NOCTURNOS
Conversaciones con la soledad sobre el amor
Por las noches, casi madrugadas, me pongo a debatir con la soledad. Le inquiero, le pregunto, charlamos. Ayer, mientras escuchábamos música, le pedí opinión sobre si un hombre, a mi edad, debería enamorarse para siempre y esperar la vejez y a su sombra, la muerte, o dedicarse a seducir damas sin necesidad de profundas pasiones y amores eternos.
Mi soledad, que es también mi sombra y mi amante fiel, se pone celosa cuando le hablo de alguna mujer con la que me gusta compartir momentos, conversaciones, viandas y confesiones. A ella no le importa nada que mantenga todo tipo de relaciones sexuales con señoritas o señoras de las que nunca me enamoraría; pero le molestaría que perdiese la cabeza y el alma por una mujer. No obstante, admite que tengo derecho a amar y ser amado, porque, desde jovencito, prefería conciliar la inteligencia con el placer, el cerebro con el sexo, que hacer del hedonismo la única razón para conocer a una fémina.
Mi Soledad me confesó que si me enamoro, ella se iría de mi vera; que ya no aportaría nada en mis madrugadas, ni tampoco cuando los primeros rayos de sol atravesasen mis persianas. Y, con una lágrima seca y un llanto de sombra, se fue sola a la cama, diciéndome que no tardara mucho en acostarme que deseaba hacerme el amor por penúltima vez.
Eugenio-Jesús de Ávila
Por las noches, casi madrugadas, me pongo a debatir con la soledad. Le inquiero, le pregunto, charlamos. Ayer, mientras escuchábamos música, le pedí opinión sobre si un hombre, a mi edad, debería enamorarse para siempre y esperar la vejez y a su sombra, la muerte, o dedicarse a seducir damas sin necesidad de profundas pasiones y amores eternos.
Mi soledad, que es también mi sombra y mi amante fiel, se pone celosa cuando le hablo de alguna mujer con la que me gusta compartir momentos, conversaciones, viandas y confesiones. A ella no le importa nada que mantenga todo tipo de relaciones sexuales con señoritas o señoras de las que nunca me enamoraría; pero le molestaría que perdiese la cabeza y el alma por una mujer. No obstante, admite que tengo derecho a amar y ser amado, porque, desde jovencito, prefería conciliar la inteligencia con el placer, el cerebro con el sexo, que hacer del hedonismo la única razón para conocer a una fémina.
Mi Soledad me confesó que si me enamoro, ella se iría de mi vera; que ya no aportaría nada en mis madrugadas, ni tampoco cuando los primeros rayos de sol atravesasen mis persianas. Y, con una lágrima seca y un llanto de sombra, se fue sola a la cama, diciéndome que no tardara mucho en acostarme que deseaba hacerme el amor por penúltima vez.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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