HABLEMOS
El casco histórico, del corralón al tenderete
Carlos Domínguez
¿Alguien se imagina un espectáculo similar, de barraca y mercadillo buhonero, a las puertas de la catedral de Salamanca en la plaza de Anaya? ¿Y alguien puede hacerlo con la de León o la de Burgos, a los pies de sus muros y vidrieras? Entre unos y otros están empeñados en degradar de forma paleta y chabacana la dignidad de nuestro casco histórico, especialmente el tramo comprendido entre la Plaza Mayor y la de la Catedral, mediante el impresentable graderío a modo de chatarra estival, aparcada durante meses en el espacio que hace de antesala del monumento más destacado; todo en aras de festejillos culturales y musicales o payasadas varias, al único objeto de disfrutar de las dispendiosas arcas del erario. Mas, por si no bastaba (hoy mismo suma y sigue), ahí estuvo la mal llamada feria de algo, creo que del queso en lugar del ajo, convirtiendo rúas y plazas emblemáticas en una suerte de baratillo, de tenderetes a manera de jaima corrida luciendo mugre, a fin de que el pueblo llano deguste la tapita o taquito consabido, pasando de tienda en tienda de la mañana a la tarde, y cuantas más veces mejor sin que se note. Un oficio, ¡oiga!
Naturalmente no lo dirán, pero más de un zamorano querría saber no ya las piezas y kilos repartidos a rebatiña popular, taquito a taquito y visita a visita… sin que se note demasiado. Lo que debería conocerse es la cantidad vendida en relación al número de visitas, así como el importe de la misma en proporción a la inversión realizada. Porque simplemente con observar, lo que primaba en jaima y baratillo era el taquito, ¡qué rico!, no la bolsa de compra acreditando un gasto efectivo. ¡Vamos!, que aparte de la subvención, pues haberla la ha habido según parece al menos de ciento sesenta millones de las antiguas pesetas, ¡oiga, una pasta!, no estaría de más conocer el rendimiento comercial y privado del evento, con independencia de que en momentos señalados algunos bares y restaurantes hayan hecho su pequeño agosto, y la casta política local pueda presumir gracias al presupuesto de iniciativa, gestión y progreso. A lo más, el de un turismo de inserso, pensión y geriátrico. ¡Futuro prometedor, qué duda cabe!
Mientras devalúan el casco histórico con fantasmadas y ferias cochambre, para lucimiento de caciques aldeanos a costa del desdoro de nuestros espacios de mayor prestancia, la Zamora dinámica que debería florecer como medio de riqueza, comercio y prosperidad, se viene literalmente abajo con locales destartalados, cerrados cuando no ruinosos, a falta de la actividad que no ha mucho daba vida a nuestra ciudad, con su sociedad modesta y provinciana. ¿Tienen nuestros políticos solución para ese abandono y decadencia en lo principal, más allá de corralones, jaimas o tenderetes de ocasión, sufragados con fondos públicos que, según parece, no encuentran mejor destino? Excepción hecha, claro está, de los latisueldos a disfrutar por nuestras meritísimas élites dirigentes.
¿Alguien se imagina un espectáculo similar, de barraca y mercadillo buhonero, a las puertas de la catedral de Salamanca en la plaza de Anaya? ¿Y alguien puede hacerlo con la de León o la de Burgos, a los pies de sus muros y vidrieras? Entre unos y otros están empeñados en degradar de forma paleta y chabacana la dignidad de nuestro casco histórico, especialmente el tramo comprendido entre la Plaza Mayor y la de la Catedral, mediante el impresentable graderío a modo de chatarra estival, aparcada durante meses en el espacio que hace de antesala del monumento más destacado; todo en aras de festejillos culturales y musicales o payasadas varias, al único objeto de disfrutar de las dispendiosas arcas del erario. Mas, por si no bastaba (hoy mismo suma y sigue), ahí estuvo la mal llamada feria de algo, creo que del queso en lugar del ajo, convirtiendo rúas y plazas emblemáticas en una suerte de baratillo, de tenderetes a manera de jaima corrida luciendo mugre, a fin de que el pueblo llano deguste la tapita o taquito consabido, pasando de tienda en tienda de la mañana a la tarde, y cuantas más veces mejor sin que se note. Un oficio, ¡oiga!
Naturalmente no lo dirán, pero más de un zamorano querría saber no ya las piezas y kilos repartidos a rebatiña popular, taquito a taquito y visita a visita… sin que se note demasiado. Lo que debería conocerse es la cantidad vendida en relación al número de visitas, así como el importe de la misma en proporción a la inversión realizada. Porque simplemente con observar, lo que primaba en jaima y baratillo era el taquito, ¡qué rico!, no la bolsa de compra acreditando un gasto efectivo. ¡Vamos!, que aparte de la subvención, pues haberla la ha habido según parece al menos de ciento sesenta millones de las antiguas pesetas, ¡oiga, una pasta!, no estaría de más conocer el rendimiento comercial y privado del evento, con independencia de que en momentos señalados algunos bares y restaurantes hayan hecho su pequeño agosto, y la casta política local pueda presumir gracias al presupuesto de iniciativa, gestión y progreso. A lo más, el de un turismo de inserso, pensión y geriátrico. ¡Futuro prometedor, qué duda cabe!
Mientras devalúan el casco histórico con fantasmadas y ferias cochambre, para lucimiento de caciques aldeanos a costa del desdoro de nuestros espacios de mayor prestancia, la Zamora dinámica que debería florecer como medio de riqueza, comercio y prosperidad, se viene literalmente abajo con locales destartalados, cerrados cuando no ruinosos, a falta de la actividad que no ha mucho daba vida a nuestra ciudad, con su sociedad modesta y provinciana. ¿Tienen nuestros políticos solución para ese abandono y decadencia en lo principal, más allá de corralones, jaimas o tenderetes de ocasión, sufragados con fondos públicos que, según parece, no encuentran mejor destino? Excepción hecha, claro está, de los latisueldos a disfrutar por nuestras meritísimas élites dirigentes.
















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