ATENEO
El maquiavelismo y la moral, ética
Francisco José Alonso Rodríguez
Un político que se entregase a la inmoralidad y corrupción “Política” sería un mal político, lo mismo si se declarase formalmente maqjuiavélico. El maquiavelismo del político puede ser una forma secreta de proceder, nunca debe establecerse como un método ideológico de actuación.
El maquiavélico no sería un mal político solamente por decirse maquiavélico; lo sería por serlo. La democracia tiene que ser algo más sería que la manipulación permanente a la opinión pública. No se puede engañar por sistema a los electores. El Político ha de “creer” en lo que dice. Recordemos una de las frases de Tierno Galván “Los programas electorales, están para no cumplirlos”.
Gumersindo de Azcárate, uno de los grandes teóricos de los problemas de la democracia de finales del Siglo XIX y principios del XX, mantenía la necesidad imperiosa de un cambio moral de quienes practican la política en España. Azcárate, no se quedaba además en el puro remedio; afirmaba que era preciso que los políticos fuesen morales, buscó procedimientos eficaces para arreglar la vida política tanto en cuento estructura de poder como en cuando al ejercicio y administración de esta. Se daba cuenta de que las Instituciones requieren en cada caso concreto reajustes e incluso novedades para que la democracia se ejecute en la práctica según el régimen parlamentario en cada momento.
Azcárate hacía también hincapié en la necesidad de extender la moral política a todos los comportamientos relacionados con ella. La HONRADEZ del gobernante no consiste únicamente en no meter las manos en el cajón del Tesoro, no hacer ni favorecer negocios sucios. En el decálogo de la moralidad política debía figurar también el respeto a las leyes, la sinceridad en los procedimientos electorales, la lealtad para cosas y personas, para los partidos y el propio país. Son preceptos cuya infracción no causa el escándalo que lleva consigo la violación de los primeros, pero que producen quizás efectos más ocultos y peligrosos.
Cuando los hombres públicos hacen en el desempeño de sus funciones actos que serían incapaces de realizar en su vida privada, entonces, la impudicia se llama celo en favor de los amigos, engaño cuando logran sus objetivos prueba del talento demostrado hacía la destreza de la corrupción.
Ocurre entonces que las personas comienzan a acostumbrarse a este tipo de abusos y perfeccionan en instituirlos en axioma, como decía Azcárate “primero se formulan con temor, para pasar después a pautas de vida entre los que se llaman hombres de mundo, a la postre, se deslizan traidoramente a través del cuerpo social, llegando a no dejar en pie otra moralidad que la consignada en el código penal.” Los delitos que no transcienden se aceptan como inevitables acabando, corroyendo la estructura moral de la sociedad por la fuerza de la costumbre.
Vivimos hoy en una sociedad donde la picaresca imprime carácter en todas las formas de relación social. Donde si no se delinquen más no es por falta de ganas, sino simplemente por miedo a las consecuencias jurídicas de su proceder. Reclamar a los políticos sinceridad en tal clima moral sería irreal. Para muchos la política es una cosa ajena, una profesión simplemente para hacerse de oro los que la ejercen por medios ilícitos. Recordemos la frase de Eduardo Zapala “Estoy en política para forrarme”, término en la cárcel.
El problema de la Ética en política no se circunscribe solamente al comportamiento de unos políticos, o de una clase política concreta, sino que tienen una dimensión social indudable, pues influye y determina el clima moral de toda la sociedad.
El clima moral es importante ya que muchos miembros de las nuevas generaciones no dejan de iniciar su aprendizaje social en medio de las pautas de conducta que imperan en el medio. Nos decía José Luis ARANGUREN “cada hombre se hace a sí mismo. Pero en el sentido que en este momento nos concierne, el hombre es hecho por la sociedad en la que vive y por el mundo histórico-cultural a que pertenece. Y esto tanto pasiva como negativamente. La CULTURA nos abre un camino, pero, a la vez, nos encamina o encauza por él”.
