ZAMORANA
Lo que falta por hacer en los pueblos zamoranos
¡Queda tanto por hacer en esta Zamora nuestra!. Si expresara lo primero que me viene a la mente lo haría con una sola palabra: preservar, que no es otra cosa que salvaguardar el patrimonio de esta región pobre de España, que un día brilló y de la que ahora resta tan solo un breve fulgor que desaparecerá según todas las previsiones, si no se pone remedio a tiempo.
Preservar lo que identifica a este territorio variado, que va desde los humedales y las sierras del occidente, hasta las laderas del este, desde Sayago, Sanabria y Aliste, hasta Tierra del Pan o Tierra de Campos, con las construcciones acordes: piedra, pizarra y barro que caracterizan dichas zonas.
Salvaguardar lo que en esta provincia ha significado siempre la tierra, de la que han vivido las familias de sus pueblos cultivándola, fabricando sus casas, construyendo bodegas, palomares, cacharros de cocina, tinajas para el vino, y un largo etc., resguardar la cultura de la tierra, de donde surge el barro para que manos diestras lo conviertan en toda una forma de vida.
Proteger la alfarería en las escasas zonas en que aún pervive; impidiendo que se destruyan los hornos comunales que todavía quedan, los palomares dispersos por el campo, a merced de una climatología que acabará con ellos si no se mantienen, o las bodegas, muchas de ellas enterradas y ya inexistentes bajo metros de tierra, porque a nadie interesan.
Mantener las fortificaciones que aún no han dejado de latir, evitando que mueran, o tantas construcciones religiosas: iglesias, monasterios o capillas que se ven desde la carretera diseminadas por los campos y están cerradas, sin acondicionar, sin uso, sin interesar a nadie.
Custodiar la construcción castellana en las fachadas de las casas y escuelas de algunos pueblos, únicas de esta zona de España que constituyen hoy en día una verdadera joya.
Evitar que se derrumben las estaciones de tren (antiguos apeaderos) de Aliste y Sanabria, entre otros.
Todo esto es tan solo una parte del extenso patrimonio desparramado por los pueblos zamoranos, a lo que habría que añadir la gran cantidad de instrumentos agrícolas ya en desuso con la llegada de la mecanización y que, igualmente, duermen oxidándose junto al rio, en las eras o en medio del campo; y otro tanto ocurre con los aperos de labranza que se utilizaron un día para labrar artesanalmente la tierra, y que, en la actualidad con la llegada de la maquinaria, han quedado obsoletos e inutilizables.
Reunir todos esos materiales, recogiendo testimonios de cómo se utilizaban, sería recuperar una tradición perdida que ha formado parte de los pueblos zamoranos; porque, de lo contrario, la vida de varias generaciones se perderá en el olvido si no se recupera a tiempo. Todavía hay gente mayor en los pueblos que pueden dar valioso testimonio; y aún permanecen muchos de estos objetos en casas que se destruirán con el tiempo, en sobraos o paneras velados por gruesas capas de polvo superpuestas; y personas que han recopilado materiales y los guardan sin saber qué será de ellos cuando falten.
No podemos permitir que en un corto plazo de tiempo este legado muera. Es necesario actuar con rapidez y son los organismos competentes quienes tienen el deber de hacerlo: Patrimonio y el Patronato de Turismo a la cabeza, pero también el Obispado tiene responsabilidad con lo que le compete. No podemos seguir esperando nada del gobierno central porque para ellos los pueblos no existen ni hacen nada por frenar una despoblación que ya es gravísima; y me he centrado en los pueblos zamoranos porque son los menos visibles, los más olvidados.
Hay que exigir ayudas si estos organismos dependientes de la Diputación, no disponen de ellas, y el Ministerio de Cultura ahí está para cumplir su labor; pero también pueden publicitar en colaboración con los municipios distintas actividades para dar a conocer: palomares, bodegas, molinos, cortinas, hornos comunales, o los bellos pontones (puentes de piedra para cruzar el rio)… construcciones propias y únicas de nuestra tierra, fomentando asimismo una limpieza y adecuación de esos lugares que, en la mayoría de los casos están rodeados de maleza, sin cercar y sin un triste rótulo que indique nombre, utilidad y tipo de construcción. Esto, que no tiene un coste económico notable, sí favorecería, en cambio, que los turistas se interesaran por formas arquitectónicas especiales y únicas de los pueblos de Zamora a la vez que se dotaría de identidad a los municipios donde se asientan.
Los que amamos Zamora, su cultura, sus pueblos, su historia, y quienes tenemos raíces afincadas en ellos, nos duele tanto abandono, tanta desidia. Ya es hora de levantar la cabeza y reclamar lo nuestro, que no es otra cosa que mantener esa cultura para las siguientes generaciones y no seguir permitiendo que la histórica indolencia de los zamoranos para con esta tierra acabe definitivamente con ella.
