ARTE
Cuadro de Goya con vida propia
Gonzalo Julián
Tenemos estos días entre nosotros un GOYA. Nos lo presta el MUSEO DEL PRADO y nos lo enseña el MUSEO ETNOGRÁFICO DE CYL. Se trata de “LA CITA”, una obra del Maestro que debería propiciar el nacimiento de otra: un TAPIZ para el que fue pintada.
En este entorno, se ha acercado hasta Zamora el profesor ALEJANDRO VERGARA para exponernos y adentrarnos en la obra del genial artista. La clase magistral que nos impartió, devino en un encuentro con la técnica empleada en sus distintas etapas, los colores, argumentos constructivos, personajes y su distribución en sus lienzos... las miradas y sus ojos... sociedad y entornos imperantes... Al final de la disertación pasó, citó y comentó brevemente sobre la pintura que pudiera pasar por ser la más enigmática, surrealista y evocadora... Para muchos expertos y artistas, también paradigmática. Me refiero a “PERRO SEMIHUNDIDO” El también pintor aragonés, ANTONIO SAURA, lo calificó sin ambages como el mejor retrato (¿de Goya?) de la historia del arte... Él mismo hizo varias series sobre el mismo.
Es de este cuadro del que quiero hoy trazar unas líneas. Sí, del que pudiera considerarse con vida, transcurrir, evolución propios. Formaba parte de las pinturas que Goya plasmó en las paredes de su casa, la llamada QUINTA DEL SORDO, en Madrid. A la entrada de una de sus habitaciones residió durante bastantes años este can. En 1874, el fotógrafo J. Laurent, toma unas fotos de las obras pintadas en todas sus paredes, casi 50 años después de la muerte del artista, por encargo del nuevo propietario de la vivienda, barón Émile d’Erlanger, quien también encargó fuesen “extraídas” desde el yeso de las paredes, para trasladarlas al lienzo... y venderlas en el ámbito de las EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE PARÍS de 1878. El proyecto de venta fue un fracaso, por lo que, a su vuelta, las cedió al MUSEO DEL PRADO, donde se encuentran. El negativo, y por lo tanto la foto, de Laurent ha llegado hasta nosotros: es la que exponemos a la izquierda, obviamente en blanco y negro, donde observamos la pintura como la debió ejecutar GOYA y dejar tras su muerte. La foto en color nos muestra como la podemos observar actualmente en el Museo.
Qué esta pintura, tan aparentemente “insulsa”, tenga ya una vida de 200 años, un viajar desde medios de sustentación (yeso), a medios de sustento en el tiempo (lienzo)... salga de España para visitar una Exposición Universal... retorne con un “fracaso bajo el brazo”... hasta ser entregada, como algo sin valor, al que llegaría a ser una de las pinacotecas más importantes del mundo. La obra, (no sé si su personaje, el ya famoso perro), han sufrido y dejado patentes el paso de los años, de los materiales, de los kilómetros... pero no ha envejecido... ha evolucionado, sin duda. Su intrahistoria ha quedado plasmada en la evolución de su piel, pero también definición de lo que alguien, un genio, pueda imaginar inconscientemente (o no) y traspasar al yeso de su habitación. Todo lo demás muta y se insinúa de forma cambiante, como nos muestran estas dos imágenes: desde el perro que se hunde, hasta el que trepa por un colina; desde el que observa a unos pájaros, hasta que ese mismo animal pareciera que intenta no mirar al abismo que le empieza a rodear; desde la montaña que parece infranqueable, hasta que la misma hubiera desaparecido ante la pertinaz estabilidad del tiempo, 200 años más tarde.
Si fuese un auto retrato, ya simbólico del Goya sabedor que ha de nadar hasta su playa final y que aún no la ve llegar... pero el transcurrir al que ha llegado, ya en el Museo del Prado, y encontrarse con un vacío total a su alrededor. Si así fuese, sería la pintura que todo maestro empieza y deja inacabada: esta, Goya aún trabaja en ella.
