EL BECARIO TARDIO
Simplemente, con simpleza
Esteban Pedrosa
Decían las malas lenguas de ella que jamás tuvo apego a la vida o, al menos, a las cosas cotidianas, por las que pasaba de puntillas o, simplemente, ni las veía, acostumbrada como estaba a trazarse su propio camino, sin atender a consejos, vinieran de donde vinieran, bien de personas cercanas, bien lejanas e, incluso, familiares y otros apegos.
De pequeña, no tuvo más remedio que acatar las normas por aquello de la falta de autonomía que te da, principalmente, el dinero y esas mismas malas lenguas dicen que, cuando llegó a la mayoría de edad, nadaba en la abundancia y ya vivió a su libre albedrío, poniendo las tildes donde ella quería, sin reglas ortográficas que afearan su manera de ver o de proceder en la vida, alejada de las academias y de otras costumbres mortales.
Esas mismas malas lenguas dicen que nadie sabe de dónde le había llegado aquella dote, aunque otras lenguas, más malas aun, hablan de cosas que ni aquí se pueden decir ni comentar, de tan escabrosas, impronunciables e, incluso, peliagudas que eran y, finalmente, triunfó la tesis de que había hecho un pacto con el diablo, aunque nunca se supo -si es que existía ese pacto- en qué había consistido el apaño.
Hubo otras lenguas que, simplemente, siempre pensaron que aquello no había sido para tanto, ni su vida tan disoluta ni contraria al resto de mortales, porque aquella mujer comía como el resto, evacuaba como todos y tan solo algunos detalles la diferenciaban de sus vecinos, porque resulta que hasta tenía vecinos de portal y de rellano y, enumerando estos y otros detalles, fueron levantándose distintas voces, distintas y distantes de lo que se había comentado hasta entonces de aquella mujer, de la que ya se dudaba como nunca y se iban sacando otras conclusiones que llegaban a otras conclusiones y a otras…
Por eso, se alzaron más voces aun y otras lenguas -buenas o malas lenguas- acabaron sentenciando que, simplemente, la simple era ella.
Decían las malas lenguas de ella que jamás tuvo apego a la vida o, al menos, a las cosas cotidianas, por las que pasaba de puntillas o, simplemente, ni las veía, acostumbrada como estaba a trazarse su propio camino, sin atender a consejos, vinieran de donde vinieran, bien de personas cercanas, bien lejanas e, incluso, familiares y otros apegos.
De pequeña, no tuvo más remedio que acatar las normas por aquello de la falta de autonomía que te da, principalmente, el dinero y esas mismas malas lenguas dicen que, cuando llegó a la mayoría de edad, nadaba en la abundancia y ya vivió a su libre albedrío, poniendo las tildes donde ella quería, sin reglas ortográficas que afearan su manera de ver o de proceder en la vida, alejada de las academias y de otras costumbres mortales.
Esas mismas malas lenguas dicen que nadie sabe de dónde le había llegado aquella dote, aunque otras lenguas, más malas aun, hablan de cosas que ni aquí se pueden decir ni comentar, de tan escabrosas, impronunciables e, incluso, peliagudas que eran y, finalmente, triunfó la tesis de que había hecho un pacto con el diablo, aunque nunca se supo -si es que existía ese pacto- en qué había consistido el apaño.
Hubo otras lenguas que, simplemente, siempre pensaron que aquello no había sido para tanto, ni su vida tan disoluta ni contraria al resto de mortales, porque aquella mujer comía como el resto, evacuaba como todos y tan solo algunos detalles la diferenciaban de sus vecinos, porque resulta que hasta tenía vecinos de portal y de rellano y, enumerando estos y otros detalles, fueron levantándose distintas voces, distintas y distantes de lo que se había comentado hasta entonces de aquella mujer, de la que ya se dudaba como nunca y se iban sacando otras conclusiones que llegaban a otras conclusiones y a otras…
Por eso, se alzaron más voces aun y otras lenguas -buenas o malas lenguas- acabaron sentenciando que, simplemente, la simple era ella.





















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