ZAMORANA
La despedida
Regresé por última vez a la que fuera la casa de mis padres, un hogar que me refugió y dónde iba a menudo para ver si se me contagiaba siquiera un poco de la felicidad que traslucían. Hoy, pasados los años, faltan sus inquilinos y la casa se vende. Esta visita se me ha hecho harto difícil; ya desde la entrada había desaparecido ese olor que emanan todos los lugares habitados y que son una seña de identidad de quienes allí residen.
Entré despacio y empecé a deambular por estancias vacías, con señales de cuadros y muebles que habían dejado su rastro al quitarlos del lugar que ocupaban. El silencio era atronador, me zumbaban los oídos y, sin ser consciente, empezaron a resbalar las lágrimas por mis mejillas. Aquellas habitaciones habían sido el lugar donde tanto se hablaba (casi siempre del pueblo), porque mis padres nacidos y criados allí se vieron obligados a abandonarlo en el éxodo de los años 60-70 y nunca se acostumbraron del todo a dejarlo atrás, pese a que dejaran de visitarlo una vez que faltaron sus seres queridos. Recuerdo que cuando iba a verles, de atardecida, me los encontraba sentados uno junto al otro en sendos sillones, recordando en la penumbra su vida en el viejo Castronuevo. Siempre anhelaban noticias y, siendo yo el nexo de unión, les ponía al tanto de los acontecimientos, que solían ser casi siempre defunciones, o como había sido la fiesta de agosto y las actividades que habían tenido lugar.
El tamaño de la casa fue otra sorpresa, las estancias parecían más pequeñas; era un lugar sin nombre, ya que el letrero del porche: “Villa Pompeya” con el que mi padre obsequió a su mujer, lo habíamos quitado solo unos pocos días antes de que llegara el nuevo inquilino.
Mi inspección se convirtió en un paseo de recuerdos; afortunadamente ya no había objetos personales que identificaran a sus dueños, pero el enorme ventanal seguía allí, el lugar preferido de mi padre, donde pasaba las mañanas del verano y del invierno ya que, con la orientación que tenía, el sol lo mantenía siempre caldeado. Aquella panorámica que se ampliaba a lo lejos en una extensión de árboles era un placer para la vista. Solían sobrevolar diferentes avionetas y helicópteros cuyos horarios mi padre tenía perfectamente controlados y decía que llevaban a políticos y gente importante desde aquellas urbanizaciones a la capital; desconozco la veracidad de aquellas afirmaciones, pero él lo decía con tal seguridad que ¿por qué no creerlo?
Uno tras otro aparecieron ante mis ojos recuerdos todavía vivos de aquellas habitaciones: el pequeño desconchón del cuarto de estar, apenas perceptible, pero que yo miraba obsesivamente cuando estaba allí; la forma en que incidía la luz en el comedor y que hacía casi imposible sentarse unos frente a otros porque nos deslumbraba y nadie quería correr las cortinas; el sonido de la radio que solía estar presente en las tardes de invierno; el crepitar de la madera cuando encendían la chimenea, o el olor de las castañas que se asaban en la trébede.
Permanecí allí un buen rato hasta que empecé a sentir frio y tuve la necesidad de hacer una ceremonia de cierre total de una etapa, así que mentalmente me fui despidiendo de cada estancia. Cuando salí al jardín, comprobé lo mucho que habían crecido las arizónicas, el granado que se resistía a morir y seguía dando granadas diminutas, los pinos contiguos que nos llenaban la rampa de ramas, agujas y piñas de todos los tamaños; las aterciopeladas flores rojas que cada año cubrían la verja exterior…todo estaba frondoso, seguro que demasiado para mi padre que a estas alturas del año ya habría llamado a los jardineros para que hicieran la oportuna poda.
Bajé a la parte sur de la casa donde mi padre había construido bancales para evitar el desnivel del terreno y plantado todo tipo de árboles, preferentemente para dar fruto; predominaban los almendros, que convivían en armonía con las vides, el peral, la higuera, el sauce, el manzano, la enorme palmera que amenazaba con colonizar todo el espacio, y esos otros árboles que yo llamaba “de la calle” porque habían crecido espontáneamente y, al ser de hoja perenne, eran vistosos todo el año; allí estaban todos, más hermosos que nunca después de la fina lluvia que les había rociado, con un brillo espectacular en sus ramas y aquel círculo de piedras en la base de cada uno que mi padre había hecho a modo decorativo.
Más abajo se extendía una gran superficie de terreno donde, lejos de colocar una piscina o una pérgola, mi padre, fiel a su instinto campesino, plantó durante unos años todo tipo de verduras y hortalizas, y donde fue tan feliz. Le recuerdo cavando, plantando, quitando matojos, regando… y volvía a ver a aquel hombre joven a quien llevaba el almuerzo a la tierra donde estaba trabajando, allá en el pueblo junto al rio, antes de ir a la escuela cuando era niña. Pará él era importante que aquel terreno, una vez que ya no pudo continuar trabajándolo, estuviera siempre perfecto; así que, ayudado por una mula mecánica, araba la tierra para que estuviera esponjosa y libre de rastrojos en todo momento.
Salí de la casa y ya en la puerta principal, di un último vistazo; después cerré cuidadosamente y me prometí no emocionarme con la despedida; pero fue imposible cuando advertí la pared enrejada del jardín, cuyo interior mi padre forró con cantos rodados. Lo imagino colocándolos uno a uno, con paciencia e ilusión, para que, desde el porche, en las largas tardes del verano, pudiéramos ver la decoración de aquella pared que, como tantas cosas en esta casa, fueron idea suya. Por supuesto, no cumplí mi promesa.
