SOBRE LA MESA
Financiación autonómica impropia
Jesús García de León
![[Img #105196]](https://eldiadezamora.es/upload/images/01_2026/9483_jesus-garcia-de-leon.png)
Hablando de perras, la financiación autonómica es una excusa: sirve para señalar vergüenzas ajenas, y, de paso, tapar las propias. Por eso conviene alumbrar un punto ciego en CyL cuando reclama dinero en nombre de factores que dependen, en gran medida, de su política.
Mañueco exhibe cuatro banderas de costes para exigir más recursos: extensión, dispersión, envejecimiento y despoblación. Sostiene que CyL no recibe en proporción, como si todos fueran costes fijos que no se ponderan, al prestar sanidad, servicios sociales y dependencia. Y siente que el modelo infravalora su envejecimiento y despoblación, hasta preguntarnos cómo puede presentarse como “agravio” lo que nace de políticas autonómicas que no han atajado el vaciamiento: CyL recibe menos porque pierde población, el factor social que más pesa (80%).
Los kilómetros son una realidad incontestable. Pero la degradación de la sanidad rural por un modelo centralizado y virtual para ahorrar; la falta de vivienda y empleo joven, o una industria congelada y concentrada en hectáreas poligonales, sin impulsos regulatorios, son realidad enquistada. Y consecuencia directa de la incapacidad de detener el drenaje demográfico que arrastra el territorio hace décadas. Ya es triste tener que apelar a que la despoblación y el envejecimiento se hayan convertido en factor identitario para reclamar mayor financiación, sin una gobernanza capaz de revertirlo.
No es de recibo utilizar la financiación como coartada para no resolver el sobrecoste propio, ni apelar a la asimetría territorial cuando cada territorio maneja su fiscalidad y la presenta como bajadas de impuestos o “beneficios fiscales”. Aunque tampoco releva al Estado de compensar la insuficiencia de gestión autonómica con mecanismos adicionales de recuperación.
Ni el envejecimiento ni la despoblación son una fatalidad histórica ni un relato victimista; son el resultado de decisiones de gobierno durante décadas, con efectos que ya no pueden ocultarse. La salida no pasa por subir el volumen del lamento, sino por negociar mejores ponderaciones ligadas a compromisos verificables: si pides que te paguen el sobrecoste de estar vacío, comprométete a no seguir vaciando.
Menos agravio y más gobernanza. La financiación debe reflejar costes reales, no los que la propia política genera. Y eso ya solo lo puede hacer un cambio.
Tengan un buen día.
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Hablando de perras, la financiación autonómica es una excusa: sirve para señalar vergüenzas ajenas, y, de paso, tapar las propias. Por eso conviene alumbrar un punto ciego en CyL cuando reclama dinero en nombre de factores que dependen, en gran medida, de su política.
Mañueco exhibe cuatro banderas de costes para exigir más recursos: extensión, dispersión, envejecimiento y despoblación. Sostiene que CyL no recibe en proporción, como si todos fueran costes fijos que no se ponderan, al prestar sanidad, servicios sociales y dependencia. Y siente que el modelo infravalora su envejecimiento y despoblación, hasta preguntarnos cómo puede presentarse como “agravio” lo que nace de políticas autonómicas que no han atajado el vaciamiento: CyL recibe menos porque pierde población, el factor social que más pesa (80%).
Los kilómetros son una realidad incontestable. Pero la degradación de la sanidad rural por un modelo centralizado y virtual para ahorrar; la falta de vivienda y empleo joven, o una industria congelada y concentrada en hectáreas poligonales, sin impulsos regulatorios, son realidad enquistada. Y consecuencia directa de la incapacidad de detener el drenaje demográfico que arrastra el territorio hace décadas. Ya es triste tener que apelar a que la despoblación y el envejecimiento se hayan convertido en factor identitario para reclamar mayor financiación, sin una gobernanza capaz de revertirlo.
No es de recibo utilizar la financiación como coartada para no resolver el sobrecoste propio, ni apelar a la asimetría territorial cuando cada territorio maneja su fiscalidad y la presenta como bajadas de impuestos o “beneficios fiscales”. Aunque tampoco releva al Estado de compensar la insuficiencia de gestión autonómica con mecanismos adicionales de recuperación.
Ni el envejecimiento ni la despoblación son una fatalidad histórica ni un relato victimista; son el resultado de decisiones de gobierno durante décadas, con efectos que ya no pueden ocultarse. La salida no pasa por subir el volumen del lamento, sino por negociar mejores ponderaciones ligadas a compromisos verificables: si pides que te paguen el sobrecoste de estar vacío, comprométete a no seguir vaciando.
Menos agravio y más gobernanza. La financiación debe reflejar costes reales, no los que la propia política genera. Y eso ya solo lo puede hacer un cambio.
Tengan un buen día.



















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