OBITUARIO
Vicente Díez: cuando un amigo se va
Se nos ha ido el otro día un amigo de la adolescencia, lo que nos abre una brecha aún más grande en la distancia de los años, porque con él se va desvaneciendo aquel lejano tiempo, el más feliz de nuestra vida, cuando solamente los estudios y los juegos eran nuestra principal preocupación. Vicente Díez Díez era uno de aquellos chavales que un buen día nos juntamos en las Cortinas de San Miguel allá en los primeros año sesenta, vecinos casi todos ellos del lugar, que compartíamos diversiones, juegos, vinos, primeros amores locos hasta que la vida, el trabajo sobre todo, nos fue llevando de un lado a otro y nos separó. Nos empezamos a reunir y jugar junto a las tapias, ya carcomidas, del antiguo convento de Santa Clara antes de que surgiera el edificio de Olmedo y abrieran la calle del Magistral Romero. Allí solo quedaban piedras, tierras y una exuberante vegetación a su aire. Nuestra sede era el bar del señor Teo Hernando, "el trapero", en el local de Matías del Río, junto a Becedas, del que salían y entraban varias veces al día, calle arriba y abajo, los autobuses de Zamora a Salamanca, en permanentes idas y vueltas. Al lado, la zapatería del señor Pedro, el bar del señor Juanjo y la peluquería del señor Pepe Roda, la floristería de su primo Pedro, Cristalerías Zamoranas y ya en la esquina, Pañerías Claudio ya frontera con Santa Clara. Por el otro lado, en la misma acera, la perfumería del señor Anta y enfrente el almacén de coloniales de los Hernández. Todos ellos nos conocían de sobra. Dábamos guerras sí, pero dentro de un orden y sin molestar.
Vicente trabajaba desde chavalín en la panadería La Estrella en la calle Sampiro, en el barrio de la Lana, donde vivían sus padres. De aquella panadería guardo buenos recuerdos, sobre todo de su propietario, el señor Domingo, siempre enharinado, que entendía aunque no compartiera las gamberradas de unos chiquillos que en el fondo le caíamos muy bien. Le teníamos envidia a Vicente los amigos, sana envidia. Vaya cuadrilla de "segaores" decía mi padre cuando nos veía por la calle. Éramos Fonsi Martín q.e.p.d, que ya te antecedió en mi pena, Jesús Ramos, Paqui Hernando, Antonio Matilla "el pelirrojo", los dos Manolos, Macías y González, José Luis Ruiz de la Cuesta, Alfredo Gutiérrez, Felipe Romero q.e.p.d , Pedro Mela, Ángelito el conductor y un servidor. Veíamos a Vicente como un potentado. Como panadero, además del jornal, se metía unas buenas perrillas para el bolso con las propinas de las señoras que iban a la panadería por las tardes para hacer magdalenas, rebojos, pastas, bollos. Aunque le daba a su madre una parte, Vicente se reservaba otra para compartir con sus amigos tabaco, helados, ir a los futbolines del Valencia o a escoger canciones de Ennio Sangiusto, Paul Anka, Jimmy Fontana, Dúo Dinámico y Raphael en la máquina de discos de la Ibense, presumiendo delante de las chiquillas a las que algunos ya les hacían tilín. Con el tiempo, manejando todos más o menos unos duros era casi diario nuestro encuentro por la calle de los bares, alternando a toca teja en el Bruno, el Guimaré, el Sevilla, y el Bambú de Willy y luego de Marcelino. Sesos, lengua, tortilla, calamares, perdices, tiberios, mollejas…no parábamos entre vinos con sifón o gaseosa o el inofensivo "fru-fru". Cañas entonces, pocas. Los domingos quedábamos en el Pacífico donde Marcial ya sabía el truco de ponernos el "rossli" auténtico, suizo, en el plato junto al cortado y el sol y sombra o el coñac, sin que le echasen el guante los del contrabando, siempre a la caza. En cuaresma la diversión se encaminaba a los caballitos instalados en la explanada de la Plaza de Toros (hoy cuartel y viviendas de la Guardia Civil). Allí tratábamos de ligar con alguna de las chiquillas que teníamos ojeadas de nuestros paseos por la avenida o santa Clara pero generalmente con escasos resultados. Era inocente aquel tiempo feliz de las manitas y de los tirones de pelo para llamarlas la atención. Y ellas no paraban con el "estate quieto".
