Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 28 de Noviembre de 2022
ZAMORANA

Un día más en soledad

[Img #72417]Se levanta el telón cada mañana, cuando el sol entra a raudales por la ventana del cuarto y ella, por un hábito de vida que ni siquiera se cuestiona, abre los ojos y pone los pies en el suelo dispuesta a levantarse y comenzar la jornada. Se siente abotargada porque últimamente duerme mal, tan solo unas pocas horas y el resto es un tiovivo de pensamientos, emociones, preguntas en el aire, recuerdos y revoltijo de ideas absurdas que no puede llevar a cabo; así hasta cuando empieza a vislumbrar una nueva jornada, que la encuentra agotada, inservible, vacía.

 

El frugal desayuno en la cocina, en silencio, es su rito de cada mañana, su manera de asociarse a un nuevo día que no le deparará ninguna sorpresa. La casa está vacía, apenas hay una tarea en que invertir su tiempo; así que recoge el vaso y el plato del desayuno, hace la cama y, con un esfuerzo ímprobo, sale a la calle para aprovechar los rayos de sol que pronto escasearán en esta antesala del invierno.

 

Camina despacio, cada día toma una ruta diferente por donde transitar sin ser vista ni reconocida; lleva un pequeño bolso cruzado por delante para dejar libre una mano, ya que la otra va sujeta al bastón, su fiel compañero desde hace cinco años. Hoy se ha acercado hasta el bosque de Valorio; se nota el otoño en las hojas que almohadillan los caminos y desnudan los árboles; apenas hay gente, solo algún deportista que corre o camina ligero. Ella agradece esa quietud, el sonido de las hojas que sacude el viento y abate sin remedio, los enormes pinos con troncos gruesos que parecen guardar el bosque con su altiva majestuosidad, las laderas, ya sean de umbría o solana que acompañan su caminar, o se acerca al estanque de Félix, aquel amigo de los animales que durante tanto tiempo la entretuvo con sus historias…

 

Transcurre la mañana. Hoy el paseo ha sido demasiado largo; está cansada, así que busca un banco para mirar sin ver, en ese ejercicio que hacen las personas mayores cuando ya lo han visto todo y casi nada puede sorprenderlas. Los beatíficos rayos del sol le proporcionan la paz que tanto anhela; cierra los ojos y recibe un tibio calor sobre su rostro. No piensa, su mundo se paraliza en estos momentos que constituyen lo mejor de cada día, como si se fundiese con la naturaleza en un cómplice silencio, lejos de gente conocida o extraña, de las calles, de los comercios y de las iglesias con que, inevitablemente, se topará en su viaje de regreso.

 

Cuando, al fin llega y abre la puerta de su casa, la soledad es abrumadora, así que enciende el televisor tan solo para escuchar ruido de fondo y sentirse un poco acompañada. Estas largas tardes de otoño, propensas a la nostalgia, son para ella un castigo; ya no puede tejer o leer porque la vista no la acompaña, tampoco encuentra ningún pasatiempo con el que entretener las horas, así que cuando suena el teléfono, se apresura a coger el auricular porque el tiempo que dure la llamada será una ilusionante distracción.

 

Pienso en ella a menudo, como recuerdo a miles de personas mayores que, habiéndolo perdido todo, viven solas, con sus recuerdos y una ingente cantidad de tiempo que parece burlarse de ellas cuando merman las fuerzas y no es posible distraerse. Algunas viven en sus viejas casas, que un día ocuparon maridos, esposas o hijos llenándolas de vida; en otros casos, los ancianos habitan en residencias donde forman nuevas familias en compañía de otros mayores como ellos, con la esperanza puesta en una llamada o una visita que, en muchos casos no se produce. Hay días, sobre todo los fines de semana, que suelen verse a familiares tirando de una silla de ruedas donde va el anciano padre o madre, en un ritual obligado de sacar al progenitor un rato antes de gozar del tiempo libre que tanto se agradece cuando se es joven y se está lleno de vida.

 

En esta ciudad pequeña, pródiga en personas de edad avanzada, la soledad es, en ocasiones, más llevadera; muchos se conocen de vista, otros han llegado de los pueblos aledaños y han recalado aquí y, sobre todo los hombres, suelen formar pequeños grupos que se sientan en la calle a charlar o simplemente ven pasar a la gente para entretener su tiempo y evitar esa indeseada compañera llamada soledad.

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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