NOCTURNOS
Amar en el tiempo
No hay edad para el amor, pero sí hay un tiempo para el desamor. Ahora, cuando mi alma muestra más arrugas que mi rostro, sé cómo amar en el tiempo. Puedo enamorarme de una mujer joven y también de una dama de mi generación. Confieso mi incapacidad para seducir a una señorita, libérrima, tierna y con más futuro que pasado. No entendería mi filosofía de la vida, ni cultura, ni tampoco mi manera de amar. No se trataría, si bien pudiera parecerlo, de una falta de atractivo físico, sino de una carencia de sintonía espiritual. Quizá, por mi rebeldía, por mi pasión, porque ignoro a los espejos, me sienta más joven que la juventud del móvil, de la apatía vital y del amor sin poesía.
Amé a una mujer de otro tiempo que no era el mío. Me llegué a creer, cuando yacía a su vera, sobre las sábanas calientes y los pies helados, que había nacido en pleno felipismo político y erótico. Nunca me sentí tan pleno en el magisterio de la pasión. Amé con el poderío de Ares, el hijo de Zeus y Hera, que dejó 60 hijos como descendencia.
La fortuna jugó con el destino y me presentó a una mujer-tentación, guapa, dura y laboriosa, y, además, muy joven, que solía decirme, antes de cada cópula, que “esto no puede ser”. Pero fue durante un año y medio. Y se quejaba de mi carácter, pero jamás de mi dedicación al hedonismo que surge de la fusión de dos cuerpos en un solo espíritu. Cópulas de las que vivían los dioses del Olimpo.
Y un mal día -excelente para mi amante- nos fuimos: Ella para el norte y yo para el sur, o la señorita para oriente y un servidor hacía la postura del sol. Solo sé que, durante el tiempo que duró esa pasión, me quité unas cuantas décadas de vida. Y ahora ya no sé cuál es mi verdadera edad, sin la que figura en el DNI, o la de mi hombría.
Eugenio-Jesús de Ávila
No hay edad para el amor, pero sí hay un tiempo para el desamor. Ahora, cuando mi alma muestra más arrugas que mi rostro, sé cómo amar en el tiempo. Puedo enamorarme de una mujer joven y también de una dama de mi generación. Confieso mi incapacidad para seducir a una señorita, libérrima, tierna y con más futuro que pasado. No entendería mi filosofía de la vida, ni cultura, ni tampoco mi manera de amar. No se trataría, si bien pudiera parecerlo, de una falta de atractivo físico, sino de una carencia de sintonía espiritual. Quizá, por mi rebeldía, por mi pasión, porque ignoro a los espejos, me sienta más joven que la juventud del móvil, de la apatía vital y del amor sin poesía.
Amé a una mujer de otro tiempo que no era el mío. Me llegué a creer, cuando yacía a su vera, sobre las sábanas calientes y los pies helados, que había nacido en pleno felipismo político y erótico. Nunca me sentí tan pleno en el magisterio de la pasión. Amé con el poderío de Ares, el hijo de Zeus y Hera, que dejó 60 hijos como descendencia.
La fortuna jugó con el destino y me presentó a una mujer-tentación, guapa, dura y laboriosa, y, además, muy joven, que solía decirme, antes de cada cópula, que “esto no puede ser”. Pero fue durante un año y medio. Y se quejaba de mi carácter, pero jamás de mi dedicación al hedonismo que surge de la fusión de dos cuerpos en un solo espíritu. Cópulas de las que vivían los dioses del Olimpo.
Y un mal día -excelente para mi amante- nos fuimos: Ella para el norte y yo para el sur, o la señorita para oriente y un servidor hacía la postura del sol. Solo sé que, durante el tiempo que duró esa pasión, me quité unas cuantas décadas de vida. Y ahora ya no sé cuál es mi verdadera edad, sin la que figura en el DNI, o la de mi hombría.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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