Recuerdo aún el día que, sin permiso del señor Domingo, Vicente cogió el motocarro de reparto de la empresa y junto a él y Antonio Matilla encerrado dentro, nos encaminamos a la Hiniesta, al baile dominguero, ya que Antonio tenía echado el ojo a una muchacha del pueblo. Que si un bache, que si el cigarro, que si a una mano es arriesgado conducir un bicho de esos, dimos unas cuantas vueltas por la carretera y dejamos el motocarro con abolladuras y rasponazos a granel. Comprensivo, el señor Domingo nos perdonó aquella fechoría pero Vicente fue pagando la reparación con las propinas de las señoras… No pasó nada más. Y no se enteraron nuestros padres.
Vicente era el bonachón de la pandilla. Rara vez se metía en jaleos o riñas sino era para defender a los demás amigos.
Nuestra relación fraternal se afianzó aún más en los tres meses largos que pasamos juntos en el Ferral del Bernesga, en León, cumpliendo el periodo de instrucción del servicio militar, allá en enero de 1969 hasta la jura de bandera en abril siguiente. Nos tocó España y de los primeros además, en razón de nuestro primer apellido tan cercano. Y estábamos en la misma compañía, en el mismo dormitorio y en literas adyacentes.
Ya pasada la mili seguimos compartiendo momentos como los de nuestras bodas o la pena de algunas muertes muy sentidas, como la de su hermano Gonzalo. Y luego, cada vez más distantes los encuentros, lo veía en su primer puesto en el Mercado de Abastos, en el que consiguió una gran aceptación por la calidad y variedad de sus frutas, y luego en las otras fruterías que abría con ilusión y no poco esfuerzo para que sus hijos siguieran su camino. Un camino que le abrió con su amor Virginia, la guapa sanfrontina que vio en él el hombre más bueno, comprensivo y generoso que podía encontrarse por la vida y cuyo nombre llevó Vicente como emblema de su trabajo y de su vida hasta el mismo día de su muerte. Panadero de oficio y frutero de vocación, Vicente fue un trabajador honrado, cabal, indesmayable.
Hoy solamente me queda despedirme de él con estas letras que escribo en su memoria en EL DÍA DE ZAMORA. Descansa en paz, querido Vicente, fiel, bondadoso, viejo amigo. Contigo pierdo una estampa más de aquel tiempo maravilloso, irrepetible y ya tan lejano.
En las fotos, aparecemos los dos juntos de reclutas aún en el Ferral del Bernesga con el cigarro en la boca y en la otra, después de una cena de amigos.
Luis Felipe Delgado de Castro
Se nos ha ido el otro día un amigo de la adolescencia, lo que nos abre una brecha aún más grande en la distancia de los años, porque con él se va desvaneciendo aquel lejano tiempo, el más feliz de nuestra vida, cuando solamente los estudios y los juegos eran nuestra principal preocupación. Vicente Díez Díez era uno de aquellos chavales que un buen día nos juntamos en las Cortinas de San Miguel allá en los primeros año sesenta, vecinos casi todos ellos del lugar, que compartíamos diversiones, juegos, vinos, primeros amores locos hasta que la vida, el trabajo sobre todo, nos fue llevando de un lado a otro y nos separó. Nos empezamos a reunir y jugar junto a las tapias, ya carcomidas, del antiguo convento de Santa Clara antes de que surgiera el edificio de Olmedo y abrieran la calle del Magistral Romero. Allí solo quedaban piedras, tierras y una exuberante vegetación a su aire. Nuestra sede era el bar del señor Teo Hernando, "el trapero", en el local de Matías del Río, junto a Becedas, del que salían y entraban varias veces al día, calle arriba y abajo, los autobuses de Zamora a Salamanca, en permanentes idas y vueltas. Al lado, la zapatería del señor Pedro, el bar del señor Juanjo y la peluquería del señor Pepe Roda, la floristería de su primo Pedro, Cristalerías Zamoranas y ya en la esquina, Pañerías Claudio ya frontera con Santa Clara. Por el otro lado, en la misma acera, la perfumería del señor Anta y enfrente el almacén de coloniales de los Hernández. Todos ellos nos conocían de sobra. Dábamos guerras sí, pero dentro de un orden y sin molestar.
