IDA Y VUELTA
El bar de Benedicto
En pocos sitios he aprendido yo tanto como en el bar de mi pueblo. También es cierto que pertenecía a mi familia, primero a mi abuelo, y luego a mi tío, así que en el lado en el que me tocó estar fue detrás de la barra. Y en ese lado, de verdad, se aprenden muchas cosas. No todas buenas como se pueden imaginar, pero sí útiles para la vida.
Aprendí a escuchar, a respetar, a morderme la lengua, y a disfrutar desde un lugar que muchas veces es hostil. Hice amigos de diferentes edades, condiciones, y lugares. También me decepcioné con otros. Aprendí a trabajar en familia, que no es fácil, y a respetar a todo el mundo, especialmente a los mayores. Descubrí que las discusiones normalmente no llevan a nada, y que el alcohol no es solo diversión.
Aprendí a poner cafés, copas, servir chucherías, y dar vasos de agua, muchos vasos de agua. Y como era un bar de pueblo también aprendí a prestar de todo. Así se funciona en los pueblos.
Escuché barbaridades, y desde muy corta edad fui testigo de muchas historias del pueblo que quedarán en mi memoria. También presencié peleas que llegaron a las manos, por suerte pocas, pero las hubo. Igualmente observé desde la barrera como hasta el más presuntuoso se come su orgullo si es necesario.
Pienso en esos años y visualizo a tanta gente a la que quise, que ya no está, y que aprendí a querer detrás de esa barra.
Podría escribir un libro con todo lo que viví dentro de ese “centro social”, o una trilogía más bien. No sé si sería best seller, pero desde luego incluiría historias de todos los géneros. Y eso que yo solo lo regentaba en vacaciones, puentes o fines de semana. Ni me imagino lo que podría escribir mi tío, Benedicto.
Sentimientos encontrados en todos esos recuerdos. Mi niñez está dentro de esas cuatro paredes que ahora veo desde fuera, y tal y como me recordó Tomás Sánchez Santiago, que ya lo decía Rilke, la niñez es la patria del hombre, y es verdad.
Pero la distancia de los años me ayuda a verlo todo desde otro prisma. Y si hay algo de lo que sí que estoy segura es que ahora que no hay bar, el pueblo es otro. Y yo, también.
En pocos sitios he aprendido yo tanto como en el bar de mi pueblo. También es cierto que pertenecía a mi familia, primero a mi abuelo, y luego a mi tío, así que en el lado en el que me tocó estar fue detrás de la barra. Y en ese lado, de verdad, se aprenden muchas cosas. No todas buenas como se pueden imaginar, pero sí útiles para la vida.
Aprendí a escuchar, a respetar, a morderme la lengua, y a disfrutar desde un lugar que muchas veces es hostil. Hice amigos de diferentes edades, condiciones, y lugares. También me decepcioné con otros. Aprendí a trabajar en familia, que no es fácil, y a respetar a todo el mundo, especialmente a los mayores. Descubrí que las discusiones normalmente no llevan a nada, y que el alcohol no es solo diversión.
Aprendí a poner cafés, copas, servir chucherías, y dar vasos de agua, muchos vasos de agua. Y como era un bar de pueblo también aprendí a prestar de todo. Así se funciona en los pueblos.
Escuché barbaridades, y desde muy corta edad fui testigo de muchas historias del pueblo que quedarán en mi memoria. También presencié peleas que llegaron a las manos, por suerte pocas, pero las hubo. Igualmente observé desde la barrera como hasta el más presuntuoso se come su orgullo si es necesario.
Pienso en esos años y visualizo a tanta gente a la que quise, que ya no está, y que aprendí a querer detrás de esa barra.
Podría escribir un libro con todo lo que viví dentro de ese “centro social”, o una trilogía más bien. No sé si sería best seller, pero desde luego incluiría historias de todos los géneros. Y eso que yo solo lo regentaba en vacaciones, puentes o fines de semana. Ni me imagino lo que podría escribir mi tío, Benedicto.
Sentimientos encontrados en todos esos recuerdos. Mi niñez está dentro de esas cuatro paredes que ahora veo desde fuera, y tal y como me recordó Tomás Sánchez Santiago, que ya lo decía Rilke, la niñez es la patria del hombre, y es verdad.
Pero la distancia de los años me ayuda a verlo todo desde otro prisma. Y si hay algo de lo que sí que estoy segura es que ahora que no hay bar, el pueblo es otro. Y yo, también.





















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