Mª Soledad Martín Turiño
¡Queda tanto por hacer en esta Zamora nuestra!. Si expresara lo primero que me viene a la mente lo haría con una sola palabra: preservar, que no es otra cosa que salvaguardar el patrimonio de esta región pobre de España, que un día brilló y de la que ahora resta tan solo un breve fulgor que desaparecerá según todas las previsiones, si no se pone remedio a tiempo.
Preservar lo que identifica a este territorio variado, que va desde los humedales y las sierras del occidente, hasta las laderas del este, desde Sayago, Sanabria y Aliste, hasta Tierra del Pan o Tierra de Campos, con las construcciones acordes: piedra, pizarra y barro que caracterizan dichas zonas.
Salvaguardar lo que en esta provincia ha significado siempre la tierra, de la que han vivido las familias de sus pueblos cultivándola, fabricando sus casas, construyendo bodegas, palomares, cacharros de cocina, tinajas para el vino, y un largo etc., resguardar la cultura de la tierra, de donde surge el barro para que manos diestras lo conviertan en toda una forma de vida.
Proteger la alfarería en las escasas zonas en que aún pervive; impidiendo que se destruyan los hornos comunales que todavía quedan, los palomares dispersos por el campo, a merced de una climatología que acabará con ellos si no se mantienen, o las bodegas, muchas de ellas enterradas y ya inexistentes bajo metros de tierra, porque a nadie interesan.
Mantener las fortificaciones que aún no han dejado de latir, evitando que mueran, o tantas construcciones religiosas: iglesias, monasterios o capillas que se ven desde la carretera diseminadas por los campos y están cerradas, sin acondicionar, sin uso, sin interesar a nadie.
Custodiar la construcción castellana en las fachadas de las casas y escuelas de algunos pueblos, únicas de esta zona de España que constituyen hoy en día una verdadera joya.
Evitar que se derrumben las estaciones de tren (antiguos apeaderos) de Aliste y Sanabria, entre otros.
Todo esto es tan solo una parte del extenso patrimonio desparramado por los pueblos zamoranos, a lo que habría que añadir la gran cantidad de instrumentos agrícolas ya en desuso con la llegada de la mecanización y que, igualmente, duermen oxidándose junto al rio, en las eras o en medio del campo; y otro tanto ocurre con los aperos de labranza que se utilizaron un día para labrar artesanalmente la tierra, y que, en la actualidad con la llegada de la maquinaria, han quedado obsoletos e inutilizables.
Reunir todos esos materiales, recogiendo testimonios de cómo se utilizaban, sería recuperar una tradición perdida que ha formado parte de los pueblos zamoranos; porque, de lo contrario, la vida de varias generaciones se perderá en el olvido si no se recupera a tiempo. Todavía hay gente mayor en los pueblos que pueden dar valioso testimonio; y aún permanecen muchos de estos objetos en casas que se destruirán con el tiempo, en sobraos o paneras velados por gruesas capas de polvo superpuestas; y personas que han recopilado materiales y los guardan sin saber qué será de ellos cuando falten.
No podemos permitir que en un corto plazo de tiempo este legado muera. Es necesario actuar con rapidez y son los organismos competentes quienes tienen el deber de hacerlo: Patrimonio y el Patronato de Turismo a la cabeza, pero también el Obispado tiene responsabilidad con lo que le compete. No podemos seguir esperando nada del gobierno central porque para ellos los pueblos no existen ni hacen nada por frenar una despoblación que ya es gravísima; y me he centrado en los pueblos zamoranos porque son los menos visibles, los más olvidados.
Hay que exigir ayudas si estos organismos dependientes de la Diputación, no disponen de ellas, y el Ministerio de Cultura ahí está para cumplir su labor; pero también pueden publicitar en colaboración con los municipios distintas actividades para dar a conocer: palomares, bodegas, molinos, cortinas, hornos comunales, o los bellos pontones (puentes de piedra para cruzar el rio)… construcciones propias y únicas de nuestra tierra, fomentando asimismo una limpieza y adecuación de esos lugares que, en la mayoría de los casos están rodeados de maleza, sin cercar y sin un triste rótulo que indique nombre, utilidad y tipo de construcción. Esto, que no tiene un coste económico notable, sí favorecería, en cambio, que los turistas se interesaran por formas arquitectónicas especiales y únicas de los pueblos de Zamora a la vez que se dotaría de identidad a los municipios donde se asientan.
Los que amamos Zamora, su cultura, sus pueblos, su historia, y quienes tenemos raíces afincadas en ellos, nos duele tanto abandono, tanta desidia. Ya es hora de levantar la cabeza y reclamar lo nuestro, que no es otra cosa que mantener esa cultura para las siguientes generaciones y no seguir permitiendo que la histórica indolencia de los zamoranos para con esta tierra acabe definitivamente con ella.
Mª Soledad Martín Turiño




















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