ZAMORANA
Diecinueve escalones
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #104597]](https://eldiadezamora.es/upload/images/01_2026/7909_5290_8721_sole-1.jpg)
En una ocasión en la que había tocado fondo, o al menos así lo sufría, no encontrando otra alternativa para obtener un poco de consuelo que la esperanza de unas palabras amables sobre su futuro, acudió a una pitonisa de renombre. Se la conocía por la veracidad de sus aciertos y el tino en sus visiones. Tras cerca de una hora de espera, pasó al interior de una habitación en semipenumbra; allí, sentada en un sillón estaba la vidente, una mujer de gratas facciones que le alargó la mano indicándole que tomara asiento.
Echó las cartas y, sin pronunciar palabra, empezó a barajarlas, luego extendió unas cuantas sobre la mesa y la miró fijamente. Ella empezó a impacientarse y le preguntó qué le deparaba el futuro y si su suerte mejoraría; entonces la adivina, por toda respuesta le dijo:
- Diecinueve escalones. Ahí está la llave de tu felicidad.
Salió de la consulta, tras abonar un costoso estipendio, con más desolación de la que tenía al entrar, preguntándose una y otra vez cual sería el significado de aquella enigmática frase y con una sensación de frustración que la llevaba a pensar que la tal pitonisa le había tomado el pelo.
Transcurrió el tiempo y siguió conviviendo con sus problemas, el trabajo le resultaba tedioso e insatisfactorio; rehuía a sus amigos porque, tras muchos años de salidas rutinarias, estaba cansada de las mismas bromas y los mismos temas. Vivía en un piso pequeño que había acomodado a su gusto por el que pagaba una fortuna en alquiler… y todo se juntó en su cabeza hasta el punto de padecer una postración generalizada que parecía no tener fin.
Durante las vacaciones de verano decidió ir al pueblo a ver a sus padres. Solo le apetecía soledad, silencio y un poco de comprensión y ellos, que la conocían bien, se lo proporcionaron sin hacer preguntas.
Dormía hasta tarde, caminaba por las tierras sin rumbo fijo, leía un libro tras otro… y un día su madre le insistió tanto que decidió ir a la capital de compras con ella. Fue una jornada agradable, estuvieron de tiendas, comieron juntas, hablaron de todo… y antes de regresar al pueblo, vio el anuncio de un piso que se vendía en una zona tranquila de la ciudad. No supo el motivo, pero no podía dejar de mirar aquel cartel que se apoyaba sobre la baranda de un coqueto balcón en el segundo piso de un edificio de tres plantas.
Tras las vacaciones regresó a su rutina diaria y al cabo de unos días le hicieron una propuesta: la empresa abriría una sede muy cerca de su pueblo y ella, por llevar más años que los demás, podía ser la candidata perfecta si aceptaba. No mostró demasiado interés ante sus jefes, pero tuvo poco que meditar porque aquella noticia era una lotería para ella. Necesitaba un cambio; salir de allí, conocer otra gente, estar cerca de su familia y comenzar de cero en un trabajo que dominaba, solo podía tener una respuesta afirmativa.
En un par de meses se hizo efectivo el traslado. Fue consciente enseguida de que tendría que alquilar un piso; por suerte allí la vida era menos costosa y podía permitirse incluso comprar una vivienda y sufragarla con la cantidad que pagaba por su antiguo alquiler. Llegó hasta aquella vivienda que había visto con su madre en el verano; aún estaba a la venta, así que fue a la inmobiliaria para que se la enseñaran. Le encantó nada más verla, hizo los trámites oportunos y se vio dueña por primera vez del lugar que la albergaba.
Sus padres la visitaban con frecuencia y ella se enfrascó en la decoración de la casa con inusitada ilusión. Siempre utilizaba el ascensor porque raro era el día que no iba cargada con nuevas adquisiciones para su recién estrenado hogar, hasta que un día que el ascensor tardaba, decidió subir por la escalera. Iba tan ensimismada en lo que haría al llegar, que no fue consciente hasta alcanzar el rellano junto a la puerta de entrada de su casa; entonces observó un momento y contó: ¡diecinueve escalones!.
La pitonisa había acertado en su predicción.
