NEVADA
Pero Mato pintó su veleta de blanco satén
Nos nevó…casi fue una felonía, porque, tan solo hace unos días, olía a primavera. Tal es así, que había pedido al gran Esteban Pedrosa, el fotógrafo poeta, una foto de un almendro en flor. Pero hete aquí que nos sorprendió al alba la nieve, que no es otra cosa que sollozo de nube anciana. En Zamora todo es distinto. No me extrañaría que un día, ignoro cuándo, cayera nieve rosa o negra. Recuerdo que la nieve acompaño a la Virgen de la Esperanza un Jueves Santo. En nuestra silente ciudad, hasta la nieve calla cuando cae.
Pero Mato, vigía de la Plaza Mayor, permitió que la nieve blanquease su coraza y su veleta, hoy estática, porque su amigo Eolo apenas la hizo trabajar. Sonrío cuando vio a las cigüeñas buscar refugio en otro lar. Miró a los lejos y no encontró más que tierras de comunión, árboles inmaculados y parvas engalanadas.
Y los copos, más allá del mediodía, se olvidaron de la nieve para transvestirse en gotas de agua, “chaqueteras” de la atmósfera. Nuestro patrimonio monumental, que luce tan espléndido cuando la nieve pinta sus rostros de piedra, se entristeció cuando dejó de nevar y hubo lágrimas que recorrieron las mejillas de las campanas.
Ya sabemos que a nuestra ciudad todo se le da poquito a poquito: inversiones del Estado, infraestructuras, polígonos industriales, instalaciones militares como Monte la Reina y pensiones, tan escasas como la nieve que nos alegró un nuevo amanecer en la ciudad del alma.
Y nevó mientras vestíamos de gala una nueva edición de El Día de Zamora, el último que dirigí después de casi 13 años poniendo palabras e imágenes a la vida de una sociedad pusilánime, fría y envejecida.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nos nevó…casi fue una felonía, porque, tan solo hace unos días, olía a primavera. Tal es así, que había pedido al gran Esteban Pedrosa, el fotógrafo poeta, una foto de un almendro en flor. Pero hete aquí que nos sorprendió al alba la nieve, que no es otra cosa que sollozo de nube anciana. En Zamora todo es distinto. No me extrañaría que un día, ignoro cuándo, cayera nieve rosa o negra. Recuerdo que la nieve acompaño a la Virgen de la Esperanza un Jueves Santo. En nuestra silente ciudad, hasta la nieve calla cuando cae.
Pero Mato, vigía de la Plaza Mayor, permitió que la nieve blanquease su coraza y su veleta, hoy estática, porque su amigo Eolo apenas la hizo trabajar. Sonrío cuando vio a las cigüeñas buscar refugio en otro lar. Miró a los lejos y no encontró más que tierras de comunión, árboles inmaculados y parvas engalanadas.
Y los copos, más allá del mediodía, se olvidaron de la nieve para transvestirse en gotas de agua, “chaqueteras” de la atmósfera. Nuestro patrimonio monumental, que luce tan espléndido cuando la nieve pinta sus rostros de piedra, se entristeció cuando dejó de nevar y hubo lágrimas que recorrieron las mejillas de las campanas.
Ya sabemos que a nuestra ciudad todo se le da poquito a poquito: inversiones del Estado, infraestructuras, polígonos industriales, instalaciones militares como Monte la Reina y pensiones, tan escasas como la nieve que nos alegró un nuevo amanecer en la ciudad del alma.
Y nevó mientras vestíamos de gala una nueva edición de El Día de Zamora, el último que dirigí después de casi 13 años poniendo palabras e imágenes a la vida de una sociedad pusilánime, fría y envejecida.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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