ZAMORANA
Mi vecino Marcial
Me encuentro con un vecino con el que, cada vez que coincidimos en la escalera, resulta una excusa perfecta para charlar un buen rato. Viene de hacer diversas gestiones porque tras fallecer su madre, ha de poner todos sus bienes a su nombre. Le noto enfadado, y cuando empieza a hablar, prorrumpe en una incontenible verborrea porque “en este país (aunque él se refiere a Madrid, donde vive), uno no puede morirse en verano”.
Ya pasó por dar de baja y cancelar los suministros del hogar (luz, agua, gas, teléfono, seguro), además de las ONG con las que su madre colaboraba rigurosamente; eso no le resultó difícil, pero cuando tuvo que empezar el papeleo, ahí se topó con el problema que le agobiaba y le ponía tan furibundo.
Me cuenta que, además de pedir cita previa en todos los organismos que ha necesitado: Seguridad Social, entidad bancaria, gerencia del Ministerio de Justicia para obtener el Certificado de Últimas Voluntades y de Seguros con Cobertura de Fallecimiento, Notaría, aceptación de herencia, cambios de titularidad, Registro, Impuestos, Plusvalía… y un sinfín de requisitos para los que ha tenido que esperar durante días. La excusa que le dan es que se acumula el trabajo porque no ponen suplentes y el personal está al cincuenta por ciento debido a las vacaciones; por otra parte,los trámites son tediosos, además de ir exhibiendo el Certificado de defunción ante todos los ellos (que sentimentalmente resulta doloroso), también hay que preparar la cartera porque todo cuesta; y eso que su madre dejó todo bien atado: testamento, trámites funerarios ya pagados...etc.; aun así, este buen hombre (Marcial, se llama), estaba inmerso en un caos de papeleo que sería innecesario cuando vivimos en una sociedad donde la tecnología evitaría muchos desplazamientos incómodos si las administraciones tuvieran una base de datos única a la que poder acceder todos. De este modo el contribuyente no se vería obligado a visitar las distintas delegaciones para algo que le podrían facilitar sin tanto trastorno.
Va a tener razón el aforismo de Kafka, que en este sentido se adelantó a su tiempo: “El progreso se evapora y deja atrás una estela de burocracia.”
Un fallecimiento siempre resulta doloroso, la familia que pierde a un ser querido y se pasa por una situación delicada: tanatorio, sepelio, funeral…y cuando esa faceta termina y están emocionalmente agotados, entonces comienza la fase del “papeleo” que acaba de rematar la paciencia y el ánimo de quienes se atreven a hacerlo sin la ayuda de un gestor que se lo resuelva.
Me ofrecí para lo que necesitara (¡qué frase tan manida!), pero él, con buen tino, me dijo que cada uno tenía lo suyo y ya que había empezado, quería terminar cuanto antes con todos los trámites antes de pasar a la siguiente etapa que era vaciar y vender el piso de su madre ¡casi nada! y volver a su vida anterior que ya casi ni recordaba.
Me pregunto de qué nos vale la tecnología si no es para facilitarnos un poco la vida en estas difíciles situaciones, e inevitablemente me viene a la mente el “vuelva usted mañana” que Larra escenificaba tan magistralmente en su artículo, y que nos trae a la mente a un ingenuo Mr. Sans-Délai convencido de que resolvería sus asuntos familiares en quince días, pero ignorante de que toparía con la burocracia española en forma de sucesivas ventanillas y funcionarios indolentes.
De Pío Baroja también observamos una queja en su sentencia: “la burocracia en los países latinos parece que se ha establecido para vejar al público”. Nada más que objetar a palabras tan desconfiadamente ciertas.
Mª Soledad Martín Turiño
Me encuentro con un vecino con el que, cada vez que coincidimos en la escalera, resulta una excusa perfecta para charlar un buen rato. Viene de hacer diversas gestiones porque tras fallecer su madre, ha de poner todos sus bienes a su nombre. Le noto enfadado, y cuando empieza a hablar, prorrumpe en una incontenible verborrea porque “en este país (aunque él se refiere a Madrid, donde vive), uno no puede morirse en verano”.
Ya pasó por dar de baja y cancelar los suministros del hogar (luz, agua, gas, teléfono, seguro), además de las ONG con las que su madre colaboraba rigurosamente; eso no le resultó difícil, pero cuando tuvo que empezar el papeleo, ahí se topó con el problema que le agobiaba y le ponía tan furibundo.
Me cuenta que, además de pedir cita previa en todos los organismos que ha necesitado: Seguridad Social, entidad bancaria, gerencia del Ministerio de Justicia para obtener el Certificado de Últimas Voluntades y de Seguros con Cobertura de Fallecimiento, Notaría, aceptación de herencia, cambios de titularidad, Registro, Impuestos, Plusvalía… y un sinfín de requisitos para los que ha tenido que esperar durante días. La excusa que le dan es que se acumula el trabajo porque no ponen suplentes y el personal está al cincuenta por ciento debido a las vacaciones; por otra parte,los trámites son tediosos, además de ir exhibiendo el Certificado de defunción ante todos los ellos (que sentimentalmente resulta doloroso), también hay que preparar la cartera porque todo cuesta; y eso que su madre dejó todo bien atado: testamento, trámites funerarios ya pagados...etc.; aun así, este buen hombre (Marcial, se llama), estaba inmerso en un caos de papeleo que sería innecesario cuando vivimos en una sociedad donde la tecnología evitaría muchos desplazamientos incómodos si las administraciones tuvieran una base de datos única a la que poder acceder todos. De este modo el contribuyente no se vería obligado a visitar las distintas delegaciones para algo que le podrían facilitar sin tanto trastorno.
Va a tener razón el aforismo de Kafka, que en este sentido se adelantó a su tiempo: “El progreso se evapora y deja atrás una estela de burocracia.”
Un fallecimiento siempre resulta doloroso, la familia que pierde a un ser querido y se pasa por una situación delicada: tanatorio, sepelio, funeral…y cuando esa faceta termina y están emocionalmente agotados, entonces comienza la fase del “papeleo” que acaba de rematar la paciencia y el ánimo de quienes se atreven a hacerlo sin la ayuda de un gestor que se lo resuelva.
Me ofrecí para lo que necesitara (¡qué frase tan manida!), pero él, con buen tino, me dijo que cada uno tenía lo suyo y ya que había empezado, quería terminar cuanto antes con todos los trámites antes de pasar a la siguiente etapa que era vaciar y vender el piso de su madre ¡casi nada! y volver a su vida anterior que ya casi ni recordaba.
Me pregunto de qué nos vale la tecnología si no es para facilitarnos un poco la vida en estas difíciles situaciones, e inevitablemente me viene a la mente el “vuelva usted mañana” que Larra escenificaba tan magistralmente en su artículo, y que nos trae a la mente a un ingenuo Mr. Sans-Délai convencido de que resolvería sus asuntos familiares en quince días, pero ignorante de que toparía con la burocracia española en forma de sucesivas ventanillas y funcionarios indolentes.
De Pío Baroja también observamos una queja en su sentencia: “la burocracia en los países latinos parece que se ha establecido para vejar al público”. Nada más que objetar a palabras tan desconfiadamente ciertas.
Mª Soledad Martín Turiño




















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