ZAMORANA
¡Ya llega agosto!
España se prepara para un mes de fiesta. Agosto es por excelencia la época del verano en la que raro es el pueblo, por pequeño que sea, que no festeja a su patrón. De esta forma, las viejas villas duplican su población con los hijos que se fueron hacia otras ciudades para buscarse el futuro que no encontraban allí, pero regresan cada año para visitar a la familia y para gozar de la experiencia, o del lujo, de “tener un pueblo” donde acudir, prebenda de la que no todos pueden presumir.
Debo decir que mi infancia está vinculada a recuerdos y juegos agosteños en Castronuevo, sobre todo el día quince, día de la fiesta patronal, que comenzaba temprano con el repique de campanas para acudir a la misa mayor donde las fuerzas vivas: alcalde, maestro y médico ocupaban un lugar preferente a un lado del altar, los niños en las primeras bancadas, seguidos de las mujeres y al final los hombres; la gente que se agolpaba a la puerta del templo para saludar a familiares y convecinos, después de la celebración religiosa, el paseo hasta el bar para tomar el consabido vermut se alargaba porque nadie veía el momento para cortar conversaciones y ponerse al día de los acontecimientos ocurridos desde la última vez; la comida familiar, que siempre era más esmerada; el momento de la siesta, cuando la casa se quedaba en silencio; el pan con chocolate y mantequilla dulce para la merienda de los pequeños, y el plato de chorizo, torreznos y tocino para los mayores…
El quince de agosto era un día especial; en un tiempo hubo muchas y diversas actividades: elección de reina de las fiestas, juegos para los pequeños, peñas, juego de pelota, correr la vaquilla y el habitual baile por la noche entre otras; sin embargo, con el transcurso del tiempo se han ido perdiendo algunas y modificando o añadiendo otras pero, en cualquier caso, ese era el día en que se celebraban mayor cantidad de eventos. Era frecuente que los jóvenes alternaran los festejos de Castronuevo con los de los pueblos aledaños como una forma de conocer gente y de divertirse al mismo tiempo.
Cuando iba finalizando el mes, los forasteros se marchaban; algunos porque en septiembre tenían que examinarse de las asignaturas que les habían quedado pendientes; otros, porque era el momento de reanudar trabajo y obligaciones y así, el pueblo recuperaba su silencio, sus habitantes regresaban a la cotidianidad y durante unos días recordaban las conversaciones de quienes les habían visitado. Esa era la parte más triste, aunque había quien agradecía terminar con el bullicio y la anarquía que reinaba en la casa, los niños entrando y saliendo, comidas a deshora y gente de visita en cualquier momento. Sí, cuando todos se iban, Castronuevo se volvía un poco más triste, pero también recuperaba su esencia y todos regresaban a sus faenas como había sido siempre hasta la siguiente festividad.
España se prepara para un mes de fiesta. Agosto es por excelencia la época del verano en la que raro es el pueblo, por pequeño que sea, que no festeja a su patrón. De esta forma, las viejas villas duplican su población con los hijos que se fueron hacia otras ciudades para buscarse el futuro que no encontraban allí, pero regresan cada año para visitar a la familia y para gozar de la experiencia, o del lujo, de “tener un pueblo” donde acudir, prebenda de la que no todos pueden presumir.
Debo decir que mi infancia está vinculada a recuerdos y juegos agosteños en Castronuevo, sobre todo el día quince, día de la fiesta patronal, que comenzaba temprano con el repique de campanas para acudir a la misa mayor donde las fuerzas vivas: alcalde, maestro y médico ocupaban un lugar preferente a un lado del altar, los niños en las primeras bancadas, seguidos de las mujeres y al final los hombres; la gente que se agolpaba a la puerta del templo para saludar a familiares y convecinos, después de la celebración religiosa, el paseo hasta el bar para tomar el consabido vermut se alargaba porque nadie veía el momento para cortar conversaciones y ponerse al día de los acontecimientos ocurridos desde la última vez; la comida familiar, que siempre era más esmerada; el momento de la siesta, cuando la casa se quedaba en silencio; el pan con chocolate y mantequilla dulce para la merienda de los pequeños, y el plato de chorizo, torreznos y tocino para los mayores…
El quince de agosto era un día especial; en un tiempo hubo muchas y diversas actividades: elección de reina de las fiestas, juegos para los pequeños, peñas, juego de pelota, correr la vaquilla y el habitual baile por la noche entre otras; sin embargo, con el transcurso del tiempo se han ido perdiendo algunas y modificando o añadiendo otras pero, en cualquier caso, ese era el día en que se celebraban mayor cantidad de eventos. Era frecuente que los jóvenes alternaran los festejos de Castronuevo con los de los pueblos aledaños como una forma de conocer gente y de divertirse al mismo tiempo.
Cuando iba finalizando el mes, los forasteros se marchaban; algunos porque en septiembre tenían que examinarse de las asignaturas que les habían quedado pendientes; otros, porque era el momento de reanudar trabajo y obligaciones y así, el pueblo recuperaba su silencio, sus habitantes regresaban a la cotidianidad y durante unos días recordaban las conversaciones de quienes les habían visitado. Esa era la parte más triste, aunque había quien agradecía terminar con el bullicio y la anarquía que reinaba en la casa, los niños entrando y saliendo, comidas a deshora y gente de visita en cualquier momento. Sí, cuando todos se iban, Castronuevo se volvía un poco más triste, pero también recuperaba su esencia y todos regresaban a sus faenas como había sido siempre hasta la siguiente festividad.





















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