Vicente trabajaba desde chavalín en la panadería La Estrella en la calle Sampiro, en el barrio de la Lana, donde vivían sus padres. De aquella panadería guardo buenos recuerdos, sobre todo de su propietario, el señor Domingo, siempre enharinado, que entendía aunque no compartiera las gamberradas de unos chiquillos que en el fondo le caíamos muy bien. Le teníamos envidia a Vicente los amigos, sana envidia. Vaya cuadrilla de "segaores" decía mi padre cuando nos veía por la calle. Éramos Fonsi Martín q.e.p.d, que ya te antecedió en mi pena, Jesús Ramos, Paqui Hernando, Antonio Matilla "el pelirrojo", los dos Manolos, Macías y González, José Luis Ruiz de la Cuesta, Alfredo Gutiérrez, Felipe Romero q.e.p.d , Pedro Mela, Ángelito el conductor y un servidor. Veíamos a Vicente como un potentado. Como panadero, además del jornal, se metía unas buenas perrillas para el bolso con las propinas de las señoras que iban a la panadería por las tardes para hacer magdalenas, rebojos, pastas, bollos. Aunque le daba a su madre una parte, Vicente se reservaba otra para compartir con sus amigos tabaco, helados, ir a los futbolines del Valencia o a escoger canciones de Ennio Sangiusto, Paul Anka, Jimmy Fontana, Dúo Dinámico y Raphael en la máquina de discos de la Ibense, presumiendo delante de las chiquillas a las que algunos ya les hacían tilín. Con el tiempo, manejando todos más o menos unos duros era casi diario nuestro encuentro por la calle de los bares, alternando a toca teja en el Bruno, el Guimaré, el Sevilla, y el Bambú de Willy y luego de Marcelino. Sesos, lengua, tortilla, calamares, perdices, tiberios, mollejas…no parábamos entre vinos con sifón o gaseosa o el inofensivo "fru-fru". Cañas entonces, pocas. Los domingos quedábamos en el Pacífico donde Marcial ya sabía el truco de ponernos el "rossli" auténtico, suizo, en el plato junto al cortado y el sol y sombra o el coñac, sin que le echasen el guante los del contrabando, siempre a la caza. En cuaresma la diversión se encaminaba a los caballitos instalados en la explanada de la Plaza de Toros (hoy cuartel y viviendas de la Guardia Civil). Allí tratábamos de ligar con alguna de las chiquillas que teníamos ojeadas de nuestros paseos por la avenida o santa Clara pero generalmente con escasos resultados. Era inocente aquel tiempo feliz de las manitas y de los tirones de pelo para llamarlas la atención. Y ellas no paraban con el "estate quieto".
Recuerdo aún el día que, sin permiso del señor Domingo, Vicente cogió el motocarro de reparto de la empresa y junto a él y Antonio Matilla encerrado dentro, nos encaminamos a la Hiniesta, al baile dominguero, ya que Antonio tenía echado el ojo a una muchacha del pueblo. Que si un bache, que si el cigarro, que si a una mano es arriesgado conducir un bicho de esos, dimos unas cuantas vueltas por la carretera y dejamos el motocarro con abolladuras y rasponazos a granel. Comprensivo, el señor Domingo nos perdonó aquella fechoría pero Vicente fue pagando la reparación con las propinas de las señoras… No pasó nada más. Y no se enteraron nuestros padres.
Vicente era el bonachón de la pandilla. Rara vez se metía en jaleos o riñas sino era para defender a los demás amigos.
Nuestra relación fraternal se afianzó aún más en los tres meses largos que pasamos juntos en el Ferral del Bernesga, en León, cumpliendo el periodo de instrucción del servicio militar, allá en enero de 1969 hasta la jura de bandera en abril siguiente. Nos tocó España y de los primeros además, en razón de nuestro primer apellido tan cercano. Y estábamos en la misma compañía, en el mismo dormitorio y en literas adyacentes.
Ya pasada la mili seguimos compartiendo momentos como los de nuestras bodas o la pena de algunas muertes muy sentidas, como la de su hermano Gonzalo. Y luego, cada vez más distantes los encuentros, lo veía en su primer puesto en el Mercado de Abastos, en el que consiguió una gran aceptación por la calidad y variedad de sus frutas, y luego en las otras fruterías que abría con ilusión y no poco esfuerzo para que sus hijos siguieran su camino. Un camino que le abrió con su amor Virginia, la guapa sanfrontina que vio en él el hombre más bueno, comprensivo y generoso que podía encontrarse por la vida y cuyo nombre llevó Vicente como emblema de su trabajo y de su vida hasta el mismo día de su muerte. Panadero de oficio y frutero de vocación, Vicente fue un trabajador honrado, cabal, indesmayable.
Hoy solamente me queda despedirme de él con estas letras que escribo en su memoria en EL DÍA DE ZAMORA. Descansa en paz, querido Vicente, fiel, bondadoso, viejo amigo. Contigo pierdo una estampa más de aquel tiempo maravilloso, irrepetible y ya tan lejano.
En las fotos, aparecemos los dos juntos de reclutas aún en el Ferral del Bernesga con el cigarro en la boca y en la otra, después de una cena de amigos.
Luis Felipe Delgado de Castro



















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