ZAMORANA
Aires de Semana Santa en Zamora
Mº Soledad Martín Turiño
Estamos inmersos en un necesario paréntesis motivado por las fiestas de Semana Santa que, más que celebraciones religiosas, se han convertido para muchos en unos días de asueto donde tiene cabida la consabida procesión, con el mismo fervor que las torrijas o las saetas. Poco queda del real significado de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; es cierto que se representan escenas, las cofradías salen y los pasos marchan en diferentes procesiones, siempre con gran profusión de imágenes, flores, cirios, capirotes, túnicas y faroles que dan color a los desfiles procesionales.
Semana Santa es sinónimo también de días libres, de fiesta, de playa, de disfrute y de jolgorio, relegándose el sentido religioso en favor de un aspecto más lúdico. Así, las carreteras se plagan de coches que abandonan las ciudades en busca del necesario descanso, comida, y aires nuevos; todo ello pese a que los precios de pernoctación y hostelería hayan subido considerablemente en estos días, e incluso hay quien pide créditos para no privarse de este ocasional disfrute.
Muy publicitadas, como siempre, están Sevilla, Valladolid (por algo se ubica aquí la sede de la Junta), y casi todos los pueblos y ciudades de España que son, en estos días, símbolos públicos de Semana Santa; no así nuestra querida Zamora que apenas aparece en algún noticiario de índole nacional; porque en esta tierra no hay saetas, ni llantos, ni apasionados aspavientos; los zamoranos son gente sobria, sienten “pa dentro”, no hacen ostentación de sus sentimientos por más profundos y auténticos que sean, y en sus procesiones el silencio es la más noble expresión de religiosidad, un silencio tan solo rasgado por el sonido de cornetas y tambores en determinados momentos del desfile.
Cofrades, penitentes, hermandades, damas de la Soledad, costaleros, músicos… hombres y mujeres se preparan con antelación para que la Semana Santa de Zamora sea perfecta, no en vano ha sido declarada de interés Turístico Internacional. Sus procesiones desfilan por las principales calles de la ciudad que luce con un encanto único, y la iglesia de San Juan, la plaza Mayor, San Torcuato, Santa Clara, Plaza de Viriato, las Rúas (de los Francos y los Notarios), Renova, Plaza de Alemania, y, por supuesto, el entorno y la plaza de la Catedral son algunos de los escenarios donde tienen lugar los recorridos procesionales, mientras las piedras de “la bien cercada” asisten como testigos mudos un año más de estas celebraciones religiosas.
El Duero este año no mecerá las imágenes en su desfile sobre el puente de piedra, ni tampoco reflejarán sus aguas a las mujeres enlutadas con mantillas y serios semblantes en la procesión de la Virgen de la Esperanza, porque este puente, que ya tiene una edad, precisa de una renovación y en ello andan; por lo que ha sido preciso buscar rutas alternativas. Otro elemento con el que se contaba y temía al mismo tiempo, era la aparición de la lluvia que impidiera salir a procesionar; en efecto, este año toda España se ha visto humedecida por lágrimas de Dios, un bien que anhelamos por escaso y que justo en estos días se nos ha regalado en abundancia, como dando a entender que esta ofrenda del cielo llega en el momento preciso, aun teniendo que suspender desfiles semanasanteros en favor de algo tan pragmático como que se llenen los pantanos y las reservas hídricas.
Zamora es, como tantas otras ciudades españolas, un símbolo en estos días; su imaginería es imponente, la calidad y cantidad de los pasos irrefutable, la religiosidad de sus gentes es austera además de tradicional, y la ciudad se convierte en el escenario perfecto para que las cofradías desfilen con tradiciones ancestrales, de las que destacaría tres momentos especialmente intensos: el juramento del silencio en la Plaza de la Catedral y la procesión de las Capas Pardas el Miércoles Santo, y el canto del Miserere en la plaza de Viriato el Jueves Santo. Estos actos de recogimiento son, al mismo tiempo, imponentes, graves y sobrios como Zamora, como sus gentes, como el espíritu de nuestra Semana Santa.