![[Img #104597]](https://eldiadezamora.es/upload/images/01_2026/7909_5290_8721_sole-1.jpg)
En una ocasión en la que había tocado fondo, o al menos así lo sufría, no encontrando otra alternativa para obtener un poco de consuelo que la esperanza de unas palabras amables sobre su futuro, acudió a una pitonisa de renombre. Se la conocía por la veracidad de sus aciertos y el tino en sus visiones. Tras cerca de una hora de espera, pasó al interior de una habitación en semipenumbra; allí, sentada en un sillón estaba la vidente, una mujer de gratas facciones que le alargó la mano indicándole que tomara asiento.
Echó las cartas y, sin pronunciar palabra, empezó a barajarlas, luego extendió unas cuantas sobre la mesa y la miró fijamente. Ella empezó a impacientarse y le preguntó qué le deparaba el futuro y si su suerte mejoraría; entonces la adivina, por toda respuesta le dijo:
- Diecinueve escalones. Ahí está la llave de tu felicidad.
Salió de la consulta, tras abonar un costoso estipendio, con más desolación de la que tenía al entrar, preguntándose una y otra vez cual sería el significado de aquella enigmática frase y con una sensación de frustración que la llevaba a pensar que la tal pitonisa le había tomado el pelo.
Transcurrió el tiempo y siguió conviviendo con sus problemas, el trabajo le resultaba tedioso e insatisfactorio; rehuía a sus amigos porque, tras muchos años de salidas rutinarias, estaba cansada de las mismas bromas y los mismos temas. Vivía en un piso pequeño que había acomodado a su gusto por el que pagaba una fortuna en alquiler… y todo se juntó en su cabeza hasta el punto de padecer una postración generalizada que parecía no tener fin.
Durante las vacaciones de verano decidió ir al pueblo a ver a sus padres. Solo le apetecía soledad, silencio y un poco de comprensión y ellos, que la conocían bien, se lo proporcionaron sin hacer preguntas.
Dormía hasta tarde, caminaba por las tierras sin rumbo fijo, leía un libro tras otro… y un día su madre le insistió tanto que decidió ir a la capital de compras con ella. Fue una jornada agradable, estuvieron de tiendas, comieron juntas, hablaron de todo… y antes de regresar al pueblo, vio el anuncio de un piso que se vendía en una zona tranquila de la ciudad. No supo el motivo, pero no podía dejar de mirar aquel cartel que se apoyaba sobre la baranda de un coqueto balcón en el segundo piso de un edificio de tres plantas.
Tras las vacaciones regresó a su rutina diaria y al cabo de unos días le hicieron una propuesta: la empresa abriría una sede muy cerca de su pueblo y ella, por llevar más años que los demás, podía ser la candidata perfecta si aceptaba. No mostró demasiado interés ante sus jefes, pero tuvo poco que meditar porque aquella noticia era una lotería para ella. Necesitaba un cambio; salir de allí, conocer otra gente, estar cerca de su familia y comenzar de cero en un trabajo que dominaba, solo podía tener una respuesta afirmativa.
En un par de meses se hizo efectivo el traslado. Fue consciente enseguida de que tendría que alquilar un piso; por suerte allí la vida era menos costosa y podía permitirse incluso comprar una vivienda y sufragarla con la cantidad que pagaba por su antiguo alquiler. Llegó hasta aquella vivienda que había visto con su madre en el verano; aún estaba a la venta, así que fue a la inmobiliaria para que se la enseñaran. Le encantó nada más verla, hizo los trámites oportunos y se vio dueña por primera vez del lugar que la albergaba.
Sus padres la visitaban con frecuencia y ella se enfrascó en la decoración de la casa con inusitada ilusión. Siempre utilizaba el ascensor porque raro era el día que no iba cargada con nuevas adquisiciones para su recién estrenado hogar, hasta que un día que el ascensor tardaba, decidió subir por la escalera. Iba tan ensimismada en lo que haría al llegar, que no fue consciente hasta alcanzar el rellano junto a la puerta de entrada de su casa; entonces observó un momento y contó: ¡diecinueve escalones!.
La pitonisa había acertado en su predicción.

















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