Miércoles, 14 de Enero de 2026

Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 13 de Enero de 2026
ZAMORANA

Restos

Mª Soledad Martín Turiño

Ilustran estas reflexiones varios arados hincados en la tierra, abandonados junto al rio de mi pueblo, a merced de la climatología que, poco a poco, los irá cubriendo de una pátina de herrumbre y allí quedarán, clavados al suelo como testigos de una época que ya no existe. El mundo agrícola está desapareciendo por días, las autoridades políticas se han empeñado en borrar de un plumazo una forma de vida que dio de comer a España durante una larga época y que ahora ya no sale rentable; es preferible recurrir a productos marroquíes e incluso latinoamericanos porque son más baratos y no han de pasar por los trámites burocráticos a los que les obliga la Unión Europea.

 

En la provincia de Zamora (supongo que en las demás Comunidades Autónomas ocurrirá otro tanto), hace tiempo que no se ven rebaños de ovejas surcando el pueblo y dejando tras de sí una estela de polvo, ni tampoco están en los campos bajo la mirada atenta del pastor, simplemente han desaparecido; como también lo han hecho los animales que antes se criaban en casa: el corral repleto de gallinas, pollos o patos; las pocilgas con cerdos de cría, e incluso las vacas de cuyo producto se abastecía el pueblo, una vez los ganaderos las ordeñaban y luego dejaban las enormes lecheras para que las recogiera el camión cisterna hasta la quesería o la fábrica, donde procesar la leche para convertirla en queso u otros productos lácteos.

 

Ahora muchas casas de los pueblos están vacías, apenas quedan  animales domésticos; tal y como ocurría con los agricultores, los ganaderos también van desapareciendo a medida que se jubilan, el relevo generacional casi no existe; la matanza, que era un ritual obligado en los pueblos, ahora asiste a una triste decadencia, porque es preferible comprar el producto directamente en los comercios de la capital o, como mucho, adquirir la carne y hacer los chorizos en casa; y en los sobraos ya no cuelgan los chorizos ni los jamones para secarse hasta su completa curación.

        

Los pueblos zamoranos son hoy un triste reflejo de lo que fueron un día; pueblos fantasmas, sin raigambre, sin personas que los habiten, sin alternativa, con una forma de vida que no ha sido sustituida por otra… y ahí siguen, hasta que las casas se vayan arruinando y dejen solares vacíos, cerrando historias que parece que nunca hubiesen ocurrido, historias de vida, de personas que habitaron entre aquellos muros que se debilitan por la dejadez y la ausencia; a eso me huelen las viejas villas de esta tierra: a ausencia, a un frio helador que traspasa los sentimientos, a una dolorosa nostalgia y también a la sensación de ser un poco cómplices de esta situación porque nosotros, los hijos y nietos de quienes vivieron aquí, tampoco nos hemos rebelado; hablamos mucho, denunciamos, pero seguimos acatando, tolerando como lo hacían ellos, y eso que hemos criticado con dureza aquella forma de ser dócil y mansa. 

 

Poco se puede hacer si seguimos siendo pequeños Davids contra poderosos Goliats que siempre van a someternos con sus políticas. Han cambiado la forma de vida de los pueblos, los han vaciado y ahora siembran las tierras con plantas fotovoltaicas destrozando el paisaje de la llanura.

 

Duele comprobar como cada día se desmantelan las villas que tuvieron una cierta relevancia en el pasado; por eso intento aferrarme a los recuerdos, como hacen todavía los mayores que quedan, y así vivimos, más para el ayer que en el presente, porque este hoy no nos gusta. 

 

Delibes, uno de mis autores de cabecera, ponía en boca de Isidoro (personaje de su libro “Castilla”): “ser de pueblo es un don de Dios. El pueblo permanece, la ciudad se desintegra: los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo serán siempre los mismos”, porque “ser de pueblo es una cosa importante”.

 

De eso nos valemos quienes nos hemos criado en un pueblo, de pensar que “ser de pueblo es una cosa importante”; no obstante, con el transcurrir de los años he visto que también el teso cambia, y el nido de cigüeña tuvieron que arrancarlo de la torre porque era un peligro debido a su peso. De momento el riachuelo y los chopos siguen ahí, pero todo se ha transformado, ha perdido su esencia, aunque para mí el hecho de que permanezcan todavía, pese a tales variaciones, sigue siendo el eje de mi vida, igual que aquel poderoso motor en el que se convirtió mi pueblo y que condicionó y marcó para siempre mi existencia.

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.42

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.