CIUDADANO
Las dos zamoras
Eugenio-Jesús de Ávila
En esencia, hay dos zamoras: la de los privilegiados, algunos políticos, todos los que llevan décadas viviendo, y de qué manera, de la res pública, gente que, sin mayores méritos, salvo la obediencia ovejuna al líder, sea el que fuere, percibirán la mayor pensión del Estado, y la otra, la que formamos trabajadores, autónomos, pequeños empresarios del comercio, de la industria, parados, jubilados…en definitiva, el pueblo.
La Zamora poderosa nunca ha busco la equidad. La gente de la política solo trabaja para sí misma y para el partido, porque vivir de la res pública, en esta democracia engañabobos, resulta todo un chollo. La Zamora que obedece tampoco presenta uniformidad social.
Me explico. Hay ciudadanos que disfrutan de la función pública, de ocho de la mañana a las tres de la tarde, que encontraron acomodo en las instituciones del Estado, locales, provinciales y regionales, merced al nepotismo. Existe un árbol genealógico al respecto. Y otras personas, la gran mayoría, que, día tras día de su vida, desde que se convirtieron en adultos, trabajan para ganarse el pan y pagarle el fisco numerosos impuestos. Se trata de ciudadanos serios, que nunca recibieron ayudas políticas, que siempre dependieron de su talento y labor para progresar y, a veces, ni el trabajo ni la inteligencia les sirvieron para sacar adelante sus negocios.
También, dentro de la Zamora que sufre, la que no sabe cómo le irán las cosas mañana, en sus negocios, trabajos, hay individuos inconformistas, librepensadores, rebeldes, que dan la cara, que se la juegan, que se arriesgan para hacer una sociedad mejor. En esta Zamora, también conviven políticos que quieren cambiar el actual estado de las cosas, que no aspiran a vivir profesionalmente de la política.
La otra Zamora, la que no se resigna, sigue trabajando por un futuro mejor desde este presente surrealista, indigno y decadente. Y si existen ciudadanos enojados con los políticos, se debe a que las cosas no van bien; sin eufemismos, la ciudad se nos va de las manos hacia el pasado, hacia un punto sin retorno. La provincia ya ha sido condenada al desierto demográfico.
Eugenio-Jesús de Ávila
En esencia, hay dos zamoras: la de los privilegiados, algunos políticos, todos los que llevan décadas viviendo, y de qué manera, de la res pública, gente que, sin mayores méritos, salvo la obediencia ovejuna al líder, sea el que fuere, percibirán la mayor pensión del Estado, y la otra, la que formamos trabajadores, autónomos, pequeños empresarios del comercio, de la industria, parados, jubilados…en definitiva, el pueblo.
La Zamora poderosa nunca ha busco la equidad. La gente de la política solo trabaja para sí misma y para el partido, porque vivir de la res pública, en esta democracia engañabobos, resulta todo un chollo. La Zamora que obedece tampoco presenta uniformidad social.
Me explico. Hay ciudadanos que disfrutan de la función pública, de ocho de la mañana a las tres de la tarde, que encontraron acomodo en las instituciones del Estado, locales, provinciales y regionales, merced al nepotismo. Existe un árbol genealógico al respecto. Y otras personas, la gran mayoría, que, día tras día de su vida, desde que se convirtieron en adultos, trabajan para ganarse el pan y pagarle el fisco numerosos impuestos. Se trata de ciudadanos serios, que nunca recibieron ayudas políticas, que siempre dependieron de su talento y labor para progresar y, a veces, ni el trabajo ni la inteligencia les sirvieron para sacar adelante sus negocios.
También, dentro de la Zamora que sufre, la que no sabe cómo le irán las cosas mañana, en sus negocios, trabajos, hay individuos inconformistas, librepensadores, rebeldes, que dan la cara, que se la juegan, que se arriesgan para hacer una sociedad mejor. En esta Zamora, también conviven políticos que quieren cambiar el actual estado de las cosas, que no aspiran a vivir profesionalmente de la política.
La otra Zamora, la que no se resigna, sigue trabajando por un futuro mejor desde este presente surrealista, indigno y decadente. Y si existen ciudadanos enojados con los políticos, se debe a que las cosas no van bien; sin eufemismos, la ciudad se nos va de las manos hacia el pasado, hacia un punto sin retorno. La provincia ya ha sido condenada al desierto demográfico.















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