Gonzalo Julián
Gonzalo Julián
Tenemos estos días entre nosotros un GOYA. Nos lo presta el MUSEO DEL PRADO y nos lo enseña el MUSEO ETNOGRÁFICO DE CYL. Se trata de “LA CITA”, una obra del Maestro que debería propiciar el nacimiento de otra: un TAPIZ para el que fue pintada.
En este entorno, se ha acercado hasta Zamora el profesor ALEJANDRO VERGARA para exponernos y adentrarnos en la obra del genial artista. La clase magistral que nos impartió, devino en un encuentro con la técnica empleada en sus distintas etapas, los colores, argumentos constructivos, personajes y su distribución en sus lienzos... las miradas y sus ojos... sociedad y entornos imperantes... Al final de la disertación pasó, citó y comentó brevemente sobre la pintura que pudiera pasar por ser la más enigmática, surrealista y evocadora... Para muchos expertos y artistas, también paradigmática. Me refiero a “PERRO SEMIHUNDIDO” El también pintor aragonés, ANTONIO SAURA, lo calificó sin ambages como el mejor retrato (¿de Goya?) de la historia del arte... Él mismo hizo varias series sobre el mismo.
Es de este cuadro del que quiero hoy trazar unas líneas. Sí, del que pudiera considerarse con vida, transcurrir, evolución propios. Formaba parte de las pinturas que Goya plasmó en las paredes de su casa, la llamada QUINTA DEL SORDO, en Madrid. A la entrada de una de sus habitaciones residió durante bastantes años este can. En 1874, el fotógrafo J. Laurent, toma unas fotos de las obras pintadas en todas sus paredes, casi 50 años después de la muerte del artista, por encargo del nuevo propietario de la vivienda, barón Émile d’Erlanger, quien también encargó fuesen “extraídas” desde el yeso de las paredes, para trasladarlas al lienzo... y venderlas en el ámbito de las EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE PARÍS de 1878. El proyecto de venta fue un fracaso, por lo que, a su vuelta, las cedió al MUSEO DEL PRADO, donde se encuentran. El negativo, y por lo tanto la foto, de Laurent ha llegado hasta nosotros: es la que exponemos a la izquierda, obviamente en blanco y negro, donde observamos la pintura como la debió ejecutar GOYA y dejar tras su muerte. La foto en color nos muestra como la podemos observar actualmente en el Museo.
Qué esta pintura, tan aparentemente “insulsa”, tenga ya una vida de 200 años, un viajar desde medios de sustentación (yeso), a medios de sustento en el tiempo (lienzo)... salga de España para visitar una Exposición Universal... retorne con un “fracaso bajo el brazo”... hasta ser entregada, como algo sin valor, al que llegaría a ser una de las pinacotecas más importantes del mundo. La obra, (no sé si su personaje, el ya famoso perro), han sufrido y dejado patentes el paso de los años, de los materiales, de los kilómetros... pero no ha envejecido... ha evolucionado, sin duda. Su intrahistoria ha quedado plasmada en la evolución de su piel, pero también definición de lo que alguien, un genio, pueda imaginar inconscientemente (o no) y traspasar al yeso de su habitación. Todo lo demás muta y se insinúa de forma cambiante, como nos muestran estas dos imágenes: desde el perro que se hunde, hasta el que trepa por un colina; desde el que observa a unos pájaros, hasta que ese mismo animal pareciera que intenta no mirar al abismo que le empieza a rodear; desde la montaña que parece infranqueable, hasta que la misma hubiera desaparecido ante la pertinaz estabilidad del tiempo, 200 años más tarde.
Si fuese un auto retrato, ya simbólico del Goya sabedor que ha de nadar hasta su playa final y que aún no la ve llegar... pero el transcurrir al que ha llegado, ya en el Museo del Prado, y encontrarse con un vacío total a su alrededor. Si así fuese, sería la pintura que todo maestro empieza y deja inacabada: esta, Goya aún trabaja en ella.
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