Estamos inmersos en un necesario paréntesis motivado por las fiestas de Semana Santa que, más que celebraciones religiosas, se han convertido para muchos en unos días de asueto donde tiene cabida la consabida procesión, con el mismo fervor que las torrijas o las saetas. Poco queda del real significado de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; es cierto que se representan escenas, las cofradías salen y los pasos marchan en diferentes procesiones, siempre con gran profusión de imágenes, flores, cirios, capirotes, túnicas y faroles que dan color a los desfiles procesionales.
Semana Santa es sinónimo también de días libres, de fiesta, de playa, de disfrute y de jolgorio, relegándose el sentido religioso en favor de un aspecto más lúdico. Así, las carreteras se plagan de coches que abandonan las ciudades en busca del necesario descanso, comida, y aires nuevos; todo ello pese a que los precios de pernoctación y hostelería hayan subido considerablemente en estos días, e incluso hay quien pide créditos para no privarse de este ocasional disfrute.
Muy publicitadas, como siempre, están Sevilla, Valladolid (por algo se ubica aquí la sede de la Junta), y casi todos los pueblos y ciudades de España que son, en estos días, símbolos públicos de Semana Santa; no así nuestra querida Zamora que apenas aparece en algún noticiario de índole nacional; porque en esta tierra no hay saetas, ni llantos, ni apasionados aspavientos; los zamoranos son gente sobria, sienten “pa dentro”, no hacen ostentación de sus sentimientos por más profundos y auténticos que sean, y en sus procesiones el silencio es la más noble expresión de religiosidad, un silencio tan solo rasgado por el sonido de cornetas y tambores en determinados momentos del desfile.
Cofrades, penitentes, hermandades, damas de la Soledad, costaleros, músicos… hombres y mujeres se preparan con antelación para que la Semana Santa de Zamora sea perfecta, no en vano ha sido declarada de interés Turístico Internacional. Sus procesiones desfilan por las principales calles de la ciudad que luce con un encanto único, y la iglesia de San Juan, la plaza Mayor, San Torcuato, Santa Clara, Plaza de Viriato, las Rúas (de los Francos y los Notarios), Renova, Plaza de Alemania, y, por supuesto, el entorno y la plaza de la Catedral son algunos de los escenarios donde tienen lugar los recorridos procesionales, mientras las piedras de “la bien cercada” asisten como testigos mudos un año más de estas celebraciones religiosas.
El Duero este año no mecerá las imágenes en su desfile sobre el puente de piedra, ni tampoco reflejarán sus aguas a las mujeres enlutadas con mantillas y serios semblantes en la procesión de la Virgen de la Esperanza, porque este puente, que ya tiene una edad, precisa de una renovación y en ello andan; por lo que ha sido preciso buscar rutas alternativas. Otro elemento con el que se contaba y temía al mismo tiempo, era la aparición de la lluvia que impidiera salir a procesionar; en efecto, este año toda España se ha visto humedecida por lágrimas de Dios, un bien que anhelamos por escaso y que justo en estos días se nos ha regalado en abundancia, como dando a entender que esta ofrenda del cielo llega en el momento preciso, aun teniendo que suspender desfiles semanasanteros en favor de algo tan pragmático como que se llenen los pantanos y las reservas hídricas.
Zamora es, como tantas otras ciudades españolas, un símbolo en estos días; su imaginería es imponente, la calidad y cantidad de los pasos irrefutable, la religiosidad de sus gentes es austera además de tradicional, y la ciudad se convierte en el escenario perfecto para que las cofradías desfilen con tradiciones ancestrales, de las que destacaría tres momentos especialmente intensos: el juramento del silencio en la Plaza de la Catedral y la procesión de las Capas Pardas el Miércoles Santo, y el canto del Miserere en la plaza de Viriato el Jueves Santo. Estos actos de recogimiento son, al mismo tiempo, imponentes, graves y sobrios como Zamora, como sus gentes, como el espíritu de nuestra Semana Santa.


















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