NOCTURNOS
Ella es una obra de arte
Sé por qué la quiero, pero nunca sabría por qué la dejaría de amar. Incluso si un día se olvidara de mí, la retendría en mi memoria para recordarla cuando sintiera soledad. Uno se enamora y toda la vida permanecerá ese sentimiento en la otra cara de la piel, grabado como las huellas dactilares, desde el pañal a la mortaja.
Sé, desde que me curé de la enfermedad de la juventud, que el amor ni se pesa, ni se mide: pero no desconozco que se aprende a amar. Si amo como escribo y escribo como amo, y si cada día escribo mejor, traduzco que ya me he doctorado en amor.
Como desde niño, sentí una atracción fortísima por la belleza, desde observar, con deleite, renacuajos en el estanque del Castillo; seguir a una hormiguita con su carga de cereal hasta su agujero, fijarme en el diálogo erótico de las nubes, hasta disfrutar con el canto de los grillos en una noche de verano, consideré que solo el arte me podría salvar del tedio de vivir. Y el amor siempre ocupará la jerarquía de la belleza.
Así, cuando supe que existía esa mujer, necesité conocerla, verla, pensarla, degustarla, simplemente, por su delicada forma de andar; por sus gestos aristocráticos, su elegancia natural. Sentía que ella era una obra de arte animada. Fue poesía, porque la simetría de su rostro fue su rima; escultura, porque su cuerpo debió esculpirlo una gubia divina; literatura, porque podría haber protagonizado una novela de amor del romanticismo alemán, como la Carlota de Werther; pintura, porque la textura de su piel es un lienzo para pintarlo con caricias y besos, y música, porque, cuando habla suena como una sinfonía de Mozart.
Por todas esas razones la quiero, aunque no me quiera. Pero las obras de arte carecen de dueño. No son de nadie. Se crearon para el deleite de los gourmets del erotismo divino. Las disfrutaremos con nuestros ojos, oídos, olfato, nunca con el tacto, ni con el gusto.
Eugenio-Jesús de Ávila
Sé por qué la quiero, pero nunca sabría por qué la dejaría de amar. Incluso si un día se olvidara de mí, la retendría en mi memoria para recordarla cuando sintiera soledad. Uno se enamora y toda la vida permanecerá ese sentimiento en la otra cara de la piel, grabado como las huellas dactilares, desde el pañal a la mortaja.
Sé, desde que me curé de la enfermedad de la juventud, que el amor ni se pesa, ni se mide: pero no desconozco que se aprende a amar. Si amo como escribo y escribo como amo, y si cada día escribo mejor, traduzco que ya me he doctorado en amor.
Como desde niño, sentí una atracción fortísima por la belleza, desde observar, con deleite, renacuajos en el estanque del Castillo; seguir a una hormiguita con su carga de cereal hasta su agujero, fijarme en el diálogo erótico de las nubes, hasta disfrutar con el canto de los grillos en una noche de verano, consideré que solo el arte me podría salvar del tedio de vivir. Y el amor siempre ocupará la jerarquía de la belleza.
Así, cuando supe que existía esa mujer, necesité conocerla, verla, pensarla, degustarla, simplemente, por su delicada forma de andar; por sus gestos aristocráticos, su elegancia natural. Sentía que ella era una obra de arte animada. Fue poesía, porque la simetría de su rostro fue su rima; escultura, porque su cuerpo debió esculpirlo una gubia divina; literatura, porque podría haber protagonizado una novela de amor del romanticismo alemán, como la Carlota de Werther; pintura, porque la textura de su piel es un lienzo para pintarlo con caricias y besos, y música, porque, cuando habla suena como una sinfonía de Mozart.
Por todas esas razones la quiero, aunque no me quiera. Pero las obras de arte carecen de dueño. No son de nadie. Se crearon para el deleite de los gourmets del erotismo divino. Las disfrutaremos con nuestros ojos, oídos, olfato, nunca con el tacto, ni con el gusto.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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