REFLEXIONES
Nieve y progreso en Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
En Zamora nos “nievan” las sobras. No nieva, como es menester, en otro páramos y urbes. Hasta la atmósfera se ríe de nosotros. Al alba unas nubes blancas acariciaron a la ciudad del Romancero, con unos copos pequeños, casi liliputienses. Después, tras el leve toque del cielo de enero, jardines y tejados, templos románicos y árboles lucieron más bellos. Fotógrafos aprovecharon este maná insípido para reflejar la belleza de ese vínculo entre la tierra y el cielo, tan ingrato con Zamora en los años de esta centuria.
La nieve es tímida, porque, como sabe que las dueñas del invierno zamorano son las nieblas y las heladas, hermanas de leche, prefiere guardar silencio y pasar desapercibida. Así somos también los zamoranos, gentes acobardadas por la política, conformistas con los desdenes públicos, silentes ante los agravios. Y, además, nos fue a nevar cuando los hijos de esta tierra, los que viven allende de nuestras fronteras se marcharon con los Reyes Magos, para dejarnos una ciudad más vacía, una provincia en pleno desierto demográfico y una fe sin esperanza. Y recuerdo aquellos versos de Antonio Machado, que definen la esencia de vivir: “¡Ay del noble peregrino que se para a meditar, después del largo camino, en el horror del llegar!
Muchos zamoranos peregrinaron para encontrar trabajo en otras regiones o naciones, donde meditaron sobre por qué su tierra se fue depauperando, despoblando, envejeciendo y diluyendo como si fuera un óleo pintado por Leonardo y su célebre “sfumato”. Y quizá desde esa distancia comprendan que nuestra escasa actividad económica, envejecimiento y emigración se deben a la incapacidad para exigir inversiones a los políticos, a la falta de carácter para enfrentarse a la injustica, a su escasa fuerza para transformar esta sociedad pacata, envejecida y enlutada de nieve negra.
A no tardar, cuando nosotros pretendamos hacer muñecos de nieve o jugar a tirarnos bolas de nieve y besarnos bajo árboles blancos, tendremos que peregrinar también, como el protagonista del poema machadiano a otros lares donde nieva a las órdenes de la atmósfera.
Quizá algún día la nieve se encapriche del bosque de Valorio, del Duero y Catedral y del arte románico y… del alma de nuestra gente. Quizá algún político, a no tardar, elija nuestra tierra para industrializarla y desarrollarla con preferencia. A nosotros nos gusta ver nevar también y que cuaje el progreso en la geografía zamorana.
Eugenio-Jesús de Ávila
En Zamora nos “nievan” las sobras. No nieva, como es menester, en otro páramos y urbes. Hasta la atmósfera se ríe de nosotros. Al alba unas nubes blancas acariciaron a la ciudad del Romancero, con unos copos pequeños, casi liliputienses. Después, tras el leve toque del cielo de enero, jardines y tejados, templos románicos y árboles lucieron más bellos. Fotógrafos aprovecharon este maná insípido para reflejar la belleza de ese vínculo entre la tierra y el cielo, tan ingrato con Zamora en los años de esta centuria.
La nieve es tímida, porque, como sabe que las dueñas del invierno zamorano son las nieblas y las heladas, hermanas de leche, prefiere guardar silencio y pasar desapercibida. Así somos también los zamoranos, gentes acobardadas por la política, conformistas con los desdenes públicos, silentes ante los agravios. Y, además, nos fue a nevar cuando los hijos de esta tierra, los que viven allende de nuestras fronteras se marcharon con los Reyes Magos, para dejarnos una ciudad más vacía, una provincia en pleno desierto demográfico y una fe sin esperanza. Y recuerdo aquellos versos de Antonio Machado, que definen la esencia de vivir: “¡Ay del noble peregrino que se para a meditar, después del largo camino, en el horror del llegar!
Muchos zamoranos peregrinaron para encontrar trabajo en otras regiones o naciones, donde meditaron sobre por qué su tierra se fue depauperando, despoblando, envejeciendo y diluyendo como si fuera un óleo pintado por Leonardo y su célebre “sfumato”. Y quizá desde esa distancia comprendan que nuestra escasa actividad económica, envejecimiento y emigración se deben a la incapacidad para exigir inversiones a los políticos, a la falta de carácter para enfrentarse a la injustica, a su escasa fuerza para transformar esta sociedad pacata, envejecida y enlutada de nieve negra.
A no tardar, cuando nosotros pretendamos hacer muñecos de nieve o jugar a tirarnos bolas de nieve y besarnos bajo árboles blancos, tendremos que peregrinar también, como el protagonista del poema machadiano a otros lares donde nieva a las órdenes de la atmósfera.
Quizá algún día la nieve se encapriche del bosque de Valorio, del Duero y Catedral y del arte románico y… del alma de nuestra gente. Quizá algún político, a no tardar, elija nuestra tierra para industrializarla y desarrollarla con preferencia. A nosotros nos gusta ver nevar también y que cuaje el progreso en la geografía zamorana.

















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