HABLEMOS
Geopolítica y cambios territoriales
Después de disfrutar hipócrita e inmerecidamente de más de medio siglo de pax americana, Occidente, en especial unas decrépitas sociedades europeas objeto a diario del fenómeno invasivo de la inmigración ilegal, no comprende la realidad política en cualquiera de sus escenarios, incluido el internacional. La política es siempre poder, y consecuentemente imperio materializado en relaciones de fuerza inseparables del conflicto y la violencia. De ahí el desconcierto de la opinión pública de países internamente bajo la férula del estatismo y la socialburocracia, a raíz de las manifestaciones sobre el control de una Groenlandia vacía en manos de la inoperante Dinamarca, aunque territorio valioso a nivel estratégico para neutralizar a una Rusia con innegable ambición de dominio.
Asistimos a un cambio profundo de equilibrios y antagonismos a escala global, algo que, guste o no, llevará a episodios de conquista y anexión, como medio de rehacer desde la ventaja un siempre frágil statu quo. A fin de cuentas, nada distinto ha sucedido en las tres últimas centurias, con reajustes territoriales de enorme calado, en paralelo a dos guerras mundiales y numerosos conflictos regionales. De cara al siglo XXI, Ucrania representa el primer y trágico aviso de lo puesto en juego por las grandes potencias. Frente a lo propalado por la eurocracia y unas partitocracias absolutamente deslegitimadas, inmersas además en patéticos sueños imperiales de grandeur o rancia hegemonía, no es el flanco medio oriental de nuestro continente el punto de máxima fricción, sin excluir nuevos choques abocados a cualquier peligrosa escalada.
El principal escenario es hoy el Pacífico, ámbito inmenso pero poco o mal definido, donde convergen de modo directo los intereses de las tres superpotencias, EE. UU., la Federación Rusa y China, junto a otras regionales de cierta entidad, caso de Australia. En el tablero global, el peón determinante a la hora de ganar la partida no son los países bálticos, cuya futura anexión por Rusia se airea a modo de espantajo belicista. La pieza mayor a cobrar será Taiwán por parte de China, no ya a causa de razones económicas sino puramente políticas, que lo son de poder y dominio. Piénsese, llegado el caso, en las repercusiones de tal enfrentamiento, desde la elevada posibilidad de escalada nuclear a dos o tres bandas. De ocurrir, atendiendo a las por desgracia inflexibles lecciones de la historia, confiemos que de alcance limitado y exclusivamente táctico.

Después de disfrutar hipócrita e inmerecidamente de más de medio siglo de pax americana, Occidente, en especial unas decrépitas sociedades europeas objeto a diario del fenómeno invasivo de la inmigración ilegal, no comprende la realidad política en cualquiera de sus escenarios, incluido el internacional. La política es siempre poder, y consecuentemente imperio materializado en relaciones de fuerza inseparables del conflicto y la violencia. De ahí el desconcierto de la opinión pública de países internamente bajo la férula del estatismo y la socialburocracia, a raíz de las manifestaciones sobre el control de una Groenlandia vacía en manos de la inoperante Dinamarca, aunque territorio valioso a nivel estratégico para neutralizar a una Rusia con innegable ambición de dominio.
Asistimos a un cambio profundo de equilibrios y antagonismos a escala global, algo que, guste o no, llevará a episodios de conquista y anexión, como medio de rehacer desde la ventaja un siempre frágil statu quo. A fin de cuentas, nada distinto ha sucedido en las tres últimas centurias, con reajustes territoriales de enorme calado, en paralelo a dos guerras mundiales y numerosos conflictos regionales. De cara al siglo XXI, Ucrania representa el primer y trágico aviso de lo puesto en juego por las grandes potencias. Frente a lo propalado por la eurocracia y unas partitocracias absolutamente deslegitimadas, inmersas además en patéticos sueños imperiales de grandeur o rancia hegemonía, no es el flanco medio oriental de nuestro continente el punto de máxima fricción, sin excluir nuevos choques abocados a cualquier peligrosa escalada.
El principal escenario es hoy el Pacífico, ámbito inmenso pero poco o mal definido, donde convergen de modo directo los intereses de las tres superpotencias, EE. UU., la Federación Rusa y China, junto a otras regionales de cierta entidad, caso de Australia. En el tablero global, el peón determinante a la hora de ganar la partida no son los países bálticos, cuya futura anexión por Rusia se airea a modo de espantajo belicista. La pieza mayor a cobrar será Taiwán por parte de China, no ya a causa de razones económicas sino puramente políticas, que lo son de poder y dominio. Piénsese, llegado el caso, en las repercusiones de tal enfrentamiento, desde la elevada posibilidad de escalada nuclear a dos o tres bandas. De ocurrir, atendiendo a las por desgracia inflexibles lecciones de la historia, confiemos que de alcance limitado y exclusivamente táctico.




















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