ZAMORANA
La felicidad
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #96045]](https://eldiadezamora.es/upload/images/02_2025/7046_5794_sol1.jpg)
Me preguntaron el otro día si era feliz y, la verdad es que me paré a reflexionar porque me resultó muy difícil encontrar una respuesta plausible, rápida y certera. Creo en la felicidad en abstracto, como un estado de bienestar general, pero no como una situación repetida en el tiempo; es decir, la felicidad existe para disfrutarla a pequeños sorbos, como una buena bebida, y consiste en estar bien con uno mismo porque, al mismo tiempo, estás bien con lo que te rodea. Esto no es fácil de lograr, y cada cual adapta sus momentos felices a situaciones concretas.
Confieso que mi estado de bienestar lo forman cosas muy sencillas: que mis seres queridos tengan salud, que a nadie le falte un techo, que pueda mirar a los demás sin deber nada, que no olvide a quienes me educaron y me amaron… eso en el plano general; y luego ya si hago hincapié en momentos particulares, puedo sentir felicidad por cosas muy sencillas: un paseo a solas, un poema o una música que eleve mi espíritu, la soledad deseada, una película que me permita vivir las experiencias de sus protagonistas… cosas así, porque creo, como Aristóteles, que “la felicidad depende de nosotros mismos”; es un trabajo que hemos de hacer para sentirnos en paz, y a gusto, sin injerencias.
Cierto que no respondí toda esta perorata porque mi interlocutor me urgía una respuesta, pero luego, ya a solas con mis pensamientos, llegué a la conclusión de que era “moderadamente feliz”. He satisfecho mis ilusiones, tengo inquietudes que me obligan a ponerme en marcha cada día, una familia que amo; pocas, pero buenas amigas, y la capacidad de poder permitirme alguna fruslería de vez en cuando.
No creo que el dinero dé la felicidad, aunque es una ayuda considerable para sobrevivir; sin embargo, reconozco la importancia de la salud, porque sin ella nada importa, todo lo demás sobra. Tampoco creo en la fama, por muy meritoria que sea, porque es efímera y, en muchos casos, conlleva el halago fácil mientras dura y el ostracismo cuando se pierde. Confío más en aquello que uno se forja: un trabajo, una amistad, un amor… en todo hay que invertir un esfuerzo constante para que las relaciones se mantengan y perduren en el tiempo, pero al final, son las que más satisfacción nos proporcionan.
Con todo, tampoco hay que obsesionarse buscando esa dicha que se define como: “estado de grata satisfacción espiritual y física”, y añade sinónimos como: ventura, contento, satisfacción, bienestar, suerte, prosperidad, fortuna, alegría o bonanza. Creo que la felicidad llega a todos en un momento u otro y, como aseveraba Guillaume Apollinaire,: “de vez en cuando es bueno detener la búsqueda de la felicidad y simplemente ser feliz”. ¡Pues eso!
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Me preguntaron el otro día si era feliz y, la verdad es que me paré a reflexionar porque me resultó muy difícil encontrar una respuesta plausible, rápida y certera. Creo en la felicidad en abstracto, como un estado de bienestar general, pero no como una situación repetida en el tiempo; es decir, la felicidad existe para disfrutarla a pequeños sorbos, como una buena bebida, y consiste en estar bien con uno mismo porque, al mismo tiempo, estás bien con lo que te rodea. Esto no es fácil de lograr, y cada cual adapta sus momentos felices a situaciones concretas.
Confieso que mi estado de bienestar lo forman cosas muy sencillas: que mis seres queridos tengan salud, que a nadie le falte un techo, que pueda mirar a los demás sin deber nada, que no olvide a quienes me educaron y me amaron… eso en el plano general; y luego ya si hago hincapié en momentos particulares, puedo sentir felicidad por cosas muy sencillas: un paseo a solas, un poema o una música que eleve mi espíritu, la soledad deseada, una película que me permita vivir las experiencias de sus protagonistas… cosas así, porque creo, como Aristóteles, que “la felicidad depende de nosotros mismos”; es un trabajo que hemos de hacer para sentirnos en paz, y a gusto, sin injerencias.
Cierto que no respondí toda esta perorata porque mi interlocutor me urgía una respuesta, pero luego, ya a solas con mis pensamientos, llegué a la conclusión de que era “moderadamente feliz”. He satisfecho mis ilusiones, tengo inquietudes que me obligan a ponerme en marcha cada día, una familia que amo; pocas, pero buenas amigas, y la capacidad de poder permitirme alguna fruslería de vez en cuando.
No creo que el dinero dé la felicidad, aunque es una ayuda considerable para sobrevivir; sin embargo, reconozco la importancia de la salud, porque sin ella nada importa, todo lo demás sobra. Tampoco creo en la fama, por muy meritoria que sea, porque es efímera y, en muchos casos, conlleva el halago fácil mientras dura y el ostracismo cuando se pierde. Confío más en aquello que uno se forja: un trabajo, una amistad, un amor… en todo hay que invertir un esfuerzo constante para que las relaciones se mantengan y perduren en el tiempo, pero al final, son las que más satisfacción nos proporcionan.
Con todo, tampoco hay que obsesionarse buscando esa dicha que se define como: “estado de grata satisfacción espiritual y física”, y añade sinónimos como: ventura, contento, satisfacción, bienestar, suerte, prosperidad, fortuna, alegría o bonanza. Creo que la felicidad llega a todos en un momento u otro y, como aseveraba Guillaume Apollinaire,: “de vez en cuando es bueno detener la búsqueda de la felicidad y simplemente ser feliz”. ¡Pues eso!




















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