ZAMORANA
El incidente
Detesto el derrotismo que algunos enarbolan para no aportar nada positivo, me fastidian esas personas que todo lo critican, pero no son capaces de colaborar o de implicarse en algún proyecto para saber lo difícil que resulta llevarlo a cabo. Lo más sencillo es, sin duda, desacreditar, poner palos en la rueda, desilusionar al otro y amargarle para demostrar que también están ahí, aunque sea aportando negatividad.
Esta entradilla me viene a colación de un recuerdo que me ha asaltado obsesivamente estos días y no consigo quitarme de la cabeza. Cuando estudiaba en el instituto, hace ya tantos años que me asusta recordarlo, había un profesor de latín que sacaba a la tarima a ocho alumnas –entre las que me encontraba- y solo a ellas dedicaba la clase. Nos llamaba “las chicas del sobresaliente” porque nos ganábamos esa nota a pulso, pese a que el sistema pedagógico que utilizaba fuera de lo más obsceno, obviando deliberadamente al resto de la clase que, para él, sencillamente no existía.
Recuerdo tardes enteras de domingo traduciendo “La guerra de las Galias” o “La conjuración de Catilina” y, después de cenar cuando continuaba hasta tarde, escuchar a mi padre que me urgía a acostarme. Luego, en la tarima de clase, junto con mis siete compañeras, no me permitía un solo fallo y así me gané el sobresaliente durante los cursos que cursé la asignatura de latín. Recuerdo también un día, que antes de entrar en clase, se me acercó una de las otras alumnas, pidiéndome la traducción porque no le había dado tiempo a hacerla. La conocía lo suficiente como para saber que era una persona poco disciplinada, le gustaba salir de fiesta con malas compañías y el patio de recreo le servía para encender a hurtadillas un cigarrillo con otro.
En cierto modo la temía, porque era la cabecilla de una banda de chicas de igual condición y sabía que me estaba poniendo a prueba, mientras su grupo nos miraba con curiosidad a ver como se solucionaba el encuentro. No sé de donde saqué la entereza para contestarle, tal vez de tantas horas como empleaba para estudiar, ya que me podía el tesón más que la memoria; o quizá fuera que estaba harta de la inacción y las sonrisitas de aquel grupo que siempre miraba al resto con superioridad, aunque no tenían nada de qué presumir; lo cierto es que le dije que no, que la traducción me había costado mucho esfuerzo y que se la pidiera a otra, que yo no se la iba a dar.
Me temblaban las piernas, pese a que mi voz sonaba segura mientras le hablaba mirándola fijamente a los ojos; ella, inexplicablemente, tras un silencio que se me hizo eterno, giró sobre sus talones y dándome la espalda sin decir una palabra, se dirigió hacia la puerta del patio; sus amigas la siguieron y entonces me permití dar un suspiro de alivio y satisfacción.
Mª Soledad Martín Turiño
Detesto el derrotismo que algunos enarbolan para no aportar nada positivo, me fastidian esas personas que todo lo critican, pero no son capaces de colaborar o de implicarse en algún proyecto para saber lo difícil que resulta llevarlo a cabo. Lo más sencillo es, sin duda, desacreditar, poner palos en la rueda, desilusionar al otro y amargarle para demostrar que también están ahí, aunque sea aportando negatividad.
Esta entradilla me viene a colación de un recuerdo que me ha asaltado obsesivamente estos días y no consigo quitarme de la cabeza. Cuando estudiaba en el instituto, hace ya tantos años que me asusta recordarlo, había un profesor de latín que sacaba a la tarima a ocho alumnas –entre las que me encontraba- y solo a ellas dedicaba la clase. Nos llamaba “las chicas del sobresaliente” porque nos ganábamos esa nota a pulso, pese a que el sistema pedagógico que utilizaba fuera de lo más obsceno, obviando deliberadamente al resto de la clase que, para él, sencillamente no existía.
Recuerdo tardes enteras de domingo traduciendo “La guerra de las Galias” o “La conjuración de Catilina” y, después de cenar cuando continuaba hasta tarde, escuchar a mi padre que me urgía a acostarme. Luego, en la tarima de clase, junto con mis siete compañeras, no me permitía un solo fallo y así me gané el sobresaliente durante los cursos que cursé la asignatura de latín. Recuerdo también un día, que antes de entrar en clase, se me acercó una de las otras alumnas, pidiéndome la traducción porque no le había dado tiempo a hacerla. La conocía lo suficiente como para saber que era una persona poco disciplinada, le gustaba salir de fiesta con malas compañías y el patio de recreo le servía para encender a hurtadillas un cigarrillo con otro.
En cierto modo la temía, porque era la cabecilla de una banda de chicas de igual condición y sabía que me estaba poniendo a prueba, mientras su grupo nos miraba con curiosidad a ver como se solucionaba el encuentro. No sé de donde saqué la entereza para contestarle, tal vez de tantas horas como empleaba para estudiar, ya que me podía el tesón más que la memoria; o quizá fuera que estaba harta de la inacción y las sonrisitas de aquel grupo que siempre miraba al resto con superioridad, aunque no tenían nada de qué presumir; lo cierto es que le dije que no, que la traducción me había costado mucho esfuerzo y que se la pidiera a otra, que yo no se la iba a dar.
Me temblaban las piernas, pese a que mi voz sonaba segura mientras le hablaba mirándola fijamente a los ojos; ella, inexplicablemente, tras un silencio que se me hizo eterno, giró sobre sus talones y dándome la espalda sin decir una palabra, se dirigió hacia la puerta del patio; sus amigas la siguieron y entonces me permití dar un suspiro de alivio y satisfacción.
Mª Soledad Martín Turiño



















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