NUESTRA HISTORIA
Un patrimonio monumental abierto al pueblo
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha mucho tiempo, se diría que unos veinte años, que no son nada al decir del tango de Gardel, intenté, mediante artículos, numerosos, que la Torre de la Catedral fuese accesible para la gente, tanto para la zamorana, como para que nos visitase. Guarido anunció que había llegado a un acuerdo con la Iglesia para, ¡por fin!, hacer posible esa idea, que contribuiría al enriquecimiento cultural de nuestra ciudad y, por supuesto, para que recaudase más dinero la Diócesis con destino a sus numerosas obras de caridad. A no tardar, en este 2026, mi sueño, y el de muchos zamoranos se transformará en realidad.
¿Por qué he anhelado tanto ese acceso a la cima de la Seo? En principio, porque tuve la fortuna, el privilegio, en tres oportunidades, de pasear por los tejados de la Catedral, abrazar su Cúpula y contemplar Zamora desde el tejadillo de la Torre.
El patrimonio monumental de nuestra ciudad nos pertenece a todos los zamoranos y también a todos los españoles y extranjeros ávidos de historia y cultura. Si legado de los hombres y las mujeres del tiempo pretérito, deberíamos disfrutarlo y conocerlo, porque poseyendo consciencia de esa herencia secular, lo amaríamos más, lo defenderíamos con las armas de nuestro intelecto y velaríamos por su conservación, a través de la exigencia a los poderes públicos correspondientes a su protección.
Nunca he olvidado a las damas que surcaron el mar de mi vida en mi barquito de carne y hueso, con una vela de inteligencia, como nunca abandonarán mi memoria aquellas horas que abracé la Cúpula de nuestra Seo, un seno de piedra que amamantó a los zamoranos desde que vieron la luz primera, que nos acompañó en nuestra niñez, que cobijó nuestras pasiones eróticas desde su jerarquía en los oscuros jardines de nuestro Castillo o la Rúa del Troncoso. Siempre permanecerá en mis recuerdos, allí donde more, donde viva, donde muera, la fornida imagen de la Torre de la Catedral, su musculatura prodigiosa, su altivez y su orgullo como el monumento más esbelto de la Ciudad del Romancero, la de Doña Urraca y Arias Gonzalo, la de Bellido Dolfos también, y la que le dio fama a Rodrigo Díaz de Vivar.
El Cerco de Zamora, imagen de Troya, tragedia que habría escrito Shakespeare, marca nuestra historia, como el Duero define nuestra geografía. Nuestro futuro como ciudad se vincula al pasado y a un río. No lo olvidemos. Seamos laboriosos y aportemos ideas y proyectos para que la Cúpula de la Catedra y su Torre sean más nuestras, más bellas, más atractivas. La herencia del tiempo, de las figuras históricas de nuestra tierra, nos abrirá el horizonte del progreso. Esculpamos estatuas de todos nuestros héroes en las plazas y zonas verdes de la ciudad: Doña Urraca, Arias Gonzalo y sus hijos, Bellido Dolfos y, por qué no, al Rodrigo Díaz de Vivar.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha mucho tiempo, se diría que unos veinte años, que no son nada al decir del tango de Gardel, intenté, mediante artículos, numerosos, que la Torre de la Catedral fuese accesible para la gente, tanto para la zamorana, como para que nos visitase. Guarido anunció que había llegado a un acuerdo con la Iglesia para, ¡por fin!, hacer posible esa idea, que contribuiría al enriquecimiento cultural de nuestra ciudad y, por supuesto, para que recaudase más dinero la Diócesis con destino a sus numerosas obras de caridad. A no tardar, en este 2026, mi sueño, y el de muchos zamoranos se transformará en realidad.
¿Por qué he anhelado tanto ese acceso a la cima de la Seo? En principio, porque tuve la fortuna, el privilegio, en tres oportunidades, de pasear por los tejados de la Catedral, abrazar su Cúpula y contemplar Zamora desde el tejadillo de la Torre.
El patrimonio monumental de nuestra ciudad nos pertenece a todos los zamoranos y también a todos los españoles y extranjeros ávidos de historia y cultura. Si legado de los hombres y las mujeres del tiempo pretérito, deberíamos disfrutarlo y conocerlo, porque poseyendo consciencia de esa herencia secular, lo amaríamos más, lo defenderíamos con las armas de nuestro intelecto y velaríamos por su conservación, a través de la exigencia a los poderes públicos correspondientes a su protección.
Nunca he olvidado a las damas que surcaron el mar de mi vida en mi barquito de carne y hueso, con una vela de inteligencia, como nunca abandonarán mi memoria aquellas horas que abracé la Cúpula de nuestra Seo, un seno de piedra que amamantó a los zamoranos desde que vieron la luz primera, que nos acompañó en nuestra niñez, que cobijó nuestras pasiones eróticas desde su jerarquía en los oscuros jardines de nuestro Castillo o la Rúa del Troncoso. Siempre permanecerá en mis recuerdos, allí donde more, donde viva, donde muera, la fornida imagen de la Torre de la Catedral, su musculatura prodigiosa, su altivez y su orgullo como el monumento más esbelto de la Ciudad del Romancero, la de Doña Urraca y Arias Gonzalo, la de Bellido Dolfos también, y la que le dio fama a Rodrigo Díaz de Vivar.
El Cerco de Zamora, imagen de Troya, tragedia que habría escrito Shakespeare, marca nuestra historia, como el Duero define nuestra geografía. Nuestro futuro como ciudad se vincula al pasado y a un río. No lo olvidemos. Seamos laboriosos y aportemos ideas y proyectos para que la Cúpula de la Catedra y su Torre sean más nuestras, más bellas, más atractivas. La herencia del tiempo, de las figuras históricas de nuestra tierra, nos abrirá el horizonte del progreso. Esculpamos estatuas de todos nuestros héroes en las plazas y zonas verdes de la ciudad: Doña Urraca, Arias Gonzalo y sus hijos, Bellido Dolfos y, por qué no, al Rodrigo Díaz de Vivar.

















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