Un político que se entregase a la inmoralidad y corrupción “Política” sería un mal político, lo mismo si se declarase formalmente maqjuiavélico. El maquiavelismo del político puede ser una forma secreta de proceder, nunca debe establecerse como un método ideológico de actuación.
El maquiavélico no sería un mal político solamente por decirse maquiavélico; lo sería por serlo. La democracia tiene que ser algo más sería que la manipulación permanente a la opinión pública. No se puede engañar por sistema a los electores. El Político ha de “creer” en lo que dice. Recordemos una de las frases de Tierno Galván “Los programas electorales, están para no cumplirlos”.
Gumersindo de Azcárate, uno de los grandes teóricos de los problemas de la democracia de finales del Siglo XIX y principios del XX, mantenía la necesidad imperiosa de un cambio moral de quienes practican la política en España. Azcárate, no se quedaba además en el puro remedio; afirmaba que era preciso que los políticos fuesen morales, buscó procedimientos eficaces para arreglar la vida política tanto en cuento estructura de poder como en cuando al ejercicio y administración de esta. Se daba cuenta de que las Instituciones requieren en cada caso concreto reajustes e incluso novedades para que la democracia se ejecute en la práctica según el régimen parlamentario en cada momento.
Azcárate hacía también hincapié en la necesidad de extender la moral política a todos los comportamientos relacionados con ella. La HONRADEZ del gobernante no consiste únicamente en no meter las manos en el cajón del Tesoro, no hacer ni favorecer negocios sucios. En el decálogo de la moralidad política debía figurar también el respeto a las leyes, la sinceridad en los procedimientos electorales, la lealtad para cosas y personas, para los partidos y el propio país. Son preceptos cuya infracción no causa el escándalo que lleva consigo la violación de los primeros, pero que producen quizás efectos más ocultos y peligrosos.
Cuando los hombres públicos hacen en el desempeño de sus funciones actos que serían incapaces de realizar en su vida privada, entonces, la impudicia se llama celo en favor de los amigos, engaño cuando logran sus objetivos prueba del talento demostrado hacía la destreza de la corrupción.
Ocurre entonces que las personas comienzan a acostumbrarse a este tipo de abusos y perfeccionan en instituirlos en axioma, como decía Azcárate “primero se formulan con temor, para pasar después a pautas de vida entre los que se llaman hombres de mundo, a la postre, se deslizan traidoramente a través del cuerpo social, llegando a no dejar en pie otra moralidad que la consignada en el código penal.” Los delitos que no transcienden se aceptan como inevitables acabando, corroyendo la estructura moral de la sociedad por la fuerza de la costumbre.
Vivimos hoy en una sociedad donde la picaresca imprime carácter en todas las formas de relación social. Donde si no se delinquen más no es por falta de ganas, sino simplemente por miedo a las consecuencias jurídicas de su proceder. Reclamar a los políticos sinceridad en tal clima moral sería irreal. Para muchos la política es una cosa ajena, una profesión simplemente para hacerse de oro los que la ejercen por medios ilícitos. Recordemos la frase de Eduardo Zapala “Estoy en política para forrarme”, término en la cárcel.
El problema de la Ética en política no se circunscribe solamente al comportamiento de unos políticos, o de una clase política concreta, sino que tienen una dimensión social indudable, pues influye y determina el clima moral de toda la sociedad.
El clima moral es importante ya que muchos miembros de las nuevas generaciones no dejan de iniciar su aprendizaje social en medio de las pautas de conducta que imperan en el medio. Nos decía José Luis ARANGUREN “cada hombre se hace a sí mismo. Pero en el sentido que en este momento nos concierne, el hombre es hecho por la sociedad en la que vive y por el mundo histórico-cultural a que pertenece. Y esto tanto pasiva como negativamente. La CULTURA nos abre un camino, pero, a la vez, nos encamina o encauza por él”.


















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