Mª Soledad Martín Turiño
Regresé por última vez a la que fuera la casa de mis padres, un hogar que me refugió y dónde iba a menudo para ver si se me contagiaba siquiera un poco de la felicidad que traslucían. Hoy, pasados los años, faltan sus inquilinos y la casa se vende. Esta visita se me ha hecho harto difícil; ya desde la entrada había desaparecido ese olor que emanan todos los lugares habitados y que son una seña de identidad de quienes allí residen.
Entré despacio y empecé a deambular por estancias vacías, con señales de cuadros y muebles que habían dejado su rastro al quitarlos del lugar que ocupaban. El silencio era atronador, me zumbaban los oídos y, sin ser consciente, empezaron a resbalar las lágrimas por mis mejillas. Aquellas habitaciones habían sido el lugar donde tanto se hablaba (casi siempre del pueblo), porque mis padres nacidos y criados allí se vieron obligados a abandonarlo en el éxodo de los años 60-70 y nunca se acostumbraron del todo a dejarlo atrás, pese a que dejaran de visitarlo una vez que faltaron sus seres queridos. Recuerdo que cuando iba a verles, de atardecida, me los encontraba sentados uno junto al otro en sendos sillones, recordando en la penumbra su vida en el viejo Castronuevo. Siempre anhelaban noticias y, siendo yo el nexo de unión, les ponía al tanto de los acontecimientos, que solían ser casi siempre defunciones, o como había sido la fiesta de agosto y las actividades que habían tenido lugar.
El tamaño de la casa fue otra sorpresa, las estancias parecían más pequeñas; era un lugar sin nombre, ya que el letrero del porche: “Villa Pompeya” con el que mi padre obsequió a su mujer, lo habíamos quitado solo unos pocos días antes de que llegara el nuevo inquilino.
Mi inspección se convirtió en un paseo de recuerdos; afortunadamente ya no había objetos personales que identificaran a sus dueños, pero el enorme ventanal seguía allí, el lugar preferido de mi padre, donde pasaba las mañanas del verano y del invierno ya que, con la orientación que tenía, el sol lo mantenía siempre caldeado. Aquella panorámica que se ampliaba a lo lejos en una extensión de árboles era un placer para la vista. Solían sobrevolar diferentes avionetas y helicópteros cuyos horarios mi padre tenía perfectamente controlados y decía que llevaban a políticos y gente importante desde aquellas urbanizaciones a la capital; desconozco la veracidad de aquellas afirmaciones, pero él lo decía con tal seguridad que ¿por qué no creerlo?
Uno tras otro aparecieron ante mis ojos recuerdos todavía vivos de aquellas habitaciones: el pequeño desconchón del cuarto de estar, apenas perceptible, pero que yo miraba obsesivamente cuando estaba allí; la forma en que incidía la luz en el comedor y que hacía casi imposible sentarse unos frente a otros porque nos deslumbraba y nadie quería correr las cortinas; el sonido de la radio que solía estar presente en las tardes de invierno; el crepitar de la madera cuando encendían la chimenea, o el olor de las castañas que se asaban en la trébede.
Permanecí allí un buen rato hasta que empecé a sentir frio y tuve la necesidad de hacer una ceremonia de cierre total de una etapa, así que mentalmente me fui despidiendo de cada estancia. Cuando salí al jardín, comprobé lo mucho que habían crecido las arizónicas, el granado que se resistía a morir y seguía dando granadas diminutas, los pinos contiguos que nos llenaban la rampa de ramas, agujas y piñas de todos los tamaños; las aterciopeladas flores rojas que cada año cubrían la verja exterior…todo estaba frondoso, seguro que demasiado para mi padre que a estas alturas del año ya habría llamado a los jardineros para que hicieran la oportuna poda.
Bajé a la parte sur de la casa donde mi padre había construido bancales para evitar el desnivel del terreno y plantado todo tipo de árboles, preferentemente para dar fruto; predominaban los almendros, que convivían en armonía con las vides, el peral, la higuera, el sauce, el manzano, la enorme palmera que amenazaba con colonizar todo el espacio, y esos otros árboles que yo llamaba “de la calle” porque habían crecido espontáneamente y, al ser de hoja perenne, eran vistosos todo el año; allí estaban todos, más hermosos que nunca después de la fina lluvia que les había rociado, con un brillo espectacular en sus ramas y aquel círculo de piedras en la base de cada uno que mi padre había hecho a modo decorativo.
Más abajo se extendía una gran superficie de terreno donde, lejos de colocar una piscina o una pérgola, mi padre, fiel a su instinto campesino, plantó durante unos años todo tipo de verduras y hortalizas, y donde fue tan feliz. Le recuerdo cavando, plantando, quitando matojos, regando… y volvía a ver a aquel hombre joven a quien llevaba el almuerzo a la tierra donde estaba trabajando, allá en el pueblo junto al rio, antes de ir a la escuela cuando era niña. Pará él era importante que aquel terreno, una vez que ya no pudo continuar trabajándolo, estuviera siempre perfecto; así que, ayudado por una mula mecánica, araba la tierra para que estuviera esponjosa y libre de rastrojos en todo momento.
Salí de la casa y ya en la puerta principal, di un último vistazo; después cerré cuidadosamente y me prometí no emocionarme con la despedida; pero fue imposible cuando advertí la pared enrejada del jardín, cuyo interior mi padre forró con cantos rodados. Lo imagino colocándolos uno a uno, con paciencia e ilusión, para que, desde el porche, en las largas tardes del verano, pudiéramos ver la decoración de aquella pared que, como tantas cosas en esta casa, fueron idea suya. Por supuesto, no cumplí mi promesa.
Mª Soledad Martín Turiño


















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