NOCTURNOS
Sexo sin seso
Confieso que una de mis más vergonzosas carencias consiste en que mis ojos solo aprecian lo que ven en el exterior de otras personas. Verbigracia. Si conozco a una mujer mi primera mirada solo aprecia su rostro, su cuerpo, sus piernas. Ignoro, por esa falta de facultades, si se ubica un alma grande detrás de su belleza. Y, en principio, tampoco me importa. Los hombres, y no tengo ningún complejo en escribirlo, nos ¿enamoramos? de las mujeres guapas. Añado, no obstante, como escribí no ha mucho tiempo, que no todas las hermosuras me enamoran.
No sé si fue un pecado, pero siempre intenté seducir a féminas muy bonitas. Las que solo me gustaron con la vista, nunca las amé desde mis adentros. Me aparté de sus vidas sin permitir que me tatuaran el alma. Las que me atrajeron por fuera y por dentro me abdujeron la pasión, me la extrajeron, se la quedaron. No sé, ni supe, querer a una dama a medias, porque estoy a gusto, porque es buena gente. Si amo, dejo de ser yo. Es entonces cuando me despreocupo de la forma de sus senos, de sus glúteos perfectos, de sus piernas pulidas y torneadas, para dedicarme a recorrer sus cejas con mis yemas, contar sus pestañas, lamer sus axilas, pellizcar la piel de sus codos o morder sus pulgares de sus manos y los dedos gordos de sus pies.
A los hombres como yo, gente extraña, nos apasionan deleitarnos con viandas de cultura y belleza, de filosofía y senos, de arte y cópulas. A un tipo tan vulgar como yo, le gusta tocar el cuerpo de una mujer bella, porque desprende música, escucho sinfonías inacabadas, oigo el sonido del amor por debajo de la epidermis
A los hombres como yo, muy pocos, nos aburre el sexo sin seso, el beso seco y la caricia que irrita la piel de nuestra esencia.
Declaro que a las pocas mujeres que me enamoraron, las penetré con mis ojos la primera vez que contemplé sus rostros. Supe que tanta belleza exterior se complementaba con idéntica hermosura en los adentros. Y es que yo amo del revés. Necesito conocer primero el alma para después alojarme en la humedad de un cuerpo femenino.
Eugenio-Jesús de Ávila
Confieso que una de mis más vergonzosas carencias consiste en que mis ojos solo aprecian lo que ven en el exterior de otras personas. Verbigracia. Si conozco a una mujer mi primera mirada solo aprecia su rostro, su cuerpo, sus piernas. Ignoro, por esa falta de facultades, si se ubica un alma grande detrás de su belleza. Y, en principio, tampoco me importa. Los hombres, y no tengo ningún complejo en escribirlo, nos ¿enamoramos? de las mujeres guapas. Añado, no obstante, como escribí no ha mucho tiempo, que no todas las hermosuras me enamoran.
No sé si fue un pecado, pero siempre intenté seducir a féminas muy bonitas. Las que solo me gustaron con la vista, nunca las amé desde mis adentros. Me aparté de sus vidas sin permitir que me tatuaran el alma. Las que me atrajeron por fuera y por dentro me abdujeron la pasión, me la extrajeron, se la quedaron. No sé, ni supe, querer a una dama a medias, porque estoy a gusto, porque es buena gente. Si amo, dejo de ser yo. Es entonces cuando me despreocupo de la forma de sus senos, de sus glúteos perfectos, de sus piernas pulidas y torneadas, para dedicarme a recorrer sus cejas con mis yemas, contar sus pestañas, lamer sus axilas, pellizcar la piel de sus codos o morder sus pulgares de sus manos y los dedos gordos de sus pies.
A los hombres como yo, gente extraña, nos apasionan deleitarnos con viandas de cultura y belleza, de filosofía y senos, de arte y cópulas. A un tipo tan vulgar como yo, le gusta tocar el cuerpo de una mujer bella, porque desprende música, escucho sinfonías inacabadas, oigo el sonido del amor por debajo de la epidermis
A los hombres como yo, muy pocos, nos aburre el sexo sin seso, el beso seco y la caricia que irrita la piel de nuestra esencia.
Declaro que a las pocas mujeres que me enamoraron, las penetré con mis ojos la primera vez que contemplé sus rostros. Supe que tanta belleza exterior se complementaba con idéntica hermosura en los adentros. Y es que yo amo del revés. Necesito conocer primero el alma para después alojarme en la humedad de un cuerpo femenino.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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