ZAMORANA
Gracias, amigo lector
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #96911]](https://eldiadezamora.es/upload/images/03_2025/1019_5606_4032_sol1.jpg)
Hace unos días me hicieron una crítica perfectamente argumentada sobre los artículos que escribo, achacándome que en ellos destilo sentimientos repetidos como la soledad o el paso del tiempo. Mi interlocutor, a la vista de una fotografía, añadía que mi aspecto rebosaba vitalidad y no era propio que escribiera como si ya tuviera un pie en la tumba.
Confieso que me gustan las críticas: las buenas porque me animan a continuar, y las malas porque son un reto para aprender o darme cuenta de determinadas faltas que puedo cometer, e intentar subsanarlas. En este caso concreto he de decir que, si bien este lector tenía razón, porque muchos de mis escritos tienen esos temas como protagonistas, no es menos cierto que se debe a la profunda preocupación que ambos me inspiran.
Conozco personas allegadas que, en la cumbre de su ancianidad están solas, a pesar de tener hijos, de estar enfermos o no de no poder valerse por sí mismos. También conozco a gente joven que vive en soledad, al principio por voluntad propia, pero a medida que avanza la edad adulta, esa soledad la perciben como una preocupación que, no por lógica, deja de ser lamentable.
Sí, la soledad no deseada, la que llega inesperadamente y sin ser invitada, la que provoca desazón y sufrimiento, me preocupa. Es verdad que vivimos en una sociedad cada vez menos dada a las compañías: tenemos amigos virtuales; el trabajo, en ocasiones, no deja mucho tiempo para socializar; la irrupción de las nuevas tecnologías nos ha hecho más sedentarios aislándonos en nuestro propio universo… y a todo ello hemos de añadir que la esperanza de vida se alarga en el tiempo, con lo cual es más fácil que haya personas ancianas y solas, ya sea habitando sus casas o en residencias de mayores.
El otro tema del que suelo tratar a menudo es la velocidad con la que pasa el tiempo y de la que, los que tenemos ya una edad, somos cada vez más conscientes. Esto no es nuevo y tiene mucho que ver con una ley desarrollada por el médico alemán Heinrich Weber a finales del siglo XIX; en ella explica por qué el tiempo pasa más rápido a medida que nos hacemos mayores, y lo ejemplificaba perfectamente la divulgadora matemática Hannah Fry al decir: "Aunque un año tiene siempre la misma duración, la relación entre lo que dura una persona y el tiempo que lleva vivido es cada vez más pequeña".
Tal vez esa sea la razón por la que escribo a menudo sobre como el tiempo parece que se escapa como agua en una cesta, sin posibilidad de retener o estirar las horas, aunque lo importante es saber cómo se disfruta ese tiempo para que luego, al final de la vida, no quede nada por hacer y nos sintamos lo más a gusto posible con nosotros mismos por no haber desaprovechado ese don tan preciado. ¡Gracias, amigo lector!
![[Img #96911]](https://eldiadezamora.es/upload/images/03_2025/1019_5606_4032_sol1.jpg)
Hace unos días me hicieron una crítica perfectamente argumentada sobre los artículos que escribo, achacándome que en ellos destilo sentimientos repetidos como la soledad o el paso del tiempo. Mi interlocutor, a la vista de una fotografía, añadía que mi aspecto rebosaba vitalidad y no era propio que escribiera como si ya tuviera un pie en la tumba.
Confieso que me gustan las críticas: las buenas porque me animan a continuar, y las malas porque son un reto para aprender o darme cuenta de determinadas faltas que puedo cometer, e intentar subsanarlas. En este caso concreto he de decir que, si bien este lector tenía razón, porque muchos de mis escritos tienen esos temas como protagonistas, no es menos cierto que se debe a la profunda preocupación que ambos me inspiran.
Conozco personas allegadas que, en la cumbre de su ancianidad están solas, a pesar de tener hijos, de estar enfermos o no de no poder valerse por sí mismos. También conozco a gente joven que vive en soledad, al principio por voluntad propia, pero a medida que avanza la edad adulta, esa soledad la perciben como una preocupación que, no por lógica, deja de ser lamentable.
Sí, la soledad no deseada, la que llega inesperadamente y sin ser invitada, la que provoca desazón y sufrimiento, me preocupa. Es verdad que vivimos en una sociedad cada vez menos dada a las compañías: tenemos amigos virtuales; el trabajo, en ocasiones, no deja mucho tiempo para socializar; la irrupción de las nuevas tecnologías nos ha hecho más sedentarios aislándonos en nuestro propio universo… y a todo ello hemos de añadir que la esperanza de vida se alarga en el tiempo, con lo cual es más fácil que haya personas ancianas y solas, ya sea habitando sus casas o en residencias de mayores.
El otro tema del que suelo tratar a menudo es la velocidad con la que pasa el tiempo y de la que, los que tenemos ya una edad, somos cada vez más conscientes. Esto no es nuevo y tiene mucho que ver con una ley desarrollada por el médico alemán Heinrich Weber a finales del siglo XIX; en ella explica por qué el tiempo pasa más rápido a medida que nos hacemos mayores, y lo ejemplificaba perfectamente la divulgadora matemática Hannah Fry al decir: "Aunque un año tiene siempre la misma duración, la relación entre lo que dura una persona y el tiempo que lleva vivido es cada vez más pequeña".
Tal vez esa sea la razón por la que escribo a menudo sobre como el tiempo parece que se escapa como agua en una cesta, sin posibilidad de retener o estirar las horas, aunque lo importante es saber cómo se disfruta ese tiempo para que luego, al final de la vida, no quede nada por hacer y nos sintamos lo más a gusto posible con nosotros mismos por no haber desaprovechado ese don tan preciado. ¡Gracias, amigo lector!




















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