Eugenio-Jesús de Ávila
Viernes, 21 de Junio de 2024
COSAS DE DE LA BIEN CERCADA

El Puente de Piedra, tan amado y tan despreciado y ahora...mimado

Dentro del patrimonio monumental de Zamora, el Puente de Piedra ocupa la jerarquía de mis sentimientos, la cúspide de la historia de mi ciudad. Todo puente une. Este viaducto comunica el norte con el sur, a los zamoranos que viven en el cogollo de la Zamora con los que se quedaron en la margen izquierda del Duero, porque eligieron respirar la esencia del Duero, porque les gusta cruzarlo todos los días para ir a trabajar, comprar o encontrarse con sus paisanos de la otra Zamora, quizá la que vivió tanto tiempo ignorando al río, a su razón de ser, a su padre de agua.

 

Al Puente de Piedra siempre se le faltó al respeto. En 1905, después de destruir casi todas las puertas de las murallas de la ciudad, la autoridad decidió, tras perder la cordura, arrancarle al viaducto sus dos tirabuzones, sus dos torres, las que lo embellecían, las que los distinguían del resto de puentes de España. Casi 120 años llorando por aquel crimen arquitectónico. Hoy, algunos zamoranos querríamos que se le devolvieran al románico monumento, al amigo del Duero, sus dos torres. Pero, de nuevo, la autoridad, se opone. Ni se quiere a Zamora, ni se le respeta su historia, como si trataran de que sus hijos la olvidáramos.

 

Al Puente de Piedra se le ha maltratado durante todo el siglo XX y parte de la actual centuria. Se consintió que los mancharan con las gomas de los vehículos, que algún alcalde le colocase unas aceras cutres y un material grosero en su calzada. El viaducto se quejó al Duero por este enésimo agravio. El río, de vez en cuando, ha protestado con sus enormes avenidas por las afrentas a su amigo íntimo. Tanto que ahora parece que lo maquillarán. No se sabe cómo están sus vísceras, sus pilares, pero, al menos, lucirá más hermoso, siempre que los conceptos estéticos se prioricen más allá de los económicos.

 

El viaducto protogótico también se alegra cada ocaso del jueves anterior a la Pasión y el Martes Santo cuando los zamoranos que creen que existe otra vida después de la muerte lo cruzan con cariño, lo atraviesan con mimo, portando y acompañando un Cristo humilde y una Virgen peripuesta, a la manera andaluza.

 

Es curioso que, desde el Puente de Piedra, siempre se mire hacia occidente, allá por donde se pone el sol, donde la Catedral observa, con su ternura de piedra, al río que ya busca tierras lusas con su caudal, unas veces soberbio y otras manso y elegante. Quizá los zamoranos prefiramos nuestros rostros reciben los vientos del oeste, porque traen aroma a Portugal y a océano, a la libertad de las olas, de la sal, por donde nos llegan las borrascas, la lluvia que nos moja también por dentro, en los tejados del alma.

 

Nuestro viaducto nos permite soñar con ser proa de un barco que navega por el Duero, escuchar el diálogo de los peces y el vuelo rasante de las aves. El Puente de Piedra nos libera, nos eleva y nos hace creer que caminamos por encima de las aguas.

 

Ahora Guarido restaurará parte de ese legado arquitectónico. Loado sea. Quizá algún día, cuando los burócratas pierdan poder, recobrará nuestro puente sus queridas torres.

Eugenio-Jesús de Ávila

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