Mª Soledad Martín Turiño
Sábado, 10 de Enero de 2026
ZAMORANA

Paseo invernal por el pueblo

[Img #104715]Me he dado un paseo por el pueblo, nadie en las calles con esta niebla y este frio que ahuyenta al personal. He podido disfrutar, pertrechada tras un grueso abrigo, bufanda y botas, de las calles solitarias, del mismo olor a chimenea y leña que aún humea en algunas casas, del silencio que dice tantas cosas. Me ha sorprendido ver que la villa está vallada, impidiendo el acceso que muchas veces gocé cuando era pequeña: subir y bajar aquel montículo, observar desde lo alto las eras, las carreteras, la vega, el rio o los viejos restos de lo que un día fue un castillo, era una distracción sencilla que me proporcionaba gratos momentos.

 

Otras veces, sentada en lo alto, con un cuaderno en la mano, iba desgranando sentimientos mientras el viento acariciaba mi cabello, o me deleitaba con la crecida del cereal que se sembraba en la cima. La villa, como la conocemos todos, está cercada, ignoro el motivo; pero es otro más por el que el pueblo cambia desconociendo si será para bien.

 

Continúo mi camino y me adentro por la calle de la iglesia de La Asunción, un templo de estilo románico rural, con modificaciones góticas, renacentistas y barrocas, construido bajo la advocación de Santa María del Mercado que, como suponía, está cerrada. Han colocado unas losetas nuevas delimitando la plaza y ha quedado bien, se nota cuidada. La torre de ladrillo, que llamamos con jactancia “la buena moza”, máxima expresión del orgullo de los nacidos y criados en Castronuevo, sigue erguida, desafiando al cielo; pero aparece mellada por el efecto de la climatología, la falta de conservación, y el paso del tiempo. Asimismo, se han desprendido algunas lascas desde lo alto del arco gallonado que se remata con una especie de pararrayos.

 

Dejando el pueblo atrás, me llego hasta la cuesta que baja al rio, lo observo desde allí porque el frio es helador y esta excursión empieza a parecerme un despropósito; así que contemplo el viejo Valderaduey que, aun siendo un charquito, discurre como siempre sin llegar a secarse.

 

Antes de coger el coche y calentar mi cuerpo helado, me acerco al cementerio; por fortuna está abierto, entro y voy directa a las sepulturas de mi familia que descansan bajo losas cubiertas por una capa de fina helada. Un momento de reflexión, una oración musitada y cierro la puerta para entrar en el coche. La calefacción me permite dejar de tiritar y, poco a poco, entro en calor. Me gusta estar unos momentos en silencio, antes de reanudar el camino de vuelta; siempre pienso que en este pueblo se forjó el carácter de una niña, vio pasar su adolescencia y juventud y nunca dejé de amarle con todo el corazón. Aún hoy, libre de las queridas ataduras familiares, Castronuevo es mi otro horizonte, mi cuna, y así será siempre.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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