Mª Soledad Martín Turiño
Miércoles, 26 de Febrero de 2025
ZAMORANA

Reflexiones sobre Zamora

Mª Soledad Martín Turiño

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Mueren en nuestra tierra zamorana muchas más personas de las que llegan al mundo; de este modo se concluye que Zamora se está vaciando de habitantes por días. Hay quienes vivimos con la esperanza de que Monte La Reina nos traiga familias que se instalen en esta provincia (espero que muchas en la capital), y que repueblen con nacimientos esta hermosa tierra olvidada por los gobiernos de Valladolid y Madrid.

 

He clamado en numerosas ocasiones porque ambos departamentos gubernamentales que son claves para el desarrollo de nuestra región, ofrezcan su asentamiento a empresas en este suelo, barato y cómodo, y que al mismo tiempo fomenten su desarrollo con la llegada de gente joven que formarían familias, y la creación de nuevos puestos de trabajo.

 

Zamora es una ciudad preciosa, muy apta para vivir con calidad y abandonar el estrés que generan otras ciudades más grandes y pobladas. Sus comarcas ofrecen una variedad singular de paisaje y, al ser una provincia relativamente pequeña, la podemos recorrer con facilidad admirando lo más significativo de cada pueblo. En cuanto a la ciudad, cultura e historia están presentes en cada plaza de esta urbe estratégica, y sus servicios acordes con las necesidades que puedan demandarse. No existe, por tanto, inconveniente alguno para habitarla, porque no carecemos de nada que pueda añorarse. La gente, si bien en un principio parece un poco cerrada, o demasiado seria, responde al carácter castellano leonés; son personas introvertidas que no dan a conocer fácilmente sus sentimientos o su forma de pensar, y cuando se las conoce, son de trato amable, algo reservado y con emociones “pá dentro”.

 

Además de ser una ciudad con encanto, esta es una urbe vibrante y, lejos de lo que podría pensarse, rara es la festividad que no celebran; el teatro Ramos Carrión es un punto de encuentro para los amantes de la cultura; las dos arterias principales siempre están llenas de gente; eso sí, se respetan las horas de comer (entre las dos y las cinco de la tarde), y de cenar y, (a partir de las diez de la noche), y mengua la gente paseando las calles; siempre he pensado que esto es una reminiscencia de los pueblos donde el descanso tras las comidas era una costumbre arraigada y de obligado cumplimiento. 

 

Si algo echo de menos, después de haber vivido largo tiempo en una gran ciudad, es que los sábados por la tarde y los domingos cierra el comercio y la actividad se detiene; es como si la urbe necesitara su propio descanso de fin de semana, y entonces es el momento perfecto para pasearla, descubrir rincones y plazas, tomar un café o un vino en la Plaza Mayor y ver la vida pasar mientras el sol acaricia el rostro con sus suaves rayos y un intenso cielo azul turquesa nos observa desde lo alto regalándonos un feliz momento de calma.

 

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