ZAMORANA
De amores que se fueron
Quiso el azar reencontrarme con una amiga a la que no veía desde hacía tiempo; pese a vivir en la misma ciudad, cada una nos habíamos distanciado porque la vida nos llevó por sendas diferentes. Fue una mutua alegría el coincidir aquella mañana, así que nos dispusimos a tomar un café para ponernos al día. A un café siguió otro, los minutos se convirtieron en horas y casi nos quitábamos la palabra, ¡era mucho lo que teníamos pendiente!
Se había hecho demasiado tarde para las dos, así que nos despedimos no sin antes prometer vernos de nuevo sin que mediara tanto tiempo; y así, cada una retomó su camino. Me dirigía a casa, pero en mi mente sonaba sobre todo una historia que me había contado a propósito de un viejo amor que tuvo en su juventud y que, al cabo de los años, había reencontrado, pero al que le costó reconocer porque el tiempo había dejado una cruel huella en aquel rostro que un día amó tanto. Me habló de que durante años el recuerdo de aquel hombre había sido su liberación en el matrimonio insulso en el que estaba encerrada, viviendo ya más por inercia, que por amor. Sin embargo, al verle ese día, la decepción fue tal, que quiso borrar de un plumazo toda la ilusión que había puesto en aquel antiguo noviazgo. Mi amiga me lo contaba con desencanto, amargada por el despecho y la ingenuidad en la que había vivido pretendiendo detener el tiempo, y luego abochornada por constatar la cruda realidad.
Aquel hombre fue, en su día una persona atractiva, algo callado, con unos ojos claros bordeados por espesas pestañas que le daban un aspecto del intelectual que nunca fue, porque sus maneras eran sencillas, como simple era también su forma de concebir la vida. Ahora su estatura había menguado, se apoyaba en un bastón y los andares eran torpes, con un indicio de chepa muy pronunciado. Del cabello claro y abundante de antaño no quedaba nada; finos mechones blancuzcos pretendían ocultar una calvicie galopante y los ojos ¡aquellos maravillosos ojos! ahora estaban hundidos, sin expresión, como pequeñas lucecitas a punto de extinguirse.
Mi buena amiga había constatado algo tan obvio como son los estragos que produce el paso del tiempo. Cuando me contaba aquella historia, no pude menos de decirle que nosotras también habíamos cambiado, aunque los años nos hubieran tratado con mayor benevolencia. Le sugerí no torturarse por aquel desafortunado encuentro, y ver la realidad por encima de los sueños que forjara un día. Confieso que, al tiempo que me escuchaba verbalizar aquellos consejos, me los repetía también a mí misma, porque si algo me resulta cada vez más palmario es que ya, perdida la anterior generación a la que con fuerza me asía, somos los siguientes en la rueda inexorable del paso del tiempo, esperando la próxima estación que, sin duda, será la última.
Mª Soledad Martín Turiño
Quiso el azar reencontrarme con una amiga a la que no veía desde hacía tiempo; pese a vivir en la misma ciudad, cada una nos habíamos distanciado porque la vida nos llevó por sendas diferentes. Fue una mutua alegría el coincidir aquella mañana, así que nos dispusimos a tomar un café para ponernos al día. A un café siguió otro, los minutos se convirtieron en horas y casi nos quitábamos la palabra, ¡era mucho lo que teníamos pendiente!
Se había hecho demasiado tarde para las dos, así que nos despedimos no sin antes prometer vernos de nuevo sin que mediara tanto tiempo; y así, cada una retomó su camino. Me dirigía a casa, pero en mi mente sonaba sobre todo una historia que me había contado a propósito de un viejo amor que tuvo en su juventud y que, al cabo de los años, había reencontrado, pero al que le costó reconocer porque el tiempo había dejado una cruel huella en aquel rostro que un día amó tanto. Me habló de que durante años el recuerdo de aquel hombre había sido su liberación en el matrimonio insulso en el que estaba encerrada, viviendo ya más por inercia, que por amor. Sin embargo, al verle ese día, la decepción fue tal, que quiso borrar de un plumazo toda la ilusión que había puesto en aquel antiguo noviazgo. Mi amiga me lo contaba con desencanto, amargada por el despecho y la ingenuidad en la que había vivido pretendiendo detener el tiempo, y luego abochornada por constatar la cruda realidad.
Aquel hombre fue, en su día una persona atractiva, algo callado, con unos ojos claros bordeados por espesas pestañas que le daban un aspecto del intelectual que nunca fue, porque sus maneras eran sencillas, como simple era también su forma de concebir la vida. Ahora su estatura había menguado, se apoyaba en un bastón y los andares eran torpes, con un indicio de chepa muy pronunciado. Del cabello claro y abundante de antaño no quedaba nada; finos mechones blancuzcos pretendían ocultar una calvicie galopante y los ojos ¡aquellos maravillosos ojos! ahora estaban hundidos, sin expresión, como pequeñas lucecitas a punto de extinguirse.
Mi buena amiga había constatado algo tan obvio como son los estragos que produce el paso del tiempo. Cuando me contaba aquella historia, no pude menos de decirle que nosotras también habíamos cambiado, aunque los años nos hubieran tratado con mayor benevolencia. Le sugerí no torturarse por aquel desafortunado encuentro, y ver la realidad por encima de los sueños que forjara un día. Confieso que, al tiempo que me escuchaba verbalizar aquellos consejos, me los repetía también a mí misma, porque si algo me resulta cada vez más palmario es que ya, perdida la anterior generación a la que con fuerza me asía, somos los siguientes en la rueda inexorable del paso del tiempo, esperando la próxima estación que, sin duda, será la última.
Mª Soledad Martín Turiño



















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