Mª Soledad Martín Turiño
Viernes, 02 de Enero de 2026
ZAMORANA

Recuerdos desde la niebla

[Img #104548]Un manto de suave vaho cubre la ciudad, apenas se percibe vista alguna más allá de tres metros de distancia. Hay que caminar tanteando y eso provoca un cierto recelo, como si algo malo se embozara en cada esquina; la luz es un buen aliado para sentirnos seguros; sin embargo, hoy parece que todo haya desaparecido.

 

Salgo de casa tarde, cuando han encendido las farolas, y resulta un hermoso espectáculo; se produce un halo de color rojo intenso alrededor de la luminaria que luego se va desvaneciendo suavemente; de este modo las rúas tienen una aureola de misterio que no deja de ser interesante.

 

 Hace un frio helador, de esos que se meten en el cuerpo, aunque se vaya abrigado y embozado hasta las cejas. Eso me recuerda a mi abuelo, allá en el pueblo, que en días como estos se ponía una gruesa pelliza, bufanda y su consabida boina y no tenía pereza para salir al campo retando al mal tiempo; decía que el frio era saludable, que estiraba la cara y cobijaba los pensamientos. ¡cuánto aprendí de su ejemplo callado, de su carácter parco en palabras, de su mirada escrutadora; porque mi abuelo, pese a no haber sido un hombre instruido, sabía de la vida y no le engañaba nadie!

 

Recuerdo que se levantaba tempano, cuando aún estaba oscuro, ponía un gran fuego en el hogar que caldeaba toda la casa, hacía una cafetera de café amargo y fuerte como le gustaba, cuyo aroma lo invadía todo, y luego desayunaba despacio, mirando por el ventanuco del cuarto de estar como iba naciendo el día. Después, cuando se levantaba mi abuela, algún comentario y en seguida se marchaba a sus campos, porque la tierra le tiraba demasiado, la llevaba metida en la sangre y, aunque era mayor y ya no necesitaba ocuparse de las tareas agrícolas, no pasaba un solo día sin que fuera a comprobar sus terrenos: si la cebada o el trigo crecían sin problemas, si tiraba la remolacha, la cosecha que darían los maizales… y aquel amor me lo contagió desde cría, porque cuando hablaba del campo se le iluminaban los ojos, y era la conversación más intensa que nunca escuché, aunque fuera para quejarse por lo escasa que sería la recolección (los agricultores zamoranos tienen la costumbre de no ser nunca optimistas, incluso cuando la cosecha revienta los graneros).

 

El legado de mi abuelo fue ese amor por el pueblo y por el campo, una manera de ser callada, observar mucho y habar poco; cualidades que intento poner en práctica, no siempre con fortuna, muy a mi pesar.

 

Le gustaba la caza, algo que yo siempre repudié, e iba a cazar, pero no tiraba porque las escopetas las usaban sus hijos, a los que vigilaba de reojo para ver si apuntaban bien, o cual era el resultado de la jornada contando las piezas que llevaban a casa colgadas del cinto; y si la jornada había sido provechosa, luego, en el café se hablaba de qué cazador había cobrado más trofeos, o cual era el mejor lugar para apostarse.

 

Los cazadores veían a través de la niebla, helados de frio, ya fuera caminando o quietos en sus puestos, con la escopeta siempre por delante, descubriendo en el horizonte un vuelo al que rápidamente tiraban, o un agujero en el suelo del que salían, con la pretensión de escapar, huidizos conejos o liebres; después los perros hacían el trabajo de recoger los animales que yacían en el frio suelo.

 

Muchas de esas jornadas en el campo, además de la niebla, era frecuente ver los restos que había dejado la helada nocturna sobre un terreno que a veces crujía bajo las botas como si se rompiera un pedazo de fina escarcha.

 

Hoy la niebla de la ciudad que parece no querer disiparse, me ha traído a la memoria escenas que tenía guardadas a buen recaudo desde hace muchos años y que han constituido la excusa perfecta para recordar una época feliz que ahora solo existe en mi memoria. 

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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