mi vejez, lo asiré del brazo, le susurraré versos de Buesa e intentaré permanecer a su lado durante todo el camino que me reste para llegar a la nada que es mi vida.
He nacido para morir enamorado. No existe muerte más hermosa que besar los labios de la mujer que amaste, la que fue tu último amor.
Eugenio-Jesús de Ávila
He conocido mujeres, amantes y amadas, con un ego superlativo. Se creían las más guapas, las más atractivas, hechas por Dios para amar. Y hasta ayer, convencidas de que mis artículos eróticos me los inspiraban su belleza, talento superlativo y elegancia. Alguna vez, cierto, lo confieso, iluminaron mis textos, pero casi siempre construí literatura, imaginé amores que nunca se edificaron sobre una verdad, sobre una historia erótica; quizá no fueran más que deseos que nunca se hicieron realidad.
Carlota, a la que yo dediqué muchísimas cartas de amor públicas, fue mi Dulcinea. Yo no soy un Quijote de la pasión. Carezco de Rocinante y no me acompaña Sancho Panza alguno. Tampoco porto ni peto ni espaldar, ni el yelmo de Mambrino. Voy al amor a cuerpo gentil. Si recibo una estocada de la dama que anhelo, me retiro a curarme mis heridas; después, cuando sane del desamor, volveré al frente de batalla.
El amor ocupa la jerarquía de mis prioridades. Nunca lo busqué, pero si me lo encuentro ahora en el bulevar de mi vejez, lo asiré del brazo, le susurraré versos de Buesa e intentaré permanecer a su lado durante todo el camino que me reste para llegar a la nada que es mi vida.
He nacido para morir enamorado. No existe muerte más hermosa que besar los labios de la mujer que amaste, la que fue tu último amor.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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