ZAMORANA
Carta a mi ciudad del alma
Zamora hermosa, que te acicalas cada mañana reflejándote en el Duero; ciudad de reyes, de murallas que te protegen, de historia fecunda que ennoblece tus gestas. Zamora, esa gran desconocida, la ciudad con encanto que los forasteros visitan pasando de largo, sin pernoctar para disfrutar con tiempo de su esplendorosa arquitectura, de sus rincones con historia, de sus placitas, sus miradores, o las puestas de sol, y siguen adelante en un periplo enlatado de ciudades de interior, como si todas fueran iguales.
Esa Zamora poco famosa que siempre sorprende y enamora cuando se la conoce de verdad, ha sido durante demasiado tiempo la cenicienta de sus provincias hermanas, no se la ha mimado como merece y ha ido decayendo, se ha ido abandonando porque nadie confiaba en su potencial, ni nunca le dijeron en voz alta lo hermosa y lo auténtica que era.
Zamora, cuyo papel fue relevante en la historia, la cuidad del Romancero, la bien cercada que no sucumbió a embestidas intrigantes ni a confabulaciones eternas, ha sabido caminar, paso a paso, de la mano de quienes la aman, y ha ido levantando la cabeza, consciente y orgullosa de su pasado y su presente. Hoy, cuando despierta la atención porque se han ocupado un poco de ella, ha sabido responder con nota a exigencias: Fromago, Las próximas Edades del Hombre, Ferias y Conmemoraciones… es un ejemplo en la organización de eventos importantes, de implicación en otros países, o de propaganda exhibiendo su gastronomía, su cultura y su historia, que es la mejor carta de presentación para salir fuera de sus murallas.
Zamora es mi orgullo; la recorro, la contemplo, la escucho, me pierdo entre sus calles estrechas, paseo lentamente por las dos vías principales que invitan a sentarse en una terraza para ver a los zamoranos yendo y viniendo, cuento las cigüeñas instaladas en cada campanario, allá en lo alto; camino por la vereda del rio de puente a puente acunada por el rumor del Duero, ese amante fiel que sigue junto a su bella ciudad sin perderla de vista, embelleciéndola con el caudal de sus aguas.
Zamora es, además de todo eso, sus gentes, un tanto pueblerinas porque muchas vinieron de los pueblos aledaños y forman una amalgama de diferentes lugares con una característica común: ese acento, el “deje”, una peculiar forma de hablar que arrastra la última sílaba; o los vocablos desconocidos para quienes no son de aquí, que forman un típico vocabulario local que ya estudian los eruditos de la lingüística.
Zamora, me sobran razones para quererte porque has inundado mi alma con tu sosiego, y has dado sentido a frenar el ritmo de ese torbellino que es la vida, para valorar el simple hecho de sentarse a escuchar el silencio.
Mª Soledad Martín Turiño
Zamora hermosa, que te acicalas cada mañana reflejándote en el Duero; ciudad de reyes, de murallas que te protegen, de historia fecunda que ennoblece tus gestas. Zamora, esa gran desconocida, la ciudad con encanto que los forasteros visitan pasando de largo, sin pernoctar para disfrutar con tiempo de su esplendorosa arquitectura, de sus rincones con historia, de sus placitas, sus miradores, o las puestas de sol, y siguen adelante en un periplo enlatado de ciudades de interior, como si todas fueran iguales.
Esa Zamora poco famosa que siempre sorprende y enamora cuando se la conoce de verdad, ha sido durante demasiado tiempo la cenicienta de sus provincias hermanas, no se la ha mimado como merece y ha ido decayendo, se ha ido abandonando porque nadie confiaba en su potencial, ni nunca le dijeron en voz alta lo hermosa y lo auténtica que era.
Zamora, cuyo papel fue relevante en la historia, la cuidad del Romancero, la bien cercada que no sucumbió a embestidas intrigantes ni a confabulaciones eternas, ha sabido caminar, paso a paso, de la mano de quienes la aman, y ha ido levantando la cabeza, consciente y orgullosa de su pasado y su presente. Hoy, cuando despierta la atención porque se han ocupado un poco de ella, ha sabido responder con nota a exigencias: Fromago, Las próximas Edades del Hombre, Ferias y Conmemoraciones… es un ejemplo en la organización de eventos importantes, de implicación en otros países, o de propaganda exhibiendo su gastronomía, su cultura y su historia, que es la mejor carta de presentación para salir fuera de sus murallas.
Zamora es mi orgullo; la recorro, la contemplo, la escucho, me pierdo entre sus calles estrechas, paseo lentamente por las dos vías principales que invitan a sentarse en una terraza para ver a los zamoranos yendo y viniendo, cuento las cigüeñas instaladas en cada campanario, allá en lo alto; camino por la vereda del rio de puente a puente acunada por el rumor del Duero, ese amante fiel que sigue junto a su bella ciudad sin perderla de vista, embelleciéndola con el caudal de sus aguas.
Zamora es, además de todo eso, sus gentes, un tanto pueblerinas porque muchas vinieron de los pueblos aledaños y forman una amalgama de diferentes lugares con una característica común: ese acento, el “deje”, una peculiar forma de hablar que arrastra la última sílaba; o los vocablos desconocidos para quienes no son de aquí, que forman un típico vocabulario local que ya estudian los eruditos de la lingüística.
Zamora, me sobran razones para quererte porque has inundado mi alma con tu sosiego, y has dado sentido a frenar el ritmo de ese torbellino que es la vida, para valorar el simple hecho de sentarse a escuchar el silencio.
Mª Soledad Martín Turiño




















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