NOTAS DEL PENSAMIENTO
Nuevos dogmas manchados de inmoralidad
José Antonio Ávila López
![[Img #105188]](https://eldiadezamora.es/upload/images/01_2026/7527_7494_4029_5358_389_4159_2973_jose-antonio-avila-lopez.jpg)
La característica de nuestro tiempo, realmente cargante, es que la moralización de la política ha sido total. Los dogmas morales del feminismo de género hasta el catastrofismo climático, inundaron la agenda política de los partidos que se subieron a esos dogmas. Pero “una política más moral en sus gestos no quiere decir que sea más moral en su contenido”. En realidad es exactamente lo contrario : la exhibición moral en la política permite deambular por ella a auténticos monstruos, dedicados a convertir a sus adversarios en herejes para ocultar el hecho de su profunda inmoralidad. ¿O creen ustedes que esas personas que regañan desde sus podios morales (piensen, por ejemplo, en Irene Montero) son personas con altos estándares morales? De ninguna manera. En fin, que la política se ha convertido en un campo de batalla moral, por el que deambulan con muchos gritos y aspavientos seres realmente amorales. Pero claro, estos procesos no son tan nítidos como le gustarían a algunos partidos políticos. Al final, los adeptos que le cogen afición a la caza de brujas, llegan a convencerse de su bondad, y pueden llegar a incinerar al inquisidor de turno. La erosión del Estado de derecho, o la confraternización con dictaduras narco-bolivarianas ha dado igual a estos seres morales. Pero ha bastado con que algunos socialistas de boquilla hayan puesto «un poquito de su parte» para que Van Helsing se dé cuenta de que ahora los de las antorchas lo miran mal a él. Es como esas escenas de película en la que unas mujeres disfrazadas acaban lapidando al Sumo Sacerdote. ¡Tal vez sea éste el grotesco fin del sanchismo! En todo caso, si sobrevivimos a él, habremos accedido a valiosas lecciones, y una es ésta : “el ciudadano debe desconfiar del político que se sube a un falso podio moral”, porque debe entender inmediatamente que “el podio no es más que una prótesis con la que pretende disimular su amoralidad”. Debemos devolver la moral a la política, pero la de verdad, no la de las banderitas del partido. No toleremos ni un instante a los que mienten ni a los que roban. Expulsemos a los que, con total naturalidad, carecen de vocación de servicio público y acuden a la política para vivir bien.
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La característica de nuestro tiempo, realmente cargante, es que la moralización de la política ha sido total. Los dogmas morales del feminismo de género hasta el catastrofismo climático, inundaron la agenda política de los partidos que se subieron a esos dogmas. Pero “una política más moral en sus gestos no quiere decir que sea más moral en su contenido”. En realidad es exactamente lo contrario : la exhibición moral en la política permite deambular por ella a auténticos monstruos, dedicados a convertir a sus adversarios en herejes para ocultar el hecho de su profunda inmoralidad. ¿O creen ustedes que esas personas que regañan desde sus podios morales (piensen, por ejemplo, en Irene Montero) son personas con altos estándares morales? De ninguna manera. En fin, que la política se ha convertido en un campo de batalla moral, por el que deambulan con muchos gritos y aspavientos seres realmente amorales. Pero claro, estos procesos no son tan nítidos como le gustarían a algunos partidos políticos. Al final, los adeptos que le cogen afición a la caza de brujas, llegan a convencerse de su bondad, y pueden llegar a incinerar al inquisidor de turno. La erosión del Estado de derecho, o la confraternización con dictaduras narco-bolivarianas ha dado igual a estos seres morales. Pero ha bastado con que algunos socialistas de boquilla hayan puesto «un poquito de su parte» para que Van Helsing se dé cuenta de que ahora los de las antorchas lo miran mal a él. Es como esas escenas de película en la que unas mujeres disfrazadas acaban lapidando al Sumo Sacerdote. ¡Tal vez sea éste el grotesco fin del sanchismo! En todo caso, si sobrevivimos a él, habremos accedido a valiosas lecciones, y una es ésta : “el ciudadano debe desconfiar del político que se sube a un falso podio moral”, porque debe entender inmediatamente que “el podio no es más que una prótesis con la que pretende disimular su amoralidad”. Debemos devolver la moral a la política, pero la de verdad, no la de las banderitas del partido. No toleremos ni un instante a los que mienten ni a los que roban. Expulsemos a los que, con total naturalidad, carecen de vocación de servicio público y acuden a la política para vivir bien.



















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