ZAMORANA
La elección
Raras veces se consigue en la vida lo que uno había proyectado; tal vez sea ese, el llamado “misterio de la vida”, el que deja suspendidas en el aire infinitas posibilidades para que cuajen dentro de una u otra existencia, opciones con las que no se contaba y que muchas veces sorprenden, ya sea para bien o para mal.
Pensaba yo esto a propósito de una conversación que mantuve hace muchos años con un vecino de mi pueblo. Se lamentaba de que, al ser hijo único, debía continuar con el legado familiar: tierras y ganado; y eso le evitaría ponerse al nivel de los demás jóvenes, estudiar una carrera y salir adelante fuera del pueblo. En aquella ocasión es cierto que sus previsiones se cumplieron a rajatabla, ya que continuó la tarea de su padre desde que faltó.
Me lo encontré por casualidad en una de las fugaces visitas que hago al pueblo y al saludarle, le vi muy cambiado, supongo que por el paso de tantos años desde nuestra conversación. Una mutua sonrisa nos hizo cómplices, esa sonrisa entre resignada y melancólica que nos transmitió tanto que no hizo falta preguntar. Sus manos, gruesas y ásperas denotaban haber trabajado mucho; su cuerpo, ahora más débil y encorvado, presentaba los signos de un prematuro envejecimiento que no se correspondía con su edad. Me dijo:
“¿Has visto como yo no he tenido sorpresas en la vida? Todo ha transcurrido según lo previsto y aquí estamos, ya casi en el último tercio y a punto de completar el círculo”.
Yo, sin embargo, también había vivido una historia prevista de antemano, aunque mucho más benevolente; pagué el precio de salir del pueblo a cambio de tener un futuro, estudios y una profesión que me facilitara independencia. Tras unas cuantas frases y un adiós apresurado, cada uno regresó a sus quehaceres mientras un aluvión de recuerdos impregnaba la mente mientras caminaba hasta el coche que me llevaría de vuelta a casa.
Entonces regresé a mi mundo seguro, de gentes alzadas en un nivel superior que acababan convirtiéndose en superficiales porque habían logrado todas las bondades que la vida podía ofrecerles. Pensaba continuamente si mi precio no había sido también demasiado alto y anhelaba, tal vez solo por un instante, saber cómo hubiera sido mi vida de haber continuado en el pueblo; seguramente habría seguido las normas instituidas: habría formado una familia y llevado una vida sencilla; pero durante todo ese tiempo el aire que respirara habría sido más puro, y a la hora de la melancolía hubiese bajado al rio a confesarle mi zozobra en la seguridad que de vuelta a casa ya se habría disipado; no obstante, desde que salí del pueblo y vi las muchas opciones a las que podía aspirar, aun pagando un alto precio, ya había hecho mi elección.
Mª Soledad Martín Turiño
Raras veces se consigue en la vida lo que uno había proyectado; tal vez sea ese, el llamado “misterio de la vida”, el que deja suspendidas en el aire infinitas posibilidades para que cuajen dentro de una u otra existencia, opciones con las que no se contaba y que muchas veces sorprenden, ya sea para bien o para mal.
Pensaba yo esto a propósito de una conversación que mantuve hace muchos años con un vecino de mi pueblo. Se lamentaba de que, al ser hijo único, debía continuar con el legado familiar: tierras y ganado; y eso le evitaría ponerse al nivel de los demás jóvenes, estudiar una carrera y salir adelante fuera del pueblo. En aquella ocasión es cierto que sus previsiones se cumplieron a rajatabla, ya que continuó la tarea de su padre desde que faltó.
Me lo encontré por casualidad en una de las fugaces visitas que hago al pueblo y al saludarle, le vi muy cambiado, supongo que por el paso de tantos años desde nuestra conversación. Una mutua sonrisa nos hizo cómplices, esa sonrisa entre resignada y melancólica que nos transmitió tanto que no hizo falta preguntar. Sus manos, gruesas y ásperas denotaban haber trabajado mucho; su cuerpo, ahora más débil y encorvado, presentaba los signos de un prematuro envejecimiento que no se correspondía con su edad. Me dijo:
“¿Has visto como yo no he tenido sorpresas en la vida? Todo ha transcurrido según lo previsto y aquí estamos, ya casi en el último tercio y a punto de completar el círculo”.
Yo, sin embargo, también había vivido una historia prevista de antemano, aunque mucho más benevolente; pagué el precio de salir del pueblo a cambio de tener un futuro, estudios y una profesión que me facilitara independencia. Tras unas cuantas frases y un adiós apresurado, cada uno regresó a sus quehaceres mientras un aluvión de recuerdos impregnaba la mente mientras caminaba hasta el coche que me llevaría de vuelta a casa.
Entonces regresé a mi mundo seguro, de gentes alzadas en un nivel superior que acababan convirtiéndose en superficiales porque habían logrado todas las bondades que la vida podía ofrecerles. Pensaba continuamente si mi precio no había sido también demasiado alto y anhelaba, tal vez solo por un instante, saber cómo hubiera sido mi vida de haber continuado en el pueblo; seguramente habría seguido las normas instituidas: habría formado una familia y llevado una vida sencilla; pero durante todo ese tiempo el aire que respirara habría sido más puro, y a la hora de la melancolía hubiese bajado al rio a confesarle mi zozobra en la seguridad que de vuelta a casa ya se habría disipado; no obstante, desde que salí del pueblo y vi las muchas opciones a las que podía aspirar, aun pagando un alto precio, ya había hecho mi elección.
Mª Soledad Martín Turiño



















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