SIN HOGAR
Zamora: ciudad amiga de los menesterosos
Vieja muralla de Zamora. Lienzo de la denominada por el vulgo “Casa del Cid”. A cien metros de la Puerta Óptima. En una especie de pórtico, no muy profundo, vive, si se puede conjugar ese verbo, una persona, un ser humano, un hombre. Su liliputiense “apartamiento” le protege de las heladas, de las nieblas que calan el alma, de la lluvia. Cierto, para alguien que carezca de empatía, que, desde su hogar, contempla al Duero más bello, el que discurre entre el puente de piedra y el de los poetas, y, más allá, los barrios de la margen izquierda de la ciudad del Romancero, como Pinilla, Cabañales y San Frontis. Y se alejas la mirada, a la diestra, se muestran, orgullosos, los cipreses del cementerio de San Atilano. La vida y la muerte, en un golpe de vista. El río que fluye hasta entregarse al Atlántico, y el camposanto que aguarda en silencio vidas que concluyen y custodian vidas que fueron. Vivir es caminar breve jornada y muerte viva es la vida, que versificase Quevedo.
Me pregunto, cuando me encuentro con menesterosos durmiendo en las calles, dentro de los cajeros automáticos de los bancos, en jardines, tapados con periódicos, o en huecos de las murallas, por qué estas personas que no tienen nada, que esperan al alba sin saber si comerán al menos una vez hasta que el ocaso se lleve al sol, se quedan a ver pasar la vida, sin tocarla, sin asirla, si vivirla, en Zamora, que es ciudad amiga de la infancia, pero me temo que, a no tardar, se convertirá en ciudad amiga de los menesterosos.
Ahora, que casi todo el mundo lo tiene todo, pero confiesa su infelicidad, hay gente que no tiene nada y quizá ni lo necesiten y sean dichosos en su extrema pobreza, porque no odian, no envidian, no quieren propiedades. Poseen la libertad de tenerse a sí mismos, la elegancia de vestir como les dé la real gana.
Eugenio-Jesús de Ávila
Vieja muralla de Zamora. Lienzo de la denominada por el vulgo “Casa del Cid”. A cien metros de la Puerta Óptima. En una especie de pórtico, no muy profundo, vive, si se puede conjugar ese verbo, una persona, un ser humano, un hombre. Su liliputiense “apartamiento” le protege de las heladas, de las nieblas que calan el alma, de la lluvia. Cierto, para alguien que carezca de empatía, que, desde su hogar, contempla al Duero más bello, el que discurre entre el puente de piedra y el de los poetas, y, más allá, los barrios de la margen izquierda de la ciudad del Romancero, como Pinilla, Cabañales y San Frontis. Y se alejas la mirada, a la diestra, se muestran, orgullosos, los cipreses del cementerio de San Atilano. La vida y la muerte, en un golpe de vista. El río que fluye hasta entregarse al Atlántico, y el camposanto que aguarda en silencio vidas que concluyen y custodian vidas que fueron. Vivir es caminar breve jornada y muerte viva es la vida, que versificase Quevedo.
Me pregunto, cuando me encuentro con menesterosos durmiendo en las calles, dentro de los cajeros automáticos de los bancos, en jardines, tapados con periódicos, o en huecos de las murallas, por qué estas personas que no tienen nada, que esperan al alba sin saber si comerán al menos una vez hasta que el ocaso se lleve al sol, se quedan a ver pasar la vida, sin tocarla, sin asirla, si vivirla, en Zamora, que es ciudad amiga de la infancia, pero me temo que, a no tardar, se convertirá en ciudad amiga de los menesterosos.
Ahora, que casi todo el mundo lo tiene todo, pero confiesa su infelicidad, hay gente que no tiene nada y quizá ni lo necesiten y sean dichosos en su extrema pobreza, porque no odian, no envidian, no quieren propiedades. Poseen la libertad de tenerse a sí mismos, la elegancia de vestir como les dé la real gana.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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