COSAS MÍAS
Frívolo, paleto y mala persona
Eugenio-Jesús de Ávila
Alguien, a quién no conozco y no me conoce que, hace tan solo unos días, me definía como hombre con mezcla de carácter y ternura, anoche, sin discusiones, sin afrentas, sin acritud, me calificó de frívolo, paleto y mala persona.
Hago pública tal intimidad, porque considero que hay muchas personas frustradas en este proyecto para el mal que es nuestra sociedad; gente que nunca comprendió que los deseos rara vez se convierten en realidad.
La vida no es otra cosa que un camino de frustraciones, de fracasos, de chascos. Creemos en la amistad y un día, sin saber por qué, aquella persona a la que confiaste tus intimidades, tus cuitas, tus alegrías, te traiciona.
Creemos en el amor, nos enamoramos, incluso nos casamos con el hombre o la mujer de nuestra vida, pero los egos, el afán de dominio, la distinta procedencia cultural y social de los enamorados dinamitan, abortan, acaban con todas las promesas, sueños, deseos, hasta convertir a los que tanto se amaron en enemigos a muerte, que destilan odio, que solo viven para hacer daño a la persona, varón o fémina, sobre la que proyectaron ternura, caricias, pasión; con la que yacieron, compartieron todo: carne y seso, sexo y anhelos.
Tengo para mí que extrapolamos nuestras desilusiones, fiascos, desengaños, sobre el prójimo, porque ignoramos que dentro de cada uno de nosotros se halla la razón, la causa, la culpa de una vida malograda, perdida, muerta. Somos malos con el prójimo, porque nos da miedo acabar con el malandrín que cobijamos dentro de nosotros. El resentimiento, del que escribió Marañón, en célebre obra protagonizada por el emperador Tiberio.
Eugenio-Jesús de Ávila
Alguien, a quién no conozco y no me conoce que, hace tan solo unos días, me definía como hombre con mezcla de carácter y ternura, anoche, sin discusiones, sin afrentas, sin acritud, me calificó de frívolo, paleto y mala persona.
Hago pública tal intimidad, porque considero que hay muchas personas frustradas en este proyecto para el mal que es nuestra sociedad; gente que nunca comprendió que los deseos rara vez se convierten en realidad.
La vida no es otra cosa que un camino de frustraciones, de fracasos, de chascos. Creemos en la amistad y un día, sin saber por qué, aquella persona a la que confiaste tus intimidades, tus cuitas, tus alegrías, te traiciona.
Creemos en el amor, nos enamoramos, incluso nos casamos con el hombre o la mujer de nuestra vida, pero los egos, el afán de dominio, la distinta procedencia cultural y social de los enamorados dinamitan, abortan, acaban con todas las promesas, sueños, deseos, hasta convertir a los que tanto se amaron en enemigos a muerte, que destilan odio, que solo viven para hacer daño a la persona, varón o fémina, sobre la que proyectaron ternura, caricias, pasión; con la que yacieron, compartieron todo: carne y seso, sexo y anhelos.
Tengo para mí que extrapolamos nuestras desilusiones, fiascos, desengaños, sobre el prójimo, porque ignoramos que dentro de cada uno de nosotros se halla la razón, la causa, la culpa de una vida malograda, perdida, muerta. Somos malos con el prójimo, porque nos da miedo acabar con el malandrín que cobijamos dentro de nosotros. El resentimiento, del que escribió Marañón, en célebre obra protagonizada por el emperador Tiberio.



















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