Redacción
Viernes, 30 de Diciembre de 2022
HABLEMOS

Zamora, tierra eterna

Carlos Domínguez

[Img #73441]   Quienes habitamos esta ciudad que de un día para otro se cae a pedazos, sumida en una decadencia sin el menor pedigrí, ya ni siquiera el provinciano que la adornaba no hace tanto, hemos perdido la costumbre de visitar, recorrer los campos de nuestra provincia, mosaico modesto de lugares y comarcas, con sus variadas formas, tonos y paisajes. Privilegio nacido de la condición de encrucijada, capital de gallegos narraban las crónicas árabes, que lo fue, algo que ya tampoco importa, para bien y a menudo para mal. Realmente nada cuesta, en lugar de apoltronarse en el sofá después de una comida opípara, marchar con el coche a la velocidad  justa, para retomar, lanzar una ojeada a tierras olvidadas aunque bien conocidas. El pueblo de siempre, por qué no, aun a sabiendas de que allí faltan gentes, familias y chiquillería, en lo que antaño formaba parte con penas y alegrías, pues de todo hubo, del normal discurrir cotidiano.

 

   Con ocasión del ir y venir de una reciente sobremesa, hoy no puedo menos de evocar esa tierra que, sin ser propiamente mía, pues como zamorano procedo de horizontes salpicados de tesos, viñas y alamedas, refleja nuestras raíces más profundas. Tierra de Alba allá por el límite con Aliste y apuntando a la Carballeda, donde cumbres romas y seniles, sustrato de una pizarra incólume, invitan a contemplar, a extender la vista sobre los manchones de jara y encina que, con su denso verdor, pueblan nuestra Sierra de la Culebra. La verdad es que no llegué, no pasé de Carbajales ni tampoco de Muga o Vegalatrave, para avistar el escenario del último desastre, calamidad de las llamas arrasando una naturaleza cada vez más vulnerable, a falta de humanidad y de vida. Tuve bastante con comprobar en que quedó el Carbajales de otra época, hoy páramo triste dejado de la mano de Dios.

 

   En tales asuntos no me interesa la ideología, el radicalismo inútil a favor de la España vacía, que no vaciada. Más allá del pesimismo como sentimiento fugaz por lo que tiene de humano frente al latir hondo de la naturaleza, quizá me reconfortó ver, entrando en las curvas que anuncian el puente de Manzanal, el nuevo y el viejo, que mis encinas añosas si no centenarias, dispersas a un lado y otro de la carretera, resisten pese a seguras e infinitas calamidades. En fin, que cualquier día tendré que volver a Tierra de Campos, Sayago, Sanabria o qué sé yo, habiendo lo que hay en riqueza y variedad. Porque con el paso de los años los tengo abandonados, al menos en mayor medida que a mis paisajes de origen, ¡Vaya!, que lo dicho, zamoranos, tierra eterna además de patria chica. Disfrutadla.

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