EL BECARIO TARDIO
Desde mi ventana
Esteban Pedrosa
Desde mi ventana veo pasar la vida, aunque tendría que decir la vida de otros, cuando se dignan pasar por debajo de ella y alegrarme o disgustarme el momento en el que me asomo, algunas veces por curiosidad y, la mayoría, por pura inercia.
Ya escribí alguna vez sobre las ventanas que tuve en mi vida y cómo era la lluvia que vi a través de ellas, pero eso ya pasó y no tengo esa necesidad, descreído de muchas cosas -hasta de mí mismo- y ahora veo la lluvia como quien ve llover, nunca mejor dicho.
Desde mi ventana veo amanecer y anochecer; al funcionario de turno que abre la Alhóndiga del Pan, al que vuelvo a ver de vez en cuando salir a fumar, cuando el funcionario de turno que ha abierto ese día, fuma. Veo al señor mayor con su andador, al que se aferra para no caerse, sin saber que donde se aferra, realmente, es a la vida, porque ninguno nos queremos ir cuando nos llega esa hora.
Las veces que me asomo, puedo ver a perros paseando a sus dueños, que les hablan como a una persona: “Date prisa en acabar, que hace frío”, pero pocos perros veo que estén por la labor y el dueño aguarda estoicamente. También veo a una o dos hetairas a la puerta del burdel, ligeras de ropa como un reclamo publicitario anacrónico, superado ya por las nuevas modas. Veo pasar a paisanos, cuyas costumbres o modo de actuar has aprendido con tantos años de avistamiento. El que duda antes de entrar o el que va directo. Los hay que entran como quien no quiere la cosa o el que entra porque pasaba por ahí y después está el que espera a no ser visto para entrar, como un ladrón o peor, cuando va a cubrir una necesidad tan vieja como el mundo, mientras el cacique que lleva toda la vida viviendo de la política y no hace nada por su ciudad, se pavonea por Santa Clara, jactándose de las reverencias. Esto último lo veo desde la ventana de la vida.
Desde mi ventana veo pasar la vida, aunque tendría que decir la vida de otros, cuando se dignan pasar por debajo de ella y alegrarme o disgustarme el momento en el que me asomo, algunas veces por curiosidad y, la mayoría, por pura inercia.
Ya escribí alguna vez sobre las ventanas que tuve en mi vida y cómo era la lluvia que vi a través de ellas, pero eso ya pasó y no tengo esa necesidad, descreído de muchas cosas -hasta de mí mismo- y ahora veo la lluvia como quien ve llover, nunca mejor dicho.
Desde mi ventana veo amanecer y anochecer; al funcionario de turno que abre la Alhóndiga del Pan, al que vuelvo a ver de vez en cuando salir a fumar, cuando el funcionario de turno que ha abierto ese día, fuma. Veo al señor mayor con su andador, al que se aferra para no caerse, sin saber que donde se aferra, realmente, es a la vida, porque ninguno nos queremos ir cuando nos llega esa hora.
Las veces que me asomo, puedo ver a perros paseando a sus dueños, que les hablan como a una persona: “Date prisa en acabar, que hace frío”, pero pocos perros veo que estén por la labor y el dueño aguarda estoicamente. También veo a una o dos hetairas a la puerta del burdel, ligeras de ropa como un reclamo publicitario anacrónico, superado ya por las nuevas modas. Veo pasar a paisanos, cuyas costumbres o modo de actuar has aprendido con tantos años de avistamiento. El que duda antes de entrar o el que va directo. Los hay que entran como quien no quiere la cosa o el que entra porque pasaba por ahí y después está el que espera a no ser visto para entrar, como un ladrón o peor, cuando va a cubrir una necesidad tan vieja como el mundo, mientras el cacique que lleva toda la vida viviendo de la política y no hace nada por su ciudad, se pavonea por Santa Clara, jactándose de las reverencias. Esto último lo veo desde la ventana de